Marcelo Q. llegó para ganarse la vida cuando la economía de la ciudad gozaba de buena salud. Tras mucho tiempo dejándose la piel en el trabajo y dando con sus huesos en pensiones y camas calientes del extrarradio, había conseguido instalarse al fin en el corazón de la ciudad. Al poco, nada más sentirse los primeros síntomas de la crisis y aduciendo un grave riesgo de trombosis, las autoridades no dudaron en desahuciar a Marcelo Q., quien desde entonces vaga errático por las arterias principales sin saber qué hacer.

Su decisión de desaparecer sin dejar rastro hizo correr ríos de tinta, lo cual no era mucho decir tratándose de un calamar. 

De joven todos le llamábamos Turbo. Aprendió a conducir mucho antes de sacarse el carné y siempre te lo encontrabas subido al cupé que había heredado de su padre. Perdió la virginidad en el asiento del copiloto, sus primeros trabajos los consiguió como repartidor y se sacaba un sobresueldo participando y apostando en carreras clandestinas. Ganó mucho dinero para un chico de su edad y lo invirtió todo en alerones de fibra y llantas de aleación.

Turbo pedía comida rápida desde la ventanilla del coche, sólo se bajaba de su vehículo para llevarlo al taller y conoció a la que fue su mujer en un paso de cebra. Sentó la cabeza, pero siguió sin levantar el culo del asiento del conductor. Cambió de coche y se hizo taxista. Doblaba turno y estudiaba mapas de carreteras para conciliar el sueño. En vacaciones cogía a su mujer, la maleta y carretera y manta. Quince días rodando de norte a sur, de este a oeste. De motel en motel cuando las cosas iban bien, de camping o asientos abatidos durante las vacas flacas. Observar la vida a través del retrovisor, pienso, le había dado una visión distorsionada de la realidad.

Un mal día su vida pegó un volantazo. Un cambio de rasante tomado a demasiada velocidad y un niño que no debió ir tras aquella pelota. Para colmo, el crío resulto ser hijo de un concejal. En cosa de meses perdió la licencia de taxi y el amor de su mujer, por no hablar de la casa. Así que Turbo, a quien por aquel entonces las malas lenguas comenzaban a llamar Diesel, comenzó a vivir en el coche. Ahora de forma literal. Cada noche cubría las lunas con papel de periódico, para así dejar fuera la luz de las farolas y de la otra luna e intentar conciliar el sueño. Por el día, aparcaba a la sombra y fumaba apoyado en la ventanilla como si esperase a un improbable pasajero. Se llegó a rumorear que había sido el conductor en un par de atracos a bancos de la ciudad. Llegó el frío, y las madrugadas soportadas con el motor en marcha fueron agotando su gasolina poco a poco.

Daba lástima verle siempre allí, aparcado en la calle tras el concesionario de coches, así que nosotros pensamos que le hacíamos un favor. Nos rechazó varias veces, pero finalmente una noche mis amigos y yo convencimos para que saliera del coche a airearse y tomar una copa. Al principio, haciendo honor a su nuevo apodo, le faltó un poco de reprís, pero al tercer aguardiente, cuando tuvo el depósito bien cargado, se arrancó y resultó difícil pararle. Entrada la madrugada regresamos a la calle detrás del concesionario haciendo eses. Su coche había desaparecido. Debido quizá a la borrachera Diesel no pareció demasiado afectado, y anduvo dando vueltas hasta el amanecer. Buscó en suburbios, desguaces y hasta en el depósito de la policía. Del vehículo nunca más se supo y él no volvió a dirigirnos la palabra.

El otro día le vi en una gasolinera con una bayeta. El encargado me dijo que le dejan ganarse la vida con las  propinas que le dan los clientes del túnel de lavado. Y al parecer sigue durmiendo en el coche, aunque ahora se conforma con echarse cabezaditas de un par de minutos, que es lo que dura el circuito del túnel de lavado.  

Érase una vez un colorín colorado. 

                                                               Para la pequeña asesina en serie

Todos, salvo rarísimas excepciones, llevamos dentro un pequeño suicida. Una pulsión grabada a fuego en nuestro centro del placer, y cuya razón de ser responde únicamente a recordarnos lo tentador que puede resultar entregarse a los brazos de la pequeña muerte.

Le petite mort llaman los franceses a ese abandono único que experimentamos inmediatamente después de escalar el clímax del placer sexual. La culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza, poetizó Galeano. Tras el orgasmo, asociado en nuestro cerebro reptil al Destino reproductivo de la especie, nos invade la sensación de haber alcanzado la meta. Algo similar a la sensación que deja una ducha tras un extenuante ejercicio físico pero elevado a la puta enésima potencia. La realización extrema que supone el olvidarse de uno mismo.

Y una vez llegado a ese punto, todo comienza de nuevo; nos reseteamos. Retomamos el cortejo y agasajo de nuestras parejas o, en el caso de ser obstinados seres carnívoros, desplegamos los cientos de ojos hipnóticos de nuestra majestuosa cola de pavo real.

Se han llenado muchas páginas, y todos hemos oído alguna anécdota sobre un conocido de un familiar de un amigo que se quedó colgado a raíz de una experiencia lisérgica, o alguna mierda similar. Qué ocurriría si a nuestro cerebro se le fundiesen los plomos en ese preciso instante en el que yacemos a la sombra de la pequeña muerte. Lo más seguro es que sea una opción bioquímicamente insostenible. No viable. Pero, ¿y si? Un escenario hipotético que al menos debería estimular la inversión gubernamental en investigación.

Cuando apenas era un púber y rechinaba la bisagra entre los ochenta y los noventa, en mi barrio de la periferia corría el rumor de que el cuelgue de caballo era como un orgasmo sostenido en el tiempo. Resultaba tentador coquetear con la idea de convertirse en un heroinómano casual, tan sólo un día, y pegarte un empacho de esa extraña sensación que estaba a medio camino entre el tabú y un ritual de abandono de la infancia. Afortunadamente, el SIDA y la sobredosis por un lado, y los dientes podridos y esos rostros vagamente familiares convertidos en calaveras por otro, resultaron suficientemente disuasorios para la mayor parte de nosotros. Unos años más tarde, Trainspotting reincidía en el potencial orgásmico de la heroína, pero entonces ya éramos tardo-adolescentes que nos pensábamos listos, y el caballo era demodé.

Cada vez que muero, me reinicio. Me vuelvo a enamorar de la vida. De mi pareja. Una fuerza de potencial tan asombroso como desperdiciado. El ser humano debería aprender a sacar mayor provecho de esa energía latente en algún lugar entre nuestra mente y nuestros genitales. Si conectaran dos palas como las de las series de médicos a mi cerebro en el momento en el que estoy corriéndome podría resucitar una manada de potros. Mis impulsos eléctricos son capaces de arrancar el motor de un camión abandonado de veinte toneladas, incluso en el más crudo invierno.

Cada pequeña muerte es una nueva posibilidad, un chance de nueva vida, de regeneración. Una implosión que anuncia el advenimiento de un big bang. No quiero ver en esa muerte algo negativo, un trance que evitar, sino algo necesario para ser uno y abstraído a un tiempo. El cénit del placer físico que transciende para alcanzar lo mental, lo espiritual, y nos sublima de tal modo que nos aleja de nosotros, de nuestra consciencia de uno mismo. Y gritamos, jadeamos, arañamos, aullamos, estrangulamos, babeamos, evacuamos. Títeres en manos de ese nanosegundo inmediatamente anterior al orgasmo, esa orilla infinitesimal que ya se asoma a la pequeña muerte, que nos arrebata la voluntad hasta dejarnos degollar o abrasar vivos con tal de no cejar en el empeño del último empujón, la postrera acometida.

Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Somos gracias a los polvos de nuestros padres. Y con un polvo nos convertimos, nos reinventamos; un catálogo de su sucesivas reencarnaciones en vida.

Follar como animales para perder la conciencia de ser tal cosa. Abandonar la conciencia de la corporeidad que nos escupe a la cara nuestra insignificancia y rebelarnos, revelarnos, aunque sea por un breve lapso de tiempo, en ente místico, transcendente e intangible. Con cada éxtasis susurramos: “vengo a recuperar lo que es mío”. Lo que el amor nos arrebata, el orgasmo nos lo devuelve: la invulnerabilidad. Ahí donde ya estamos muertos y escindidos de nuestro yo, nadie nos puede alcanzar, nada nos alcanza a dañar.

Si esa muerte puede ser más dulce, más exquisita si cabe. Si le petite mort es cosa subjetiva u objetiva resulta inútil tratar de acotarlo con palabras mayúsculas. Quizá el onanismo sea una impostura que nos deja moribundos, o quizá pueda alcanzar tan edénica fatalidad. De lo que sí estoy convencido es que la experiencia de abstracción que deviene en el eco del orgasmo es exponencialmente superior cuanto mayor es la proyección mental en la que podemos bucear. Y dos sujetos, es cuestión matemática, suman. Cuando dos planos mentales (idealización de los corporales que se tejen con centímetros de piel) son tangentes o secantes, saltan chispas. Fricciones que empujan nuestras terminaciones nerviosas hacia ese abismo que se asoma a la pequeña muerte. Mas, al encontrarse planos multi-versos, físicos o poéticos, no paralelos sino idénticos pero extrapolados a otros campos alternativos, a otros universos complementarios, ahí, pequeño suicida, nos rompemos en millones de partículas histéricas que no conocen de espacio ni tiempo. 

Desgastado por el peso de mi mirada, el espejo perdió su azogue capa a capa. Así, gradualmente, fui desapareciendo. 

Aún con el agrio sabor de la carne en la boca, la joven se deshizo de los restos. Sólo conservó para sí, a modo de trofeo, el rabo. Frente al espejo, comenzó a cepillarse la larga cabellera pelirroja mientras hacía la digestión y esperaba a que cayera la noche. Entonces, regresaría al bosque.  

 

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El niño llenó el cubo con arena húmeda y modeló la última torre de su castillo. Satisfecho, se sentó mientras la madre le extendía protector solar sobre los hombros. La marea subía, así que el niño cavó un foso alrededor de la construcción. Siendo ésta majestuosa, el resto de chiquillos se acercaban a jugar. Temeroso de que la dañaran, levantó un muro de varios palmos de altura que rodeaba por completo la fortaleza, quedando él mismo dentro del recinto. Al rato, viendo que oscurecía, comprendió que sus padres se habían marchado sin él y rompió a llorar. 

Tus ojos regresan a la oferta de empleo rodeada minutos antes con tinta roja. Ignoras el arroz, pasándose, mientras bulle en la cocina. Recortas el anuncio con cuidado de formar una pequeña tira rectangular, lo vuelves y escribes: “Ni esposa ni madre; mi nombre es Eva”. Enrollas el papel con dedos trémulos e insertas el mensaje en un botellín de vodka vacío. Te incorporas susurrando secretos al linóleo con las zapatillas de paño. Levantas la tapa del inodoro intimidada por la mujer marchita que vigila desde el espejo, arrojas a la taza la confesión embotellada y descargas la cisterna.

 

TANGO
Aquel hombre bebió para olvidar a la mujer que amaba, y la mujer amó para olvidar al hombre que bebía.
Recuerdo mi reacción a una observación típicamente luminosa de Kierkegaard: “Semejante relación, que se relaciona con su propio ser (es decir, un ser), debe haberse constituido a sí misma, o ha sido constituida por otra”. El concepto me arrancó lágrimas de los ojos. ¡Dios santo, pensé, ser tan inteligente! La verdad es que el pasaje me resultó totalmente incomprensible, pero ¿qué más da si Kierkegaard se lo había pasado bien?

Cuando esa misma tarde había visto subir la camioneta Ford verde por el camino que llega desde San Juan Tezompa, una comunidad vecina, no lo había dudado ni un momento y corrió a avisar a su hermana y a las mujeres de la familia Nápoles. No podía creer que aquellos culeros tuvieran la desfachatez de volver un día después de haber insultado y zarandeado al chavito de sus amigas. Había encontrado a Juana con Diana, la menor de las Nápoles, y su novio. En cuestión de minutos habían reunido a un nutrido grupo de familiares y vecinos que, armados con palos y piedras, fueron al encuentro de los forasteros. Cuando el grupo hubo recorrido apenas media docena de cuadras vieron la furgoneta verde parada frente al Instituto de Preparatoria Oficial, donde uno de los ocupantes del vehículo, sentado en el asiento del copiloto, platicaba con una de las alumnas apoyada sobre la portezuela con la ventanilla bajada.

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El Sargento Castillo le tendió un vaso de agua al joven. Sus labios, amoratados y sanguinolentos, apenas pudieron retener el líquido sin que se derramara sobre su pecho descubierto y lampiño.

- Luis Alberto, ¿me vas a explicar qué se os había perdido en nuestro instituto?

El adolescente sorbió un buche más de agua y miró aterrorizado al agente.

– Visitar a una amiga, no más - el sargento mantuvo la vista firme sobre el detenido. – Se lo juro, oficial – y Luis Alberto se posó los dedos índice y corazón cruzados sobre los labios, no sin evitar una mueca de dolor.

Castillo había oído la noche anterior, mientras echaba un trago en la cantina, que el pequeño de los Nápoles había sido increpado por unos jóvenes de fuera, y también le habían chismoteado que se trataba da un asunto de faldas.

– Y cuál es el nombre de esa…amiga – entonó la última palabra con una marcado entrecomillado que no necesitó remarcar con gesto alguno.

Junto a Luis Alberto, encogido sobre sí mismo en posición fetal, permanecía el otro menor de edad, cuyo nombre ahora no recordaba, temblando no sabía si de frío, dolor o miedo. Más allá, apoyada su espalda contra las rejas de la celda, el mayor de los tres, José Manuel, observaba la escena sin mediar palabra. El sargento le interrogó con la mirada, y tras no obtener respuesta se dirigió de nuevo  hacia la puerta.

- Estamos bien chingados, ¡la puta!

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Las  campanas de la iglesia habían cesado en su llamado y Don Roberto, el párroco de San Mateo, se había unido al resto de gente que reclamaba justicia frente a la comandancia de la policía. Otilia le vio cruzar el parque y perderse entre la multitud. Pensó que si el representante de Dios en el pueblo estaba de su parte no podía haber nada malo en lo que estaba sucediendo, aún así el estómago se le encogió al ver el odio en los rostros de sus vecinos, la furia encendida por la camioneta en llamas de aquellos desdichados.

Apenas unas horas antes Otilia había participado en la búsqueda junto a los demás. Diana Carrillo Nápoles, la hermana del chiquillo agredido la noche anterior había llevado la iniciativa, adelantándose al grupo y llegando junto a la camioneta, donde tiró del brazo de la muchacha uniformada, la cual quedó paralizada sin saber qué decir.

– Lorena, pequeña ramera, ¿se puede saber qué haces hablando con estos malnacidos?

El conductor, el mayor de los tres, hizo sonar el claxon e insultó a la mujer, justo antes de abrir la puerta para bajarse del auto, sin percatarse que el resto del grupo había llegado ya a su altura. No dio tiempo a más. Sin mediar palabra la gente de San Mateo la emprendió a golpes con él, tirándolo al suelo donde comenzaron a patearle en las costillas, en las manos con las que se protegía la cabeza, y allá donde los pies de uno dejaran espacio a las botas del otro.

– Tú tira para casa – le impelió Diana a la estudiante con un empujón cargado de desprecio.

Otilia, que sentía crecer el rencor y la ira en su interior, agarró un cascote del suelo y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la luna frontal de la Ford. Una grieta comenzó a extenderse en todas las direcciones, como las ondas concéntricas al tirar una piedra a la laguna, creando una especie de tela de araña que atrapó el rostro de pánico de Luis Alberto al otro lado del parabrisas.  

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Mientras Otilia Rosales Palomar permanecía de pie frente a la comandancia de policía de San Mateo Huitzilzingo, su corazón le batía con fiereza en las sienes. La campana de la iglesia seguía repicando, volviendo ininteligible la marea de gritos y soflamas de la gente enardecida. Una primera lágrima rodó por su mejilla y trató de convencerse de que era el humo negro del caucho quemado lo que le irritaba los ojos, pero en su interior Otilia comenzó a rezar a la Virgen de Guadalupe para que sus vecinos fueran regresando a sus hogares y se olvidaran de los tres chiquillos que, maltrechos, se encontraban al resguardo de la policía local.

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- ¿Y qué pinche mierda se supone debemos hacer mientras? – escupió el Sargento Castillo al teléfono, buscando con la mirada una respuesta en el propio aparato más que en el hilo de voz que llegaba hasta él. Sin despedirse colgó de manera brusca y se derrumbó en la silla. Con los codos apoyados en el enclenque escritorio de madera, y el rostro hundido entre las manos, transmitió a su ayudante la orden de no usar bajo ningún concepto la fuerza.

– Pero señor, los chicos andan asustados, y ahí afuera la gente ha prendido con querosén la jeepeta de los…detenidos – titubeo el joven guardia.

– Los refuerzos de la Estatal no deben tardar en llegar del DF – trató de tranquilizarle su superior  sin convencimiento alguno cuando escucharon un gimoteo creciente que llegaba del calabozo.

Ese sería el sitio más seguro para los tres jóvenes, consideró el sargento; además, la única excusa que tenía para poder retenerlos en la comandancia a salvo de la turba era en calidad de sospechosos de acoso y tentativa de secuestro. Cuando los había dejado en la celda ninguno de ellos podía mantenerse en pie, y apenas sí se encontraban conscientes literalmente reventados a golpes, ni siquiera José Manuel Mendoza, el único mayor de edad según la documentación incautada. El Sargento Castillo se levantó y, antes de dirigirse al calabozo, le tendió el teléfono a su subordinado ordenándole que intentara conseguir apoyo entre las comisarias de las comunidades próximas a San Mateo.

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A Otilia la garganta le ardía de vociferar y tragar humo y, nerviosa como estaba, trató de alejarse para poder respirar un poco de aire puro. Mientras se hacía hueco a empellones entre la multitud, una lluvia de cascotes e insultos seguía cayendo sobre la comandancia de la policía, pero en sus oídos tan sólo una frase reverberaba como un mantra emponzoñado: “Justicia, justicia, son secuestradores”. Antes de alcanzar la bocacalle que nace junto a la Biblioteca Municipal, un agarrón la volteo con la fuerza de su propia inercia al caminar.

– Hermanita, ¿adónde se supone que vas? – Juana, la primogénita de los Rosales, la miraba con un fulgor incandescente. – Se está liando padrísima, esos huevones van a aprender a respetar a las mujeres de San Mateo.

Su hermana la zarandeaba con una mezcla de excitación y orgullo, y Otilia no acertó más que a sacudir la cabeza arriba y abajo y mascullar entre dientes: “Justicia”. 

(Continuará…)

Como cada noche, cuando el resto de la tripulación se hubo retirado a descansar, el marinero subió a cubierta y se dispuso a reunirse con su amada. Tras naufragar la mirada en la negrura que se extendía por babor y estribor, trepó hasta uno de los botes salvavidas y se tumbó boca arriba en su interior. Allí estaba ella. Las estrellas eran haluros de plata que reaccionaban a la luz reflejada por su piel, en ese preciso instante, desde meridianos ya soleados a miles de kilómetros de distancia. De este modo, como si el firmamento entero fuera una emulsión fotográfica infinita, se presentaba ante él la imagen latente de su compañera. Ya no tenía más que cerrar los ojos y, con la ayuda de unas lágrimas de emoción que nunca lograba contener entre sus párpados, esperar a que se revelase frente a él la figura, aún en negativo, que tanto deseaba. Acunado por el vaivén del océano en calma, dejó que el sueño le abrazara, positivando lentamente cada uno de los fotogramas en los cuales esta noche se fundiría con su musa.  

El agua es vida. Se evapora de los majestuosos océanos formando nubes con las que las imaginaciones más luminosas forman todo tipo de escenas. Cuando hace frío, y ya no hay sitio para más gotas en el firmamento, el agua se precipita sobre nosotros en forma de lluvia, ya sean pintorescas tormentas o apenas un cosquilleo de alfileres juguetones. Se abre paso por montañas, valles y llanuras, floreciendo los campos a su paso y creando manantiales de donde beben las criaturas más extraordinarias. En ocasiones, incluso se las ingenia para pintar de blanco los picos más altos de vetustas cordilleras o, confabulada con los rayos de sol, dibujar pasillos multicolores hacia mundos que parecen de fantasía. Cuando llega a la ciudad, el agua de lluvia purifica los cielos y barre las calles de desperdicios y basura, dejando tras de sí risas infantiles que se confunden con el chapotear de los charcos. Sólo en ocasiones, algún espíritu líquido corre el riesgo de no hacer pie, sucumbir al peso que le empapa y arrojarse desde un puente como éste, desde donde ahora me asomo, para diluirse en el torrente que le llevará de vuelta a los majestuosos océanos. Entonces, sólo entonces, el agua es muerte.