
La gruesa y desgarbada mochila cuelga del hombro del joven como una criatura desmayada, mientras éste permanece detenido frente a la porción de fachada que hace frontera entre el escaparate de la agencia de viajes y el cajero automático de la sucursal bancaria. Desde este momento le conoceremos por el nombre de Jaime, aún a sabiendas de que existen muy pocas posibilidades de que al enunciar esas cinco letras en voz alta nuestro chico pudiera darse por aludido y girarse en busca de un interlocutor. En todo caso, deben campar ahí afuera muchos Jaimes idénticos, en esencia, al nuestro.
Jaime se frota las manos, pálidas por esa escarcha que crece piel adentro cuando el frío gobierna con pulso firme el invierno. Mientras, la luz amarillenta de una farola se desvanece impotente en la dureza de los fluorescentes que inundan el interior del cubículo que alberga el cajero automático. La fría y aséptica iluminación retrata las figuras de una pareja que, con arrumacos y caricias, hacen tiempo mientras se cocinan los billetes que les permitirán compartir una romántica cena y, quizá fantasea Jaime, rentar una modesta habitación donde descubrirse el uno al otro que, sin ser tan jóvenes, ni tan especiales el uno para el otro, se sienten uno sólo.
Mientras Jaime espera a que el cajero se quede libre, su mirada se entretiene viajando del OFERTÓN que promete conocer “Todo Costa Rica” en 9 noches, con sus 10 días, por tan sólo 1.572 euros (ojo, precios válidos para reservas realizadas antes del 10 de octubre), a la OPORTUNIDAD ÚNICA que ofrece huir del mal tiempo durante el Puente del Pilar a la par que se visitan las maravillas nazarís de Granada, y todo por menos de 300 euros impuestos incluidos. No le cuesta mucho trabajo rememorar el fin de semana que pasó en Sierra Nevada hace tres años, ¿o fue un poco antes, al cumplir veinticuatro?, con dos compañeras de la Facultad de Bellas Artes. Marga y Feli, de Felicidad, claro, muy adecuado para esos días. Jaime se pregunta qué habrá sido de ellas mientras una voz ruda se cuela en su cabeza. “¿Y qué demonios quieres que te diga? Yo no he hecho la legislación. Hazles una prórroga de dos meses más, y antes de llegar a los veinticuatro meses se les liquida, no estamos ahora para indefinidos”. Mirando por encima del hombro, el joven ve acercarse hasta el cajero un traje oscuro desabrochado, congestionado, y con el nudo de la corbata a medio deshacer.
- Mira, he tenido un día horrible; así que no me calientes la cabeza o la próxima vez te llevas tú a comer a la inspectora del ayuntamiento. – Las palabras salen del traje acolchadas por volutas de Montecristo Nº 5 y vaho.
Jaime se pregunta si en Costa Rica se fabrican buenos puros. Como no entiende una mierda de puros, se limita a barruntar si al menos serán caros.
- Pues una mierda, qué voy a comer, no ves que esa bruja es vegetariana…
Al llegar hasta la altura del joven desaliñado, el traje le hace un gesto, señalando con la cabeza el cajero automático mientras tapa instintivamente el micrófono del teléfono móvil. A lo que Jaime responde encogiéndose de hombros e invitándole con un movimiento del brazo a situarse el primero de la cola, como quien cede el paso al franquear una puerta. Una risotada impide al traje agradecer a Jaime su gesto.
- Ahí la has dado, ¡que se coma un buen nabo y ya verás cómo se le quita esa cara de acelga! – Las risas tornan violácea la congestión del traje a la luz de la farola. – Te dejo, que me llama la parienta, y mañana tú encárgate de hablar con el gestor, que deje solucionado lo de los contratos y vete buscando unos becarios para cubrir los puestos. O mejor aún, becarias. – El traje cuelga y descuelga sin solución de continuidad. – Hola amor, ¿qué pasa ahora?
El saludo hastiado del traje llega arrastrándose hasta los oídos de Jaime, que se acomoda la mochila, como haciendo espacio para que quepan más planes de viaje. ¿Lanzarote en fin de semana o Navidades observando la aurora boreal?
- Ya te he dicho mil veces que por mí puede hacer lo que le de la gana, déjale que se compre la jodida consola.
La desgana que exhala el traje mientras conversa frente al cajero le transporta a la casa de sus padres, allá en Lugo. ¿Cuántas veces les habrá escuchado manteniendo discusiones de baja intensidad, como él las llamaba? Ese mismo tonillo, ese tedio que convertía las broncas familiares en somníferos aterradores.
- Pero cariño, no es más que un crío, y si todos sus amigos la tienen…
Un sopor del que tuvo que salir huyendo como si en realidad habitara en Elm Street. Temiendo poder caer dormido de manera irreversible.
- Mira, déjalo ya, saco doscientos euros más y te los dejo esta noche en la mesilla cuando llegue a casa.
Ahora, y aunque a 511 kilómetros de distancia de su infancia apenas lograr dormir de tanto en cuanto, Jaime sigue atesorando los sueños acumulados durante su adolescencia y juventud, e incluso sigue encontrando ratitos, en los rincones más insospechados, a cualquier hora del día o la noche, para seguir dando forma a otros nuevos. Como ahora que, tras reparar en las figuras siamesas que salen del cajero automático, se deja embriagar por el aroma a robles, frutos rojos y vainillas que desprende la “Visita a las Bodegas Riojanas”, a un precio irresistible e incluyendo un curso introductorio de cata.
- Ya, ya, guárdala en la nevera, he tenido un día de perros y voy a tomarme una copa con un compañero. ¿Que con quién? Qué más da, no le conoces. – Y mientras la pareja pasa a su lado guardando billetes de varias tonalidades en carteras y monederos de piel, añade – Mira, te tengo que dejar, se ha quedado libre el cajero y además hay gente esperando. – El traje enfatiza su frase con una mirada al joven que, para él, tampoco es Jaime, como si su esposa pudiera visualizarla a través de las ondas electromagnéticas.
Jaime ofrece algo de aliento a sus manos entumecidas por el frío y valora la posibilidad de conseguir algo de alcohol para entrar en calor. El paseo entre cepas y copas de fino cristal que ofrece la agencia de viajes le ha desperezado un vacío en algún punto intermedio entre el estómago y el alma. Tras observar que la calle desierta no parece llevar nuevos clientes hasta el banco, el joven se apoya sobre la puerta de un coche aparcado frente a la sucursal y saca de su mochila una desgastada libreta que abraza entre sus páginas un bolígrafo de tinta negra. Mientras el traje se encorva sobre el teclado del cajero, Jaime comienza a anotar con letra firme y prieta en la parte superior de una hoja aún virgen:
“9 de octubre de 2012
312)Admirar la eclosión de los huevos de tortuga Carey en El Ostional, y acompañarlas hasta el océano Pacífico mientras se dan un baño de luna.
313)Observar desde el Albaicín cómo el crepúsculo pinta la Alhambra mientras fumo un narguile con aroma a regaliz.
314)Moldear la vista adaptándola a las formas imaginadas por César Manrique en Lanzarote.
315)Apagar la cámara de fotos en cuanto intuya los primeros soplidos de viento solar, convirtiendo la aurora boreal en un momento realmente único.
316) Arrancar un racimo de garnacha y degustar su zumo todavía bisoño… “
Ensimismado en su escritura, Jaime no ha advertido al traje salir de la sucursal bancaria, pasar a su lado, mirarle con condescendencia y montarse unos metros más adelante en un coche oscuro estacionado en doble fila, donde una joven de rasgos africanos le aguarda con labios fríos pero prestos al servicio.
Meticulosamente, caligrafía las últimas palabras,
“…para terminar de madurar los azúcares en mi interior, bajo el sol de La Rioja.”
Guarda sus útiles de escritura, vuelve a mirar a izquierda y derecha y se introduce en el estrecho habitáculo del cajero automático.
Una vez en el interior, saca de la mochila una manta de viaje e improvisa un cabecero en el extremo más alejado a la terminal antes de mullirla a modo de almohada. La frazada, obsequio de alguna aerolínea ya quebrada, no es muy gruesa, pero a Jaime siempre le ha costado dormir sin sentir algo de ropa de cama sobre él, por ligera que fuera. Incluso en los veranos más calurosos de su infancia en Lugo. Se sube bien la cremallera de su forro polar y, tras apartar un par de colillas con el pie y limpiar la ceniza restregada con un kleenex, se recuesta sobre el suelo de baldosa y descansa su cabeza despeinada sobre la mochila. Busca acomodo, tentando con delicadeza un par de veces hasta que adapta la forma de la bolsa a la de su cráneo.
Ahora Jaime, o como quiera que se llame el joven, está listo para perseguir sus anhelos. Quizá, con suerte, hoy que es martes y no habrá mucho ajetreo nocturno en el cajero, pueda atrapar alguno de ellos, aunque sea con los evanescentes dedos del sueño.