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El niño llenó el cubo con arena húmeda y modeló la última torre de su castillo. Satisfecho, se sentó mientras la madre le extendía protector solar sobre los hombros. La marea subía, así que el niño cavó un foso alrededor de la construcción. Siendo ésta majestuosa, el resto de chiquillos se acercaban a jugar. Temeroso de que la dañaran, levantó un muro de varios palmos de altura que rodeaba por completo la fortaleza, quedando él mismo dentro del recinto. Al rato, viendo que oscurecía, comprendió que sus padres se habían marchado sin él y rompió a llorar. 

Tus ojos regresan a la oferta de empleo rodeada minutos antes con tinta roja. Ignoras el arroz, pasándose, mientras bulle en la cocina. Recortas el anuncio con cuidado de formar una pequeña tira rectangular, lo vuelves y escribes: “Ni esposa ni madre; mi nombre es Eva”. Enrollas el papel con dedos trémulos e insertas el mensaje en un botellín de vodka vacío. Te incorporas susurrando secretos al linóleo con las zapatillas de paño. Levantas la tapa del inodoro intimidada por la mujer marchita que vigila desde el espejo, arrojas a la taza la confesión embotellada y descargas la cisterna.

 

Cuando esa misma tarde había visto subir la camioneta Ford verde por el camino que llega desde San Juan Tezompa, una comunidad vecina, no lo había dudado ni un momento y corrió a avisar a su hermana y a las mujeres de la familia Nápoles. No podía creer que aquellos culeros tuvieran la desfachatez de volver un día después de haber insultado y zarandeado al chavito de sus amigas. Había encontrado a Juana con Diana, la menor de las Nápoles, y su novio. En cuestión de minutos habían reunido a un nutrido grupo de familiares y vecinos que, armados con palos y piedras, fueron al encuentro de los forasteros. Cuando el grupo hubo recorrido apenas media docena de cuadras vieron la furgoneta verde parada frente al Instituto de Preparatoria Oficial, donde uno de los ocupantes del vehículo, sentado en el asiento del copiloto, platicaba con una de las alumnas apoyada sobre la portezuela con la ventanilla bajada.

                                                  —————

El Sargento Castillo le tendió un vaso de agua al joven. Sus labios, amoratados y sanguinolentos, apenas pudieron retener el líquido sin que se derramara sobre su pecho descubierto y lampiño.

- Luis Alberto, ¿me vas a explicar qué se os había perdido en nuestro instituto?

El adolescente sorbió un buche más de agua y miró aterrorizado al agente.

– Visitar a una amiga, no más - el sargento mantuvo la vista firme sobre el detenido. – Se lo juro, oficial – y Luis Alberto se posó los dedos índice y corazón cruzados sobre los labios, no sin evitar una mueca de dolor.

Castillo había oído la noche anterior, mientras echaba un trago en la cantina, que el pequeño de los Nápoles había sido increpado por unos jóvenes de fuera, y también le habían chismoteado que se trataba da un asunto de faldas.

– Y cuál es el nombre de esa…amiga – entonó la última palabra con una marcado entrecomillado que no necesitó remarcar con gesto alguno.

Junto a Luis Alberto, encogido sobre sí mismo en posición fetal, permanecía el otro menor de edad, cuyo nombre ahora no recordaba, temblando no sabía si de frío, dolor o miedo. Más allá, apoyada su espalda contra las rejas de la celda, el mayor de los tres, José Manuel, observaba la escena sin mediar palabra. El sargento le interrogó con la mirada, y tras no obtener respuesta se dirigió de nuevo  hacia la puerta.

- Estamos bien chingados, ¡la puta!

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Las  campanas de la iglesia habían cesado en su llamado y Don Roberto, el párroco de San Mateo, se había unido al resto de gente que reclamaba justicia frente a la comandancia de la policía. Otilia le vio cruzar el parque y perderse entre la multitud. Pensó que si el representante de Dios en el pueblo estaba de su parte no podía haber nada malo en lo que estaba sucediendo, aún así el estómago se le encogió al ver el odio en los rostros de sus vecinos, la furia encendida por la camioneta en llamas de aquellos desdichados.

Apenas unas horas antes Otilia había participado en la búsqueda junto a los demás. Diana Carrillo Nápoles, la hermana del chiquillo agredido la noche anterior había llevado la iniciativa, adelantándose al grupo y llegando junto a la camioneta, donde tiró del brazo de la muchacha uniformada, la cual quedó paralizada sin saber qué decir.

– Lorena, pequeña ramera, ¿se puede saber qué haces hablando con estos malnacidos?

El conductor, el mayor de los tres, hizo sonar el claxon e insultó a la mujer, justo antes de abrir la puerta para bajarse del auto, sin percatarse que el resto del grupo había llegado ya a su altura. No dio tiempo a más. Sin mediar palabra la gente de San Mateo la emprendió a golpes con él, tirándolo al suelo donde comenzaron a patearle en las costillas, en las manos con las que se protegía la cabeza, y allá donde los pies de uno dejaran espacio a las botas del otro.

– Tú tira para casa – le impelió Diana a la estudiante con un empujón cargado de desprecio.

Otilia, que sentía crecer el rencor y la ira en su interior, agarró un cascote del suelo y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la luna frontal de la Ford. Una grieta comenzó a extenderse en todas las direcciones, como las ondas concéntricas al tirar una piedra a la laguna, creando una especie de tela de araña que atrapó el rostro de pánico de Luis Alberto al otro lado del parabrisas.  

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Mientras Otilia Rosales Palomar permanecía de pie frente a la comandancia de policía de San Mateo Huitzilzingo, su corazón le batía con fiereza en las sienes. La campana de la iglesia seguía repicando, volviendo ininteligible la marea de gritos y soflamas de la gente enardecida. Una primera lágrima rodó por su mejilla y trató de convencerse de que era el humo negro del caucho quemado lo que le irritaba los ojos, pero en su interior Otilia comenzó a rezar a la Virgen de Guadalupe para que sus vecinos fueran regresando a sus hogares y se olvidaran de los tres chiquillos que, maltrechos, se encontraban al resguardo de la policía local.

                                                —————

- ¿Y qué pinche mierda se supone debemos hacer mientras? – escupió el Sargento Castillo al teléfono, buscando con la mirada una respuesta en el propio aparato más que en el hilo de voz que llegaba hasta él. Sin despedirse colgó de manera brusca y se derrumbó en la silla. Con los codos apoyados en el enclenque escritorio de madera, y el rostro hundido entre las manos, transmitió a su ayudante la orden de no usar bajo ningún concepto la fuerza.

– Pero señor, los chicos andan asustados, y ahí afuera la gente ha prendido con querosén la jeepeta de los…detenidos – titubeo el joven guardia.

– Los refuerzos de la Estatal no deben tardar en llegar del DF – trató de tranquilizarle su superior  sin convencimiento alguno cuando escucharon un gimoteo creciente que llegaba del calabozo.

Ese sería el sitio más seguro para los tres jóvenes, consideró el sargento; además, la única excusa que tenía para poder retenerlos en la comandancia a salvo de la turba era en calidad de sospechosos de acoso y tentativa de secuestro. Cuando los había dejado en la celda ninguno de ellos podía mantenerse en pie, y apenas sí se encontraban conscientes literalmente reventados a golpes, ni siquiera José Manuel Mendoza, el único mayor de edad según la documentación incautada. El Sargento Castillo se levantó y, antes de dirigirse al calabozo, le tendió el teléfono a su subordinado ordenándole que intentara conseguir apoyo entre las comisarias de las comunidades próximas a San Mateo.

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A Otilia la garganta le ardía de vociferar y tragar humo y, nerviosa como estaba, trató de alejarse para poder respirar un poco de aire puro. Mientras se hacía hueco a empellones entre la multitud, una lluvia de cascotes e insultos seguía cayendo sobre la comandancia de la policía, pero en sus oídos tan sólo una frase reverberaba como un mantra emponzoñado: “Justicia, justicia, son secuestradores”. Antes de alcanzar la bocacalle que nace junto a la Biblioteca Municipal, un agarrón la volteo con la fuerza de su propia inercia al caminar.

– Hermanita, ¿adónde se supone que vas? – Juana, la primogénita de los Rosales, la miraba con un fulgor incandescente. – Se está liando padrísima, esos huevones van a aprender a respetar a las mujeres de San Mateo.

Su hermana la zarandeaba con una mezcla de excitación y orgullo, y Otilia no acertó más que a sacudir la cabeza arriba y abajo y mascullar entre dientes: “Justicia”. 

(Continuará…)

Como cada noche, cuando el resto de la tripulación se hubo retirado a descansar, el marinero subió a cubierta y se dispuso a reunirse con su amada. Tras naufragar la mirada en la negrura que se extendía por babor y estribor, trepó hasta uno de los botes salvavidas y se tumbó boca arriba en su interior. Allí estaba ella. Las estrellas eran haluros de plata que reaccionaban a la luz reflejada por su piel, en ese preciso instante, desde meridianos ya soleados a miles de kilómetros de distancia. De este modo, como si el firmamento entero fuera una emulsión fotográfica infinita, se presentaba ante él la imagen latente de su compañera. Ya no tenía más que cerrar los ojos y, con la ayuda de unas lágrimas de emoción que nunca lograba contener entre sus párpados, esperar a que se revelase frente a él la figura, aún en negativo, que tanto deseaba. Acunado por el vaivén del océano en calma, dejó que el sueño le abrazara, positivando lentamente cada uno de los fotogramas en los cuales esta noche se fundiría con su musa.  

La gruesa y desgarbada mochila cuelga del hombro del joven como una criatura desmayada, mientras éste permanece detenido frente a la porción de fachada que hace frontera entre el escaparate de la agencia de viajes y el cajero automático de la sucursal bancaria. Desde este momento le conoceremos por el nombre de Jaime, aún a sabiendas de que existen muy pocas posibilidades de que al enunciar esas cinco letras en voz alta nuestro chico pudiera darse por aludido y girarse en busca de un interlocutor. En todo caso, deben campar ahí afuera muchos Jaimes idénticos, en esencia, al nuestro.

Jaime se frota las manos, pálidas por esa escarcha que crece piel adentro cuando el frío gobierna con pulso firme el invierno. Mientras, la luz amarillenta de una farola se desvanece impotente en la dureza de los fluorescentes que inundan el interior del cubículo que alberga el cajero automático. La fría y aséptica iluminación retrata las figuras de una pareja que, con arrumacos y caricias, hacen tiempo mientras se cocinan los billetes que les permitirán compartir una romántica cena y, quizá fantasea Jaime, rentar una modesta habitación donde descubrirse el uno al otro que, sin ser tan jóvenes, ni tan especiales el uno para el otro, se sienten uno sólo.

Mientras Jaime espera a que el cajero se quede libre, su mirada se entretiene viajando del OFERTÓN que promete conocer “Todo Costa Rica” en 9 noches, con sus 10 días, por tan sólo 1.572 euros (ojo, precios válidos para reservas realizadas antes del 10 de octubre), a la OPORTUNIDAD ÚNICA que ofrece huir del mal tiempo durante el Puente del Pilar a la par que se visitan las maravillas nazarís de Granada, y todo por menos de 300 euros impuestos incluidos. No le cuesta mucho trabajo rememorar el fin de semana que pasó en Sierra Nevada hace tres años, ¿o fue un poco antes, al cumplir veinticuatro?, con dos compañeras de la Facultad de Bellas Artes. Marga y Feli, de Felicidad, claro, muy adecuado para esos días. Jaime se pregunta qué habrá sido de ellas mientras una voz ruda se cuela en su cabeza. “¿Y qué demonios quieres que te diga? Yo no he hecho la legislación. Hazles una prórroga de dos meses más, y antes de llegar a los veinticuatro meses se les liquida, no estamos ahora para indefinidos”. Mirando por encima del hombro, el joven ve acercarse hasta el cajero un traje oscuro desabrochado, congestionado, y con el nudo de la corbata a medio deshacer.

-            Mira, he tenido un día horrible; así que no me calientes la cabeza o la próxima vez te llevas tú a comer a la inspectora del ayuntamiento. – Las palabras salen del traje acolchadas por volutas de Montecristo Nº 5 y vaho.

Jaime se pregunta si en Costa Rica se fabrican buenos puros. Como no entiende una mierda de puros, se limita a barruntar si al menos serán caros.

-            Pues una mierda, qué voy a comer, no ves que esa bruja es vegetariana…

Al llegar hasta la altura del joven desaliñado, el traje le hace un gesto, señalando con la cabeza el cajero automático mientras tapa instintivamente el micrófono del teléfono móvil. A lo que Jaime responde encogiéndose de hombros e invitándole con un movimiento del brazo a situarse el primero de la cola, como quien cede el paso al franquear una puerta. Una risotada impide al traje agradecer a Jaime su gesto.

-            Ahí la has dado, ¡que se coma un buen nabo y ya verás cómo se le quita esa cara de acelga! – Las risas tornan violácea la congestión del traje a la luz de la farola. – Te dejo, que me llama la parienta, y mañana tú encárgate de hablar con el gestor, que deje solucionado lo de los contratos y vete buscando unos becarios para cubrir los puestos. O mejor aún, becarias. – El traje cuelga y descuelga sin solución de continuidad. – Hola amor, ¿qué pasa ahora?

El saludo hastiado del traje llega arrastrándose hasta los oídos de Jaime, que se acomoda la mochila, como haciendo espacio para que quepan más planes de viaje. ¿Lanzarote en fin de semana o Navidades observando la aurora boreal?

-            Ya te he dicho mil veces que por mí puede hacer lo que le de la gana, déjale que se compre la jodida consola.

La desgana que exhala el traje mientras conversa frente al cajero le transporta a la casa de sus padres, allá en Lugo. ¿Cuántas veces les habrá escuchado manteniendo discusiones de baja intensidad, como él las llamaba? Ese mismo tonillo, ese tedio que convertía las broncas familiares en somníferos aterradores.

-          Pero cariño, no es más que un crío, y si todos sus amigos la tienen…

Un sopor del que tuvo que salir huyendo como si en realidad habitara en Elm Street. Temiendo poder caer dormido de manera irreversible.

-          Mira, déjalo ya, saco doscientos euros más y te los dejo esta noche en la mesilla cuando llegue a casa.

Ahora, y aunque a 511 kilómetros de distancia de su infancia apenas lograr dormir de tanto en cuanto, Jaime sigue atesorando los sueños acumulados durante su adolescencia y juventud, e incluso sigue encontrando ratitos, en los rincones más insospechados,  a cualquier hora del día o la noche, para seguir dando forma a otros nuevos. Como ahora que, tras reparar en las figuras siamesas que salen del cajero automático, se deja embriagar por el aroma a robles, frutos rojos y vainillas que desprende la “Visita a las Bodegas Riojanas”, a un precio irresistible e incluyendo un curso introductorio de cata.

-          Ya, ya, guárdala en la nevera, he tenido un día de perros y voy a tomarme una copa con un compañero. ¿Que con quién? Qué más da, no le conoces. – Y mientras la pareja pasa a su lado guardando billetes de varias tonalidades en carteras y monederos de piel, añade – Mira, te tengo que dejar, se ha quedado libre el cajero y además hay gente esperando. – El traje enfatiza su frase con una mirada al joven que, para él, tampoco es Jaime, como si su esposa pudiera visualizarla a través de las ondas electromagnéticas.

Jaime ofrece algo de aliento a sus manos entumecidas por el frío y valora la posibilidad de conseguir algo de alcohol para entrar en calor. El paseo entre cepas y copas de fino cristal  que ofrece la agencia de viajes le ha desperezado un vacío en algún punto intermedio entre el estómago y el alma. Tras observar que la calle desierta no parece llevar nuevos clientes hasta el banco, el joven se apoya sobre la puerta de un coche aparcado frente a la sucursal y saca de su mochila una desgastada libreta que abraza entre sus páginas un bolígrafo de tinta negra. Mientras el traje se encorva sobre el teclado del cajero, Jaime comienza a anotar con letra firme y prieta en la parte superior de una hoja aún virgen:

“9 de octubre de 2012

312)Admirar la eclosión de los huevos de tortuga Carey en El Ostional, y acompañarlas hasta el océano Pacífico mientras se dan un baño de luna.

313)Observar desde el Albaicín cómo el crepúsculo pinta la Alhambra mientras fumo un narguile con aroma a regaliz.

314)Moldear la vista adaptándola a las formas imaginadas por César Manrique en Lanzarote.

315)Apagar la cámara de fotos en cuanto intuya los primeros soplidos de viento solar, convirtiendo la aurora boreal en un momento realmente único.

316) Arrancar un racimo de garnacha y degustar su zumo todavía bisoño… “

Ensimismado en su escritura, Jaime no ha advertido al traje salir de la sucursal bancaria, pasar a su lado, mirarle con condescendencia y montarse unos metros más adelante en un coche oscuro estacionado en doble fila, donde una joven de rasgos africanos le aguarda con labios fríos pero prestos al servicio.

Meticulosamente, caligrafía las últimas palabras,

“…para terminar de madurar los azúcares en mi interior, bajo el sol de La Rioja.”

Guarda sus útiles de escritura, vuelve a mirar a izquierda y derecha y se introduce en el estrecho habitáculo del cajero automático.

Una vez en el interior, saca de la mochila una manta de viaje e improvisa un cabecero en el extremo más alejado a la terminal antes de mullirla a modo de almohada. La frazada, obsequio de alguna aerolínea ya quebrada, no es muy gruesa, pero a Jaime siempre le ha costado dormir sin sentir algo de ropa de cama sobre él, por ligera que fuera. Incluso en los veranos más calurosos de su infancia en Lugo. Se sube bien la cremallera de su forro polar y, tras apartar un par de colillas con el pie y limpiar la ceniza restregada con un kleenex, se recuesta sobre el suelo de baldosa y descansa su cabeza despeinada sobre la mochila. Busca acomodo, tentando con delicadeza un par de veces hasta que adapta la forma de la bolsa a la de su cráneo.

Ahora Jaime, o como quiera que se llame el joven, está listo para perseguir sus anhelos. Quizá, con suerte, hoy que es martes y no habrá mucho ajetreo nocturno en el cajero, pueda atrapar alguno de ellos, aunque sea con los evanescentes dedos del sueño.

El sol abrasador del mediodía cae a plomo sobre el forajido, como lingotes de oro fundidos, tiñéndole de una irreal tonalidad dorada. Desaliñado y polvoriento, sólo una sombra se asoma a la figura del bandido: su barba de tres días, una lija lista para prender los fósforos de medio regimiento de caballería. La mirada, un punzón emponzoñado, se sostiene engastada en unas ojeras moldeadas por un sinfín de sueños rotos.

Inmóvil, aguza el oído. Las piernas, arqueadas y en flexión, prestas para la acción. Desde la mandíbula a sus dedos, cada músculo y tendón de su cuerpo transmite el estado de alerta, su modo de vida. Una tensión concentrada en su mano derecha, un mecanismo preciso hecho de piel curtida y ligamentos tirantes dispuestos a amartillar y desenfundar el revólver con el vértigo de un látigo.

Instantes antes de oír el tintineo a sus espaldas, ha intuido una mirada clavada en su nuca, erizándole el vello del cuello. El forajido se revuelve como una serpiente de cascabel acosada y apunta directo al corazón. No tarda en reconocer frente a él, acompañado de una apuesta dama que debe ser su madre, a un crío que apenas levanta cinco palmos del suelo. El pistolero, aliviado, supone que no es más que otra familia de paseo por el parque y, con una acrobacia ensayada hasta la saciedad frente al espejo de su cuarto de baño, devuelve el revólver de plástico a la cartuchera.  

Una mirada fugaz le basta para calcular a ojo las monedas que la gente ha depositado en el interior de su sombrero, tras lo cual se despide del muchacho con el esbozo de una sonrisa y un saludo dibujado al llevarse dos dedos a su sien derecha.

Con suerte, nuestro hombre mañana podrá volver a ver salir el sol…

La berlina se detuvo frente al hotel y el hombre se apeó al instante. Esperó a que el chófer sacara del coche su maleta de piel negra y le tendió una generosa propina una vez que éste le hubo entregado el equipaje al botones. Como en cada ocasión que visitaba la ciudad para atender asuntos de negocios, el director del hotel le había reservado la suite de la planta ático. El hombre le dio un billete al mozo y cerró la puerta cuando éste ya se retiraba. Encendió la televisión y sintonizó un canal de noticias veinticuatro horas, bajando instintivamente el volumen del aparato un par de niveles. En el suelo de madera del dormitorio, junto a la cama King Size en el que reposaba un cisne de toalla de rizo con pétalos por plumas, estaba su maleta.

Estuvo a punto de pasar por alto el detalle, pero al dirigirse a correr las cortinas del ventanal que daba a la parte alta del parque advirtió una cicatriz plateada de unos cuatro centímetros en la piel de su equipaje. Contrariado, maldijo la torpeza del servicio de habitaciones y levantó la maleta para colocarla sobre el escritorio e intentar reparar el desperfecto con un trapo humedecido. Fue entonces cuando notó algo que le extrañó sobremanera: la ligereza de la maleta. Perplejo, volvió a depositarla en el suelo y giró las ruedecitas metálicas de la cerradura de seguridad hasta combinar su contraseña secreta. Trató de accionar el botón pero estaba bloqueado. Sin lugar a dudas, algún auxiliar de la Sala VIP del aeropuerto, por error, había intercambiado su equipaje por el de algún desconocido. Por un momento estuvo a punto de marcar en su celular el número de la compañía aérea, pero andaba como loco por darse un baño y relajarse, de modo que contactó con la recepción para que el personal del hotel se encargara de hacer las gestiones. A lo cual accedieron solícitos, faltaría más.

Comprobó que el baño de la suite, como era habitual, disponía de un mullido albornoz además de un completo juego de geles, sales de baño y cremas hidratantes especialmente diseñadas para el cuidado masculino. Taponó el desagüe de la bañera y abrió el grifo del agua caliente, antes de regresar al dormitorio para desvestirse. Ya en ropa interior, dejó su smartphone sobre la mesilla y encendió la luz junto al cabecero. De vuelta al baño, su mirada topó con la maleta ajena y algo se inquietó en su interior. Salvo el raspón y el código de seguridad era idéntica a la suya. Se agachó junto a la maleta y de manera instintiva colocó las tres ruedas de la cerradura en el cero. Probó a accionar el botón y los pestillos saltaron automáticamente.

La maleta, boquiabierta, parecía completamente vacía. Palpó en el interior con la mano y junto a una de las paredes notó, casi imperceptible, algo frío y metálico. Al tratar de coger el objeto extraño no pudo evitar soltar un grito ahogado, más de sorpresa que por dolor. Se había hecho un pequeño corte con lo que ahora, a la luz de la habitación, se revelaba como una cuchilla de afeitar. El hombre, notablemente descolocado, chupó la sangre que brotaba del dedo índice y se dirigió de nuevo hacia la mesilla. Cogió el teléfono y tocó la pantalla táctil hasta poner el dispositivo en modo silencio. Volvió a depositarlo sobre la mesilla y entró al cuarto de baño.

Cuando el botones, cincuenta minutos después, regresó ante la suite de la planta ático con una maleta negra de piel en la mano, lo primero que vio fue el agua carmesí vertiéndose por debajo de la puerta. 

Hijo mío, no me mires así. Sabes que no te lo pediría si no fuera imprescindible. Tú me quieres, ¿verdad? Lo sé, lo sé. No eres más que un crío y la situación es embarazosa, pero no te pido ningún sacrificio. Serás como uno de esos actores del teatro, sólo necesito que me sigas el juego unas semanas, quizá unos meses. Además, no tienes por qué preocuparte, ya sabes que nuestros vecinos son muy crédulos y no harán preguntas. Hazlo por nosotros, tu padre nunca llegó a tragarse aquella historia de la paloma, lo puedo ver en sus ojos, y ya sabes cómo es de chismosa la gente de Belén si llegara a enterarse.

Cada día dedico más de cinco horas a trabajar en el jardín. Estoy especialmente orgullosa de los últimos esquejes de hortensias que sembré junto al cobertizo. ¿Y las begonias Lorraine? ¡Qué maravilla de frondosidad! En cambio, nunca he sido muy habilidosa con los frutales. Espero haberle cogido este año el truco al aclareo del melocotonero y conseguir unos frutos hermosos y fragantes. Tampoco parece que tenga buena mano con mi marido, que sigue marchitando frente al televisor. 

Una rara dolencia me fue diagnosticada ya de niño: era patológicamente incapaz de formular, o siquiera concebir en mi cabeza, cualquier clase de pregunta. Mis padres, celosos de su condición, me llevaron a decenas de especialistas, galenos o curanderos, que fueron incapaces de encontrar solución a la interrogación. Mi amante esposa, quien finalmente tuvo el arrojo de pedirme en matrimonio, no habría podido ser de otro modo, no cejó en su empeño de buscar una cura para mi enfermedad hasta el mismo día en que, sin respuesta alguna, exhaló el aliento ante la incertidumbre absoluta. Ahora que mi nieta, brillante investigadora en una prestigiosa institución científica, ha encontrado junto con sus colegas una cura para mi supuesto mal, me pregunto: ¿por qué tanta obstinación en arrebatarme la felicidad? 

Las alcantarillas bebían del cielo a grandes tragos cuando el hombre abandonó el cafetín; dejaba tras de sí una taza ya fría, mas aún sin tocar, aquellos ojos condescendientes empujándole a alejarse sin mirar atrás y la constatación de la enésima ocasión perdida. 

En su mano izquierda un ostensible temblor, en la derecha un paraguas cerrado, impotente.  

Tantas cavilaciones le rondaban la cabeza, como pájaros de mal agüero, que ninguna de ellas alcanzaba a posarse sobre su mirada perdida en la ausencia de horizonte.

Recorrió con paso vacilante y húmedo cada una de las calles y avenidas que le separaban de su modesto apartamento, sin percatarse, o quizá inexorablemente consciente, de que a su espalda iba desprendiéndose una estela de sí mismo.

Lo primero en desmenuzarse, hebra a hebra, fueron los bajos de su pantalón de tergal gris. El tejido de su gabardina abandonó la impermeabilidad para deslavazarse irrevocable, deprendiéndose jirones de la prenda menguante del modo que lo hacen los cuarterones de pintura marchita en la pared quemada por el sol de cien veranos sofocantes. El desvanecimiento de cada una de las células de piel venía precedido por un imperceptible hormigueo que el hombre ignoraba, puede que achacándolo al enjambre de alfileres que la tormenta descargaba sobre él, y la carne desnuda tornó evanescente como hoguera ahogada por el chaparrón. Sus fluidos vitales, solubles, fueron lo último en abandonarle, quedando encharcados en huellas de semen, plasma y bilis.

No fue hasta llegar a casa, al echar el pestillo definitivo, cuando sintió en la firmeza de esa mano que no era la suya. O tal vez fuera su percepción la que ya no era tal cosa. Todo él se había deshecho como un azucarillo bajo una tromba de agua tibia. No quedaba en ese nuevo yo más que la amargura. 

La tormenta había cesado pero las últimas gotas aún escapaban del cielo absorbidas por el agujero negro del asfalto, abrazándose a los restos de aceite de motor para crear iridiscentes auroras boreales. La bóveda celeste se había vertido sobre la carretera y una constelación de estrellas multicolores apareció de la nada, envolviéndolo todo, cuando los haces de luz de los faros bombardearon los prismas líquidos que derramaban las nubes deshilachadas por un viento que soplaba, imposible, desde los cuatro puntos cardinales.

Conmocionado ante el espectáculo de la naturaleza, como una efigie de Stendhal, extasiado por tal vértigo de sensaciones, no pude advertir como la cría había saltado hasta el centro de la calzada y, en vigilia sonámbula, se detenía temblorosa sobre sus cuatro frágiles patitas. El vaho provocado por el calor de los faros del camión giraba formando espirales que hipnotizaban los ojos felinos que, flotando en el espacio como lunas gemelas, concentraban todo el pánico y fascinación de la diminuta criatura inmóvil ante la mole que se abalanzaba sobre él.

Apenas sin salir de mi ensimismamiento, un instinto inconsciente se apoderó de mi sistema nervioso, tensando toda mi musculatura y lanzándome como un resorte hacia el desastre. Deslumbrado por los soles fugaces que estaban a punto de devorar al cachorro de gato, tuve fortuna de poder hacer presa en su pescuezo con mis mandíbulas y, en el último instante lanzarme con ella hacia unos matorrales de paramera y tomillo que amortiguaron nuestro aterrizaje en el arcén de la carretera.

Magullado por el golpe, pero arrebolado por la adrenalina que bullía en mi interior, traté de calmar al todavía tembloroso gatito limpiándole con un par de lametones algunas ramitas que se habían quedado prendidas de su negro pelaje. Sin duda seguía muerto de miedo. De otro modo, habría salido como alma que lleva el diablo al ver como un viejo mastín veinte veces más grande que él abría sus fauces para volver a prenderle del pellejo y ponerle a salvo, lejos de la carretera. 

Ante sus ojos, una gran variedad de productos perfectamente alineados y agrupados por tamaños, características y colores. Ramón buscó la marca concreta de desodorante que su mujer siempre conseguía que no faltara del armarito del baño, pero bajo esa luz uniforme y desprovista de aristas todo se fundía en una masa imprecisa imposible de procesar para su cerebro. Mil rostros anónimos en una avenida de Beijing. “Cariño, se lo he dejado caer al jefe por activa y pasiva”, le había dicho su esposa un par de días antes, “pero no he podido  encasquetarle la presentación a ningún compañero, así que te tocará a ti encargarte de los últimos preparativos del viaje”. ¿Y el colutorio bucal de ella? Había permanecido invisible frente a él todos estos años. Una presencia inasible de la que tan sólo se aventuraba a recordar una tonalidad rosada en la etiqueta. Ramón echaba de menos una lista de la compra más prolija en detalles cuando oyó un golpe metálico a su espalda. De reojo acertó a ver un carrito de la compra estrellado contra uno de los expositores y un niño recibiendo la reprimenda de su madre con cara de no haber roto un plato. Inalterable, reanudó su tarea mientras un bote de protector solar comenzaba a derramar su contenido sobre el suelo de linóleo. Densas lenguas de crema blanca se extendieron creando una isla en el pasillo del supermercado, como habría hecho una erupción volcánica en medio del océano, y liberando partículas volátiles de benzofenonas, octocrileno y otros compuestos que el fabricante había incluido en la receta para mejorar su fragancia y la perdurabilidad del ungüento sobre la piel. Estos vapores se propagaron rápidamente hasta alcanzar las fosas nasales de Ramón, que se debatía entre una marca clásica de desodorante y otro producto mucho más juvenil que había visto anunciado por televisión. Las moléculas aromáticas subieron hasta la pituitaria, transmitiéndose vertiginosamente por diversos tipos de células hasta entrar en el bulbo olfativo como lo hace el salitre por una ventana abierta en verano. La señal química del aroma estimuló los cilios y, neurona a neurona, comenzó a transformarse en impulsos eléctricos enviados al sistema límbico de Ramón, que casi instantáneamente notó un particular olor dulzón y quedó paralizado.

El mar ronronea a sus pies. Les da pequeños lametazos como un cachorro juguetón. Ramón no es de tumbarse al sol a churrascarse, pero le encanta dar largos paseos por la orilla. El pareo de su mujer se agita con la brisa y deja entrever unos muslos jóvenes y esbeltos. Él esquiva las huellas que otros paseantes han dejado sobre la arena húmeda para que sean las olas las que borren ese recuerdo. Escucha las gaviotas aunque el sol las vuelve fantasmas para sus ojos entrecerrados. Deciden llegar hasta las toallas, recoger e ir a una terraza a comer un espeto de sardinas con una botella de vino blanco.

Aunque a Ramón le pareciera toda una vida, al volver en sí, apenas habían transcurrido un par de segundos. Se sentía embriagado por una felicidad plena y, tocado por una especie de instinto o sexto sentido, pudo realizar todas sus compras con gran decisión y arrojo en cuestión de media hora.

Tras un frugal almuerzo llamó a su esposa. Quería comprobar qué tarjeta de crédito debía emplear para el depósito del alquiler del coche, pero más que nada quería recordarle lo mucho que la quería y las ganas que tenía de emprender aquel viaje por sus bodas de plata.

Ya en la agencia, Ramón esperó su turno con ansiedad y ojeó un catálogo hasta dar con las páginas dedicadas a aquel majestuoso archipiélago donde el matrimonio anhelaba olvidarse del resto del mundo, incluidos sus dos hijos, por unos días. La reserva estaba hecha desde hacía meses, y tan sólo debía recoger los bonos del hotel y elegir un vehículo para poder tener movilidad y no depender de las visitas programadas que ofrecían los tour operadores. Así es como a ellos les gustaba viajar, siendo independientes. En un principio habían hablado de algo sencillo, un utilitario que les permitiera moverse por las islas, pero cuando aquella amable señorita le preguntó por la clase de coche que querría, Ramón se dijo qué diantre y optó por un todoterreno de la clase A, la más cara. No en vano era su veinticinco aniversario y eso sólo ocurre una vez en la vida, ¿no?

Era pronto, los críos estaban en la universidad y su mujer tardaría aún un par de horas en llegar a casa, así que Ramón aparcó el coche en su plaza de garaje y, sin sacar las bolsas de la compra, se dirigió dando un paseo a la librería del barrio para elegir un par de lecturas interesantes para el viaje.

Mientras caminaba, una tímida sonrisa le acompañó en todo momento, parecía susurrarle cosas agradables al oído con cada paso. En vacaciones le gustaba alternar clásicos pendientes con alguna novedad editorial de las que recomendaban en el suplemento cultural del periódico, sin embargo, en ocasiones se dejaba llevar por una cubierta atractiva. Tras preguntar al dueño por un par de títulos, finalmente se decidió por una edición de bolsillo de “Margarita está linda la mar”, una bella visión de la historia reciente nicaragüense, y la primera novela de un joven escritor madrileño que, en palabras del librero, le haría mucho más llevadero el largo viaje de avión. Sacó un par de billetes de veinte de la cartera y se disponía a pagar cuando el corazón le dio un vuelco. Todavía no sabía el motivo, y de saberlo quizá hubiera dejado el dinero sobre el mostrador y habría salido huyendo. Pero ya era tarde. La vida de Ramón ya era otra. No era la misma que una milésima de segundo antes. Su otro yo comenzó a vivir una milésima de segundo después. En ese infinitesimal e irreversible lapso de tiempo un vapor etéreo había transportado una combinación exacta y precisa de moléculas florales con matices a almizcle hasta su hipotálamo, dando comienzo a una liberación de hormonas y evocaciones que revelaron en el cerebro de Ramón una representación precisa, como hace la luz con los haluros de plata en una película fotográfica. Una contraseña hecha de aromas que había descerrajado una caja enterrada hace años con la intención de no volverse a abrir jamás, y que al hacerlo no había dejado escapar una imagen estática, sino un caudal inagotable de sensaciones y emociones que envolvieron a Ramón hasta hacer flaquear sus rodillas.

Unos ojos en los que naufragaba. ¿Qué posibilidades había de que fuera ella? Besos robados en cualquier callejón. Hacía tantos años. Canciones dejadas de escuchar porque les pertenecían sólo a ellos dos. ¿Cuántas mujeres usarían el mismo perfume? Tener que curvar la espalda para abrazarla, tan frágil. Las probabilidades eran mínimas, pero ¿acaso podía existir siquiera otra piel como la suya, capaz de vestirse aquella fragancia de una manera tan exquisita? Despedidas remolonas, que no se quieren dar cuenta de que lo son. ¿Existía alguna opción de que fuera ella quien había entrado a esa misma librería recientemente? Unas pestañas que al cerrarse aleteaban produciendo huracanes en su estómago aunque estuviera a cien mil océanos de distancia. ¿Y si no era cuestión de serendipia? ¿Y si ella había dejado su propio rastro siguiendo el de Ramón? Él rompiendo en añicos, después de haberlo hecho ella con su corazón, la agenda donde tenía apuntado su teléfono para no volver a caer en la tentación. ¿Y si ese aroma era el suyo, el de años más inexpertos, el de Azucena? ¿Cuánto tardaría en desvanecerse? Quizá ella estaba en la ciudad sólo de paso. Si existía la más mínima posibilidad de volver a encontrarse con Azucena y le daba la espalda, ¿podría él perdonarse algún día?

Cuando su mujer llegó a casa encontró a Ramón sentado en la cama. Ropa interior, camisas y pantalones apilados en montones de idéntica altura sobre la colcha, y frente a él la maleta con sus fauces abiertas devorándole la mirada.

-          ¿Te encuentras bien, cariño? – le pregunto ella al tiempo que le besaba en los labios.

El cuello de su esposa se le ofreció vulnerable, así que aspiró de manera disimulada intentando buscar una respuesta. Inmediatamente exhaló emitiendo un leve suspiro.

-          Cielo, he recibido una llamada del trabajo. Me temo que no podré acompañarte en nuestro viaje. 

Luka mantiene las manos aferradas al volante y el pie derecho pisando a fondo el pedal del freno a pesar de que el semáforo se ha puesto en verde. Escucha bocinas que protestan por su inmovilidad, pero ella no se inmuta. Su rostro, impasible, no refleja la turbulencia de sentimientos que sí se asoma a sus ojos creando torbellinos infinitos de rabia y temor.

Luka nació hace diecinueve años, cuatro meses y dos días exactamente, faltándole unos pocos gramos para llegar a los tres kilos de peso, y con esa pelusa de viejita prematura cubriendo su cráneo como un melocotón delicadísimo.

Luka será una mujer de su tiempo, profesional y de gran iniciativa, quizá ejerza algún arte liberal, escultora o escritora, quién sabe, o alcance un puesto de gran responsabilidad en una multinacional del norte de Europa. Pero nada de eso pasa por su cabeza ahora, detenida ante el semáforo en verde; y toda su vida dependerá de lo que ocurra en los próximos segundos.

Luka sintió náuseas la primera vez que su padre le acarició el vello púbico en el cuarto de baño de aquel apartamento de una ciudad costera cuyo nombre ha querido olvidar.

Luka siempre ha tenido una especial predilección por el color magenta, ha sentido ternura por la arisca independencia de los gatos, y le ha gustado tararear las canciones en voz alta cuando viaja en el transporte público.

Luka huele a avellanas tostadas por el sol y atesora luz en su cabello rubio para cuando llegue el invierno.

Luka dudó mucho antes de confesarle a su madre aquello tan desagradable que le hacía papá, y además no encontraba las palabras para hacerlo; quizá ya se imaginaba que nadie le creería.

Luka se lleva las manos a la cara y comienza a sollozar de manera yerma, sin derramar lágrimas, pero con un sofoco tartamudo que apenas le permite respirar. Fuera del coche la gente se arremolina entorno al cuerpo inerte de aquel sacerdote que convulsiona y sangra por la boca a borbotones.

Luka tuvo una mejor amiga en cuarto de primaria, Laura, y otra en el primer año de instituto. Sofía, que era el nombre de ésta, fue quien le enseñó cómo debía besar a un chico: alternando mordisquitos de pez con lengüetazos sedientos.

Luka no lo hará ni ante su terapeuta ni ante ninguna de sus amigas. Será sólo el día del funeral de su padre que, cenando una ensalada con su prometido, le reconozca entre lágrimas que en una ocasión, con quince años, había tenido un orgasmo mientras su padre le tocaba.

Luka tenía un paladar obstinado de niña. Macarrones, chocolate y filetes empanados eran más que suficiente para alimentar sus saltos a la comba y las buenas notas en ciencias naturales. Seguro que se sorprendería de saber que ya de adulta, por motivos ajenos a lo nutricional, seguirá una estricta dieta vegetariana.

Luka aprendió en una sola tarde de catequesis a recitar de memoria el “credo”, para orgullo de sus fervorosamente católicos padres; sin embargo siempre se le atragantó el “padrenuestro” que le parecía un trabalenguas, y en donde no dejaba de confundir el pan y el perdón con las tentaciones y las ofensas.

Luka se entretenía escuchando el zumbido de las abejas mientras merendaba una tarde de verano cuando se dio cuenta de que tenía un antojo de nacimiento en la cara interior de su muslo. Era marrón y tenía forma de interrogación. Curiosa, lo tocó para averiguar su tacto y fue cuando descubrió que en realidad era una mancha de Nocilla. Se preguntó si a su padre le gustaría la crema de cacao.

Luka heredará la casa de sus padres a la edad de treinta y dos años. Permanecerá horas delante de la puerta del que fue su cuarto. La mirada perdida en un punto indefinido entre el pomo y su pasado.

Luka reza por primera vez el “padrenuestro” sin errores ni titubeos mientras los sanitarios certifican la defunción del sacerdote que acaba de atropellar. Aunque todavía no lo sabe, esa será la última ocasión en la que eleve una oración.

Luka solía acompañar a misa a sus padres todos los domingos. Matemáticamente, desayunaban churros, daban un paseo, compraban el periódico y llegaban cinco minutos antes para coger sitio junto al pasillo central de la iglesia. Este ritual sólo se lo saltaban cuando su papá debía confesarse para poder comulgar. Las semanas que él había abusado de su hija, llegaban con un cuarto de hora de adelanto.

Luka se encerró durante cincuenta y dos días seguidos en su cuarto. Fue durante el verano del cuarto año de primaria. Su madre le llevaba la comida en una bandeja y le suplicaba que dejara de hacer deberes para bajar con sus amigas a jugar en la piscina. A mediados de septiembre, con la vuelta al colegio, Luka se sabía todos los éxitos de la radio de memoria y era la chica más pálida de su clase.

Luka se enterará por los periódicos que una notable figura de la comunidad, miembro honorífico de clubes selectos y patronatos benéficos, había aparecido ahorcado con un fajín de esmoquin empapado en sangre coagulada en la suite de un prestigioso hotel. Las pruebas no serán concluyentes, pero a pesar de que los análisis de ADN realizados a las muestras recogidas señalarán a la esposa del difunto, la policía cerrará el caso determinando suicidio.

Luka se irá haciendo pequeñita a medida que su prometido se vaya alejando de ella. Aunque los dos sabrán perfectamente lo que está marchitando su relación nunca jamás hablarán del tema. A veces, sincerándose ante la copa de vino pensará que esto del morirse los enamorados es cosa de risa.

Luka dudó hasta el último instante si hacerlo o no. Poco le importaba si lo que hacía era lo correcto o no. Únicamente se preguntaba si tendría el valor para llegar hasta el final o no. No era estúpida y sabía que el verdadero culpable era su padre, le doliera o no. ¿Unos pocos rezos eran suficiente penitencia para los pecados de un hombre que estaba haciendo de la vida de su hija un calvario, o no?

Luka acompañará a su madre durante una dolorosa pero rápida agonía, sin embargo nunca será capaz de sumergir su mirada en los pozos llenos de lágrimas donde la moribunda arrojó años de culpa y vergüenza.

Luka prestará declaración y será absuelta por no hallarse indicios de relación alguna con el finado, que además no había empleado el paso de peatones para cruzar la calle. Las leyes terrenales se mostrarían tan indulgentes como los inescrutables mandatos divinos.

Luka abrazó a su osito de peluche y le sopló un perdón en la oreja peluda. Acto seguido le arrancó esos ojitos tiernos que ya habían visto demasiado.

Luka pondrá un anuncio por palabras: “se alquila piso amueblado (pueden deshacerse hasta del último recuerdo), tres amplios dormitorios y dicen que luminoso, ustedes juzgarán”.

Luka tenía una pesadilla recurrente, y es que muchas noches no podía dormir. Soñaba despierta con tener sueños. Así que se zambullía bajo las sábanas con una pequeña linterna y se inventaba las historias más maravillosas.

Luka apagará por costumbre todas las luces después de prepararse la cena. Tan sólo iluminada por los destellos de la televisión su soledad se hará menos visible.

Luka se baja del coche, trastabillando, y camina entre nubes hasta un policía. Él pregunta si se encuentra bien, señorita. Ella le abraza y murmura que él tiene la culpa. ¿Se refiere a este hombre? Mientras señala al cadáver del sacerdote. El agente ve cómo la joven asiente dubitativa, pero no puede saber que por dentro ella piensa en su padre y sufre porque nadie le entiende.

Luka, cuando era poco más que un bebito, se sentaba con el cubo y la pala entre las piernas regordetas mirando el vasto océano y se preguntaba: ¿qué gigantesco castillo de arena se hallará al otro lado de tan inmenso foso?

Luka naufragará muchas veces en los ojos de esa persona tan magnética que sienta frente a ella, imaginando qué atrocidades se esconden en las profundidades abisales de esa alma.  

Luka dejó de creer en el Príncipe Azul, cuando aún dejaba dientes de leche bajo la almohada o pasaba la noche en vela esperando a los Reyes Magos.

Luka girará la esquina, entrará a ese café en el que es la primera vez que te sientas y será cuando te conozca. Ese día os cambiará la vida, pensaréis, porque al fin habréis encontrado a alguien tan especial como tú.