Marcelo Q. llegó para ganarse la vida cuando la economía de la ciudad gozaba de buena salud. Tras mucho tiempo dejándose la piel en el trabajo y dando con sus huesos en pensiones y camas calientes del extrarradio, había conseguido instalarse al fin en el corazón de la ciudad. Al poco, nada más sentirse los primeros síntomas de la crisis y aduciendo un grave riesgo de trombosis, las autoridades no dudaron en desahuciar a Marcelo Q., quien desde entonces vaga errático por las arterias principales sin saber qué hacer.

De joven todos le llamábamos Turbo. Aprendió a conducir mucho antes de sacarse el carné y siempre te lo encontrabas subido al cupé que había heredado de su padre. Perdió la virginidad en el asiento del copiloto, sus primeros trabajos los consiguió como repartidor y se sacaba un sobresueldo participando y apostando en carreras clandestinas. Ganó mucho dinero para un chico de su edad y lo invirtió todo en alerones de fibra y llantas de aleación.

Turbo pedía comida rápida desde la ventanilla del coche, sólo se bajaba de su vehículo para llevarlo al taller y conoció a la que fue su mujer en un paso de cebra. Sentó la cabeza, pero siguió sin levantar el culo del asiento del conductor. Cambió de coche y se hizo taxista. Doblaba turno y estudiaba mapas de carreteras para conciliar el sueño. En vacaciones cogía a su mujer, la maleta y carretera y manta. Quince días rodando de norte a sur, de este a oeste. De motel en motel cuando las cosas iban bien, de camping o asientos abatidos durante las vacas flacas. Observar la vida a través del retrovisor, pienso, le había dado una visión distorsionada de la realidad.

Un mal día su vida pegó un volantazo. Un cambio de rasante tomado a demasiada velocidad y un niño que no debió ir tras aquella pelota. Para colmo, el crío resulto ser hijo de un concejal. En cosa de meses perdió la licencia de taxi y el amor de su mujer, por no hablar de la casa. Así que Turbo, a quien por aquel entonces las malas lenguas comenzaban a llamar Diesel, comenzó a vivir en el coche. Ahora de forma literal. Cada noche cubría las lunas con papel de periódico, para así dejar fuera la luz de las farolas y de la otra luna e intentar conciliar el sueño. Por el día, aparcaba a la sombra y fumaba apoyado en la ventanilla como si esperase a un improbable pasajero. Se llegó a rumorear que había sido el conductor en un par de atracos a bancos de la ciudad. Llegó el frío, y las madrugadas soportadas con el motor en marcha fueron agotando su gasolina poco a poco.

Daba lástima verle siempre allí, aparcado en la calle tras el concesionario de coches, así que nosotros pensamos que le hacíamos un favor. Nos rechazó varias veces, pero finalmente una noche mis amigos y yo convencimos para que saliera del coche a airearse y tomar una copa. Al principio, haciendo honor a su nuevo apodo, le faltó un poco de reprís, pero al tercer aguardiente, cuando tuvo el depósito bien cargado, se arrancó y resultó difícil pararle. Entrada la madrugada regresamos a la calle detrás del concesionario haciendo eses. Su coche había desaparecido. Debido quizá a la borrachera Diesel no pareció demasiado afectado, y anduvo dando vueltas hasta el amanecer. Buscó en suburbios, desguaces y hasta en el depósito de la policía. Del vehículo nunca más se supo y él no volvió a dirigirnos la palabra.

El otro día le vi en una gasolinera con una bayeta. El encargado me dijo que le dejan ganarse la vida con las  propinas que le dan los clientes del túnel de lavado. Y al parecer sigue durmiendo en el coche, aunque ahora se conforma con echarse cabezaditas de un par de minutos, que es lo que dura el circuito del túnel de lavado.  

Érase una vez un colorín colorado. 

Desgastado por el peso de mi mirada, el espejo perdió su azogue capa a capa. Así, gradualmente, fui desapareciendo. 

Como cada noche, cuando el resto de la tripulación se hubo retirado a descansar, el marinero subió a cubierta y se dispuso a reunirse con su amada. Tras naufragar la mirada en la negrura que se extendía por babor y estribor, trepó hasta uno de los botes salvavidas y se tumbó boca arriba en su interior. Allí estaba ella. Las estrellas eran haluros de plata que reaccionaban a la luz reflejada por su piel, en ese preciso instante, desde meridianos ya soleados a miles de kilómetros de distancia. De este modo, como si el firmamento entero fuera una emulsión fotográfica infinita, se presentaba ante él la imagen latente de su compañera. Ya no tenía más que cerrar los ojos y, con la ayuda de unas lágrimas de emoción que nunca lograba contener entre sus párpados, esperar a que se revelase frente a él la figura, aún en negativo, que tanto deseaba. Acunado por el vaivén del océano en calma, dejó que el sueño le abrazara, positivando lentamente cada uno de los fotogramas en los cuales esta noche se fundiría con su musa.  

La berlina se detuvo frente al hotel y el hombre se apeó al instante. Esperó a que el chófer sacara del coche su maleta de piel negra y le tendió una generosa propina una vez que éste le hubo entregado el equipaje al botones. Como en cada ocasión que visitaba la ciudad para atender asuntos de negocios, el director del hotel le había reservado la suite de la planta ático. El hombre le dio un billete al mozo y cerró la puerta cuando éste ya se retiraba. Encendió la televisión y sintonizó un canal de noticias veinticuatro horas, bajando instintivamente el volumen del aparato un par de niveles. En el suelo de madera del dormitorio, junto a la cama King Size en el que reposaba un cisne de toalla de rizo con pétalos por plumas, estaba su maleta.

Estuvo a punto de pasar por alto el detalle, pero al dirigirse a correr las cortinas del ventanal que daba a la parte alta del parque advirtió una cicatriz plateada de unos cuatro centímetros en la piel de su equipaje. Contrariado, maldijo la torpeza del servicio de habitaciones y levantó la maleta para colocarla sobre el escritorio e intentar reparar el desperfecto con un trapo humedecido. Fue entonces cuando notó algo que le extrañó sobremanera: la ligereza de la maleta. Perplejo, volvió a depositarla en el suelo y giró las ruedecitas metálicas de la cerradura de seguridad hasta combinar su contraseña secreta. Trató de accionar el botón pero estaba bloqueado. Sin lugar a dudas, algún auxiliar de la Sala VIP del aeropuerto, por error, había intercambiado su equipaje por el de algún desconocido. Por un momento estuvo a punto de marcar en su celular el número de la compañía aérea, pero andaba como loco por darse un baño y relajarse, de modo que contactó con la recepción para que el personal del hotel se encargara de hacer las gestiones. A lo cual accedieron solícitos, faltaría más.

Comprobó que el baño de la suite, como era habitual, disponía de un mullido albornoz además de un completo juego de geles, sales de baño y cremas hidratantes especialmente diseñadas para el cuidado masculino. Taponó el desagüe de la bañera y abrió el grifo del agua caliente, antes de regresar al dormitorio para desvestirse. Ya en ropa interior, dejó su smartphone sobre la mesilla y encendió la luz junto al cabecero. De vuelta al baño, su mirada topó con la maleta ajena y algo se inquietó en su interior. Salvo el raspón y el código de seguridad era idéntica a la suya. Se agachó junto a la maleta y de manera instintiva colocó las tres ruedas de la cerradura en el cero. Probó a accionar el botón y los pestillos saltaron automáticamente.

La maleta, boquiabierta, parecía completamente vacía. Palpó en el interior con la mano y junto a una de las paredes notó, casi imperceptible, algo frío y metálico. Al tratar de coger el objeto extraño no pudo evitar soltar un grito ahogado, más de sorpresa que por dolor. Se había hecho un pequeño corte con lo que ahora, a la luz de la habitación, se revelaba como una cuchilla de afeitar. El hombre, notablemente descolocado, chupó la sangre que brotaba del dedo índice y se dirigió de nuevo hacia la mesilla. Cogió el teléfono y tocó la pantalla táctil hasta poner el dispositivo en modo silencio. Volvió a depositarlo sobre la mesilla y entró al cuarto de baño.

Cuando el botones, cincuenta minutos después, regresó ante la suite de la planta ático con una maleta negra de piel en la mano, lo primero que vio fue el agua carmesí vertiéndose por debajo de la puerta. 

Hijo mío, no me mires así. Sabes que no te lo pediría si no fuera imprescindible. Tú me quieres, ¿verdad? Lo sé, lo sé. No eres más que un crío y la situación es embarazosa, pero no te pido ningún sacrificio. Serás como uno de esos actores del teatro, sólo necesito que me sigas el juego unas semanas, quizá unos meses. Además, no tienes por qué preocuparte, ya sabes que nuestros vecinos son muy crédulos y no harán preguntas. Hazlo por nosotros, tu padre nunca llegó a tragarse aquella historia de la paloma, lo puedo ver en sus ojos, y ya sabes cómo es de chismosa la gente de Belén si llegara a enterarse.

Cada día dedico más de cinco horas a trabajar en el jardín. Estoy especialmente orgullosa de los últimos esquejes de hortensias que sembré junto al cobertizo. ¿Y las begonias Lorraine? ¡Qué maravilla de frondosidad! En cambio, nunca he sido muy habilidosa con los frutales. Espero haberle cogido este año el truco al aclareo del melocotonero y conseguir unos frutos hermosos y fragantes. Tampoco parece que tenga buena mano con mi marido, que sigue marchitando frente al televisor. 

Una rara dolencia me fue diagnosticada ya de niño: era patológicamente incapaz de formular, o siquiera concebir en mi cabeza, cualquier clase de pregunta. Mis padres, celosos de su condición, me llevaron a decenas de especialistas, galenos o curanderos, que fueron incapaces de encontrar solución a la interrogación. Mi amante esposa, quien finalmente tuvo el arrojo de pedirme en matrimonio, no habría podido ser de otro modo, no cejó en su empeño de buscar una cura para mi enfermedad hasta el mismo día en que, sin respuesta alguna, exhaló el aliento ante la incertidumbre absoluta. Ahora que mi nieta, brillante investigadora en una prestigiosa institución científica, ha encontrado junto con sus colegas una cura para mi supuesto mal, me pregunto: ¿por qué tanta obstinación en arrebatarme la felicidad? 

Las alcantarillas bebían del cielo a grandes tragos cuando el hombre abandonó el cafetín; dejaba tras de sí una taza ya fría, mas aún sin tocar, aquellos ojos condescendientes empujándole a alejarse sin mirar atrás y la constatación de la enésima ocasión perdida. 

En su mano izquierda un ostensible temblor, en la derecha un paraguas cerrado, impotente.  

Tantas cavilaciones le rondaban la cabeza, como pájaros de mal agüero, que ninguna de ellas alcanzaba a posarse sobre su mirada perdida en la ausencia de horizonte.

Recorrió con paso vacilante y húmedo cada una de las calles y avenidas que le separaban de su modesto apartamento, sin percatarse, o quizá inexorablemente consciente, de que a su espalda iba desprendiéndose una estela de sí mismo.

Lo primero en desmenuzarse, hebra a hebra, fueron los bajos de su pantalón de tergal gris. El tejido de su gabardina abandonó la impermeabilidad para deslavazarse irrevocable, deprendiéndose jirones de la prenda menguante del modo que lo hacen los cuarterones de pintura marchita en la pared quemada por el sol de cien veranos sofocantes. El desvanecimiento de cada una de las células de piel venía precedido por un imperceptible hormigueo que el hombre ignoraba, puede que achacándolo al enjambre de alfileres que la tormenta descargaba sobre él, y la carne desnuda tornó evanescente como hoguera ahogada por el chaparrón. Sus fluidos vitales, solubles, fueron lo último en abandonarle, quedando encharcados en huellas de semen, plasma y bilis.

No fue hasta llegar a casa, al echar el pestillo definitivo, cuando sintió en la firmeza de esa mano que no era la suya. O tal vez fuera su percepción la que ya no era tal cosa. Todo él se había deshecho como un azucarillo bajo una tromba de agua tibia. No quedaba en ese nuevo yo más que la amargura. 

Un padre y una madre centauros contemplan a su hijo, que juguetea en una playa mediterránea. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: ¿deberíamos decirle que solamente es un mito?

Nada más verte supe aquel lunar en tu labio era un punto y final. 

Luka mantiene las manos aferradas al volante y el pie derecho pisando a fondo el pedal del freno a pesar de que el semáforo se ha puesto en verde. Escucha bocinas que protestan por su inmovilidad, pero ella no se inmuta. Su rostro, impasible, no refleja la turbulencia de sentimientos que sí se asoma a sus ojos creando torbellinos infinitos de rabia y temor.

Luka nació hace diecinueve años, cuatro meses y dos días exactamente, faltándole unos pocos gramos para llegar a los tres kilos de peso, y con esa pelusa de viejita prematura cubriendo su cráneo como un melocotón delicadísimo.

Luka será una mujer de su tiempo, profesional y de gran iniciativa, quizá ejerza algún arte liberal, escultora o escritora, quién sabe, o alcance un puesto de gran responsabilidad en una multinacional del norte de Europa. Pero nada de eso pasa por su cabeza ahora, detenida ante el semáforo en verde; y toda su vida dependerá de lo que ocurra en los próximos segundos.

Luka sintió náuseas la primera vez que su padre le acarició el vello púbico en el cuarto de baño de aquel apartamento de una ciudad costera cuyo nombre ha querido olvidar.

Luka siempre ha tenido una especial predilección por el color magenta, ha sentido ternura por la arisca independencia de los gatos, y le ha gustado tararear las canciones en voz alta cuando viaja en el transporte público.

Luka huele a avellanas tostadas por el sol y atesora luz en su cabello rubio para cuando llegue el invierno.

Luka dudó mucho antes de confesarle a su madre aquello tan desagradable que le hacía papá, y además no encontraba las palabras para hacerlo; quizá ya se imaginaba que nadie le creería.

Luka se lleva las manos a la cara y comienza a sollozar de manera yerma, sin derramar lágrimas, pero con un sofoco tartamudo que apenas le permite respirar. Fuera del coche la gente se arremolina entorno al cuerpo inerte de aquel sacerdote que convulsiona y sangra por la boca a borbotones.

Luka tuvo una mejor amiga en cuarto de primaria, Laura, y otra en el primer año de instituto. Sofía, que era el nombre de ésta, fue quien le enseñó cómo debía besar a un chico: alternando mordisquitos de pez con lengüetazos sedientos.

Luka no lo hará ni ante su terapeuta ni ante ninguna de sus amigas. Será sólo el día del funeral de su padre que, cenando una ensalada con su prometido, le reconozca entre lágrimas que en una ocasión, con quince años, había tenido un orgasmo mientras su padre le tocaba.

Luka tenía un paladar obstinado de niña. Macarrones, chocolate y filetes empanados eran más que suficiente para alimentar sus saltos a la comba y las buenas notas en ciencias naturales. Seguro que se sorprendería de saber que ya de adulta, por motivos ajenos a lo nutricional, seguirá una estricta dieta vegetariana.

Luka aprendió en una sola tarde de catequesis a recitar de memoria el “credo”, para orgullo de sus fervorosamente católicos padres; sin embargo siempre se le atragantó el “padrenuestro” que le parecía un trabalenguas, y en donde no dejaba de confundir el pan y el perdón con las tentaciones y las ofensas.

Luka se entretenía escuchando el zumbido de las abejas mientras merendaba una tarde de verano cuando se dio cuenta de que tenía un antojo de nacimiento en la cara interior de su muslo. Era marrón y tenía forma de interrogación. Curiosa, lo tocó para averiguar su tacto y fue cuando descubrió que en realidad era una mancha de Nocilla. Se preguntó si a su padre le gustaría la crema de cacao.

Luka heredará la casa de sus padres a la edad de treinta y dos años. Permanecerá horas delante de la puerta del que fue su cuarto. La mirada perdida en un punto indefinido entre el pomo y su pasado.

Luka reza por primera vez el “padrenuestro” sin errores ni titubeos mientras los sanitarios certifican la defunción del sacerdote que acaba de atropellar. Aunque todavía no lo sabe, esa será la última ocasión en la que eleve una oración.

Luka solía acompañar a misa a sus padres todos los domingos. Matemáticamente, desayunaban churros, daban un paseo, compraban el periódico y llegaban cinco minutos antes para coger sitio junto al pasillo central de la iglesia. Este ritual sólo se lo saltaban cuando su papá debía confesarse para poder comulgar. Las semanas que él había abusado de su hija, llegaban con un cuarto de hora de adelanto.

Luka se encerró durante cincuenta y dos días seguidos en su cuarto. Fue durante el verano del cuarto año de primaria. Su madre le llevaba la comida en una bandeja y le suplicaba que dejara de hacer deberes para bajar con sus amigas a jugar en la piscina. A mediados de septiembre, con la vuelta al colegio, Luka se sabía todos los éxitos de la radio de memoria y era la chica más pálida de su clase.

Luka se enterará por los periódicos que una notable figura de la comunidad, miembro honorífico de clubes selectos y patronatos benéficos, había aparecido ahorcado con un fajín de esmoquin empapado en sangre coagulada en la suite de un prestigioso hotel. Las pruebas no serán concluyentes, pero a pesar de que los análisis de ADN realizados a las muestras recogidas señalarán a la esposa del difunto, la policía cerrará el caso determinando suicidio.

Luka se irá haciendo pequeñita a medida que su prometido se vaya alejando de ella. Aunque los dos sabrán perfectamente lo que está marchitando su relación nunca jamás hablarán del tema. A veces, sincerándose ante la copa de vino pensará que esto del morirse los enamorados es cosa de risa.

Luka dudó hasta el último instante si hacerlo o no. Poco le importaba si lo que hacía era lo correcto o no. Únicamente se preguntaba si tendría el valor para llegar hasta el final o no. No era estúpida y sabía que el verdadero culpable era su padre, le doliera o no. ¿Unos pocos rezos eran suficiente penitencia para los pecados de un hombre que estaba haciendo de la vida de su hija un calvario, o no?

Luka acompañará a su madre durante una dolorosa pero rápida agonía, sin embargo nunca será capaz de sumergir su mirada en los pozos llenos de lágrimas donde la moribunda arrojó años de culpa y vergüenza.

Luka prestará declaración y será absuelta por no hallarse indicios de relación alguna con el finado, que además no había empleado el paso de peatones para cruzar la calle. Las leyes terrenales se mostrarían tan indulgentes como los inescrutables mandatos divinos.

Luka abrazó a su osito de peluche y le sopló un perdón en la oreja peluda. Acto seguido le arrancó esos ojitos tiernos que ya habían visto demasiado.

Luka pondrá un anuncio por palabras: “se alquila piso amueblado (pueden deshacerse hasta del último recuerdo), tres amplios dormitorios y dicen que luminoso, ustedes juzgarán”.

Luka tenía una pesadilla recurrente, y es que muchas noches no podía dormir. Soñaba despierta con tener sueños. Así que se zambullía bajo las sábanas con una pequeña linterna y se inventaba las historias más maravillosas.

Luka apagará por costumbre todas las luces después de prepararse la cena. Tan sólo iluminada por los destellos de la televisión su soledad se hará menos visible.

Luka se baja del coche, trastabillando, y camina entre nubes hasta un policía. Él pregunta si se encuentra bien, señorita. Ella le abraza y murmura que él tiene la culpa. ¿Se refiere a este hombre? Mientras señala al cadáver del sacerdote. El agente ve cómo la joven asiente dubitativa, pero no puede saber que por dentro ella piensa en su padre y sufre porque nadie le entiende.

Luka, cuando era poco más que un bebito, se sentaba con el cubo y la pala entre las piernas regordetas mirando el vasto océano y se preguntaba: ¿qué gigantesco castillo de arena se hallará al otro lado de tan inmenso foso?

Luka naufragará muchas veces en los ojos de esa persona tan magnética que sienta frente a ella, imaginando qué atrocidades se esconden en las profundidades abisales de esa alma.  

Luka dejó de creer en el Príncipe Azul, cuando aún dejaba dientes de leche bajo la almohada o pasaba la noche en vela esperando a los Reyes Magos.

Luka girará la esquina, entrará a ese café en el que es la primera vez que te sientas y será cuando te conozca. Ese día os cambiará la vida, pensaréis, porque al fin habréis encontrado a alguien tan especial como tú.

Todavía conservaba algo más de treinta euros en el bolsillo derecho de mi pantalón y pensé en el homenaje que podría darme con ese dinero cuando regresara a la estación. Quizá incluso tuviera un detallito con los demás si no habían hurgado en mis cosas y, sobre todo, entre los pliegues de Lola. Más vale que no se les hubiera ocurrido mancillar sus páginas con esas manos roñosas, o peor aún… Pero un runrún seguía, como un ruido de fondo, como ese aire acondicionado del que no te has percatado hasta que se apaga, circulando alrededor de mi cabeza sin carné y con un claro exceso de velocidad. Si el Capitán Maluenda no conocía el rostro del sospechoso, debido a lo cual no pudo darme una descripción más detallada el día anterior, ¿cómo es que conocía a la perfección el coche del presunto? Si es que se trataba del mismo caso, claro está.

¡¡¡Pam!!! ¡¡¡Pam!!!

La deflagración fue brutal. Desde donde estaba pude imaginarme bandadas de pájaros negros como el alquitrán echando a volar desde todas las ramas en varios kilómetros a la redonda. La vibración en el interior del maletero perduró unos segundos, como el eco de un gong. De repente caí en la cuenta. ¿Cómo podía ser tan estúpido de tener imaginación para recrear desbandadas de alquitrán y gongs reverberantes y pasar por alto un detalle tan zafio? Hacía largo que algo me olía mal, y ahora sabía que en realidad apestaba. Y esta misión también. Golpeé un par de veces con la rodilla la chapa del maletero pero no logré nada, las piernas las tenías dormidas, sin fuerza. Tampoco tenía espacio material para dar un puñetazo con la suficiente inercia, aunque no sé cómo pretendía salir de allí a puñetazos, salvo con los nudillos despellejados. Como el universo a veces se apiada de nosotros, el karma facilitó que no siguiera haciendo el ridículo por mucho más tiempo y la puerta del maletero se abrió con un click.

El rostro del Capitán Maluenda apareció encuadrado entre el metal del marco del maletero, un árbol en los huesos y varias nubes que amenazaban tormenta a punta de pistola. Sudaba como un cerdo, cómo si no, y tenía el rostro contraído con la fuerza de un estreñimiento masivo. Para ser justos, mi aspecto tampoco debía ser mucho más glorioso embutido en aquella caja de cerillas, apestando a ratas flatulentas y con postura de marioneta invertebrada. A pesar del sofoco, el policía encontró fuerzas para mofarse una vez más de mí.

-          Buen chico, así me gusta, quitecito.

Acto seguido me agarró de un brazo y tiró con tal fuerza que pensé me había dislocado el hombro. En realidad lo que había sonado fue la manga de la levita, algo raída ya, que se desprendió del resto de la prenda. A mí me dolió igual. En un segundo intento, volvió a tirar de mí, ahora aferrándome también de las solapas, y salí disparado del maletero como el corcho de una botella de cava, dando con mis dientes en el suelo. La boca me sabía a tierra y metal, y con la lengua pude notar que me faltaban varias piezas. Inmediatamente caí en la cuenta de que esos dientes los había perdido ya tiempo atrás, así que le quité hierro al asunto y fue cuando la vi. Lloraba en silencio. Histérica en calma. Ríos de tinta cayendo de sus ojos. Tinta que seguramente podría escribir una historia triste y sórdida. Una tinta que me hizo recordar a Lola. El albornoz entreabierto me guiñaba uno de sus pechos, reposando sobre la exuberancia de la carne abandonada a los caprichos de la gravedad. Un amigo de la infancia solía decir: más carne, más fiesta. Esa mujer debía ser un carnaval. Sus párpados debían esconder veinte años más de sueños y pesadillas que los de mi Lola, pero algo había en ella que despertaba en mi interior más que deseo: ternura. Largo tiempo anhelada. Creo que ella llegó a reparar en mí, allí recostada en la valla de aquella casa, antes de que el Capitán Maluenda me tirase del pelo devolviéndome a la realidad.

-          ¿Qué coño miras? ¡Saco de mierda! Ayúdame con esto…

Un tipo de mediana edad, alopécico y vestido únicamente con calzoncillos bóxer de cuadros y unos calcetines ejecutivos, estaba tirado en el suelo, aparentemente inconsciente o quizá peor, sin vida. Es normal que el capitán necesitara ayuda, puesto que en su mano derecha sujetaba su arma reglamentaria, o cualquiera que hubiera requisado a algún delincuente, qué sé yo de pistolas, así que obedientemente me puse al tajo. Antes de eso, me metí la mano en el bolsillo del pantalón y le devolví la llave del coche a Maluenda.

-          Tome, esto es suyo… ¿O debería dársela a su mujer? – Pregunté mientras ofrecía la pequeña llave con el logotipo de Renault grabado alternativamente al capitán y a la mujer.

 

En un principio había dado por hecho que la llave era algún tipo de ganzúa o llave maestra pero eso del todo improbable. ¿Patrocinaba Renault al gremio de los cerrajeros o robacoches? Extraño. ¿Habría decorado la policía la cabeza de la llave con topos negros sobre un fondo rojo, simulando una mariquita? No en España al menos. Lo primero que asomó al rostro del capitán fue sorpresa, pero rápidamente su mueca se tornó divertida.

-          Podría decirte que más te habría valido ser discreto, pero, ¡qué coño! Como dijo Julio César, “Alea jacta est”.

-          En realidad – puntualicé – fue Suetonio quien acuñó esa frase en su “Vida de doce Césares” ya que, según Plutarco, Julio César antes de cruzar el Rubicón citó en griego a Menandro, uno de sus autores… - Un golpe con la culata de la pistola de Maluenda interrumpió mi disertación, y casi mejor, porque no recordaba la cita en griego clásico con exactitud.

Fueron de nuevo las sirenas las que recibieron a mi consciencia, regresando de vete tú a saber qué ensoñación de la que no recordaba nada en absoluto. Tres agentes de la Policía Nacional me apuntaban con sus armas a través del parabrisas del coche mientras me advertían que, si tenía algo de aprecio a mi pellejo, pusiera las manos sobre el volante.

Al parecer, cansado de sobrellevar su vida de indigente entre desperdicios y las vías de la vieja estación abandonada, Ricardo Arjona, mi menda, antiguo catedrático de filología y filosofía, arruinado por la ambición de una ex mujer que era una harpía y la mala praxis de un aún peor abogado, había decidido asaltar, a punta de pistola, a Doña Elvira Vázquez, señora de Maluenda, en el parking de la Estación de Atocha con el objeto de robarle el coche y, con ella de rehén, conducir hasta una urbanización apartada de la sierra para cometer un atraco en el chalé de un conocido y respetado juez. Algo había salido mal y su Señoría, el Magistrado Gómez Acevedo, había perdido la vida mientras se perpetraba el delito. Por supuesto, Doña Elvira, la mujer del capitán de la Policía Nacional, Jaime Maluenda, había testificado en contra de Ricardo Arjona, que había sido condenado a veinte años de cárcel, donde esperaría el transcurso de la investigación de otro homicidio, el de un ciudadano anónimo que había sido abatido de un disparo en la nuca en el portal donde residen el Capitán Maluenda y su esposa. Todas las indagaciones apuntaban a que Ricardo Arjona venía rondando desde hacía tiempo a Doña Elvira para, de ese modo, conocer sus movimientos y poder así planear el robo del vehículo. Que este segundo asesinato, aunque anterior en el tiempo al del juez, hubiera sido efectuado con la misma arma, ponía el caso en bandeja a la fiscalía.

Poco podía hacer yo a estas alturas. Maluenda tenía más cuernos que un saco de caracoles y había decidido quitárselos por las bravas, como correspondía a su posición. Al menos la compleja trama que me habían atribuido me presentaba como un retorcido y maquinador delincuente, y no como un borracho que había actuado bajo los efectos del delirium tremens. Uno lo ha perdido todo en esta vida menos su ego. Sentado en el jergón de la celda sopesé con detenimiento mis nuevas circunstancias, y me averigüe en una mejor posición: cama mullida, al menos si la comparamos con el suelo de la estación, comida caliente y, lo que era mejor, retrete propio. Siguiendo el discurso de Ortega, si un hombre era él y sus circunstancias, creo que todo este embrollo me había hecho un mejor hombre, o al menos uno que vivía en mejores condiciones.  Sin embargo, cuando las luces de la galería se apagaron y los funcionarios nos arroparon con sus habituales risotadas e improperios, noté un tremendo vacío en mi interior. Esa noche, después de contar varias granjas de ovejas, hacia adelante y hacia atrás, incluso empleando números romanos, lloré. Lloré por Lola, tan sola allí en su escondite de la estación.  

Estoy acostumbrado a dormir en cualquier esquina. Acurrucado entre cajas, a los pies de ciudadanos solventes que usan los cajeros automáticos convencidos de que no soy más que atrezzo, incluso en camas de faquir hechas de jeringuillas y botellas rotas; pero en ese agujero me resultaba difícil siquiera llevarme a los pulmones algunas bocanadas de oxígeno. Siguiendo las instrucciones del Capitán Maluenda, esa misma noche había ido hasta el parking de la Estación de Atocha y me había deslizado, con la ayuda de una llave que él mismo me había facilitado, en el interior del maletero de un Renault Laguna gris. Muy parecido al que yo manejara hace no tantos años, pero con algo más de curvas. Suele el vecino beneficiarse de mejores curvas. Ya debía haber amanecido, porque el calor en ese ataúd metálico era insoportable. Aunque había sido precavido, y me había encerrado con una botella vacía de plástico para poder evacuar de una manera digna, me había resultado imposible manejarme en el interior de ese cubículo y había acabado derramando toda la orina por el interior. Maluenda me había advertido que el objetivo de mi “pesquisa”, como él mismo había llamado a mi cometido, llegaría en uno de los primeros trenes y no traería equipaje, por lo que no debería abrir el maletero.

-          ¿Y qué ocurre si ha comprado en la estación algún regalo para la familia? ¿O si pincha una rueda y tiene que buscar la de repuesto? – Me había interesado yo preocupado por los posibles imprevistos de la misión.

-          Entonces, en el mejor de los casos, serás detenido por allanamiento de la propiedad privada, y en el peor…ya sabes el hambre que pasan los perros en las barriadas de Pitis, ¿verdad?

Mi misión se limitaba a cerrar la puta boca, la discreción es algo que debe valorar mucho el capitán por la insistencia que siempre muestra en este punto, y mantener encendido y en silencio un teléfono móvil desechable que él mismo me había entregado junto a otro billete, en esta ocasión de cincuenta euros. Algo debería estar haciendo bien para que mi caché hubiera crecido sin yo proponérmelo. Parece ser que este seguimiento era muy importante y el juez estaba demasiado ocupado con un sumario mastodóntico como para perder el tiempo autorizando el empleo de instrumentos de rastreo y escucha en el vehículo del sospechoso. De qué era sospechoso, es algo en lo que perdí el interés después de ver el billete de cincuenta y haber recibido un gancho en las costillas que me quedaban sanas. Siempre fui de poner la otra costilla.

Cuando mis poros comenzaban a destilar el dulzón olor del anís que me había apretado unas horas antes haciendo tiempo, mis inesperados ingresos habían favorecido que pudiera variar mi dieta habitual, y el olor de mi ratonera comenzaba a asemejarse al de una letrina en una cárcel afgana, un golpe seco me puso en alerta. El mochuelo estaba en el nido, habría escrito un novelista policiaco de tres al cuarto. Enseguida noté como el motor diesel se desperezaba y el coche echaba a andar. Me cercioré de que el móvil estaba encendido y me entraron unas terribles ganas de volver a orinar.

El día anterior había tenido que vigilar que nadie sospechoso entrara en aquel portal, para lo cual debía valerme de montar un escándalo, llegado el caso, y que alguien llamara a la policía, nada que no me ocurriera cada vez que simplemente intentaba conseguir fuego en un barrio como aquel. Un sospechoso, según los criterios que me dio el Capitán Maluenda, sería cualquiera que no necesitara sentarse para mear. Supuse que la policía manejaría un retrato robot borroso de algún ladrón o acosador y no le di muchas más vueltas. Pero ahora, encajonado como estaba en el maletero de un Renault Laguna, mientras intentaba moverme mentalmente por un mapa imaginario de la ciudad recreado en mi cabeza, comencé a notar que algo no encajaba. Además de mi pierna izquierda, que estaba acoplada en una posición extraña desde hace horas, como esas formas imposibles que adoptan los brazos y las piernas cuando un cuerpo cae al vacío desde una octava planta y revienta contra el suelo, y muy probablemente nunca más recuperaría su movilidad. En esas andaba, metafóricamente hablando claro, cuando el coche se detuvo. Contuve la respiración, en parte por miedo a ser descubierto, y en parte porque el aire en el interior del maletero había comenzando a descomponerse convirtiendo Fukushima en un plácido rincón de vacaciones donde llevar a los niños. A lo lejos, unos pasos se desvanecieron entre el crujido de lo que debía ser la grava de un camino de acceso a algún lugar. ¿Y ahora qué? Me dije. Ponte cómodo y espera. Era un decir, así que simplemente esperé.

Al rato, cuando empezaba a añorar a mi querida Lola y su cuerpo de tinta mate, el tatuaje de una silueta voluptuosa que cobra vida cantando “I’ve got you under my skin” como Frank Sinatra, una fluorescencia verdosa y titilante, como el uranio escondido en un maletín de plomo, iluminó el habitáculo. Nada sorprendente, ya que dadas las dimensiones del mismo, una cerilla habría logrado el mismo efecto. Era una llamada entrante en el móvil desechable. Número desconocido. A pesar de saber de inmediato quién me llamaba, hacía tanto tiempo que no manejaba uno de esos aparatos y, por descontado, que no recibía una llamada telefónica, que una extraña emoción se apoderó de mí. Intenté llevarme al oído el celular pero no habría podido hacerlo sin ignorar algunos principios anatómicos referentes a la ductilidad de mis articulaciones, así que conecté el altavoz.

-          ¿Ya habéis llegado? – Retumbó por todo el maletero la voz furiosa de Maluenda.

-          ¿Dónde?

-          ¡Dónde va a ser, cretino! ¡Al punto de destino!

Tardé unos segundos en contestar porque, en realidad, no sabía muy bien qué contestar.

-          Imagino…llevamos aquí parados un buen rato… - Intenté pensar cuánto, pero el aturdimiento y la falta de referencias al llevar tanto tiempo encerrado dificultó el cálculo. El severo deterioro de mis neuronas, acostumbradas al melifluo bálsamo etílico, también ayudó, si he de ser franco. – Quizá…, mmm…, veinte o treinta minutos, no sé…

-          Cierra la boca de una puta vez, ¡gusano! La señal del móvil lleva detenida en el mismo punto desde hace cerca de dos horas. – La información facilitada por el capitán me hizo pensar que llevaba más de diez horas sin comer, y lo que es más sorprendente, sin beber. Quizá los chorreones de sudor y el terrible dolor de cabeza, como un rebaño de abejas haciendo un panal en mi cerebro, se debían a algún tipo de síndrome de abstinencia. – Pórtate bien, no te muevas de ahí hasta que yo llegue, y quizá, sólo quizá, deje que sigas durmiendo en esa ratonera que tienes en la estación.

Colgué el aparato y me dediqué a esperar. Cerré los ojos y me concentré para recrear la página trece, en la que Lola se afana en meter las sábanas de una cama de hospital por debajo del colchón mientras su minúscula bata blanca deja al descubierto un trasero de los que dicen cómeme. O mejor, azótame y cómeme después. Cierto que hay más piernas que mujeres, cuestión de aritmética, pero las piernas de Lola…Ya le había quitado un liguero en mi imaginación, no sin ciertas dificultades, cuando alguien golpeó tres veces el maletero con tal violencia que la chapa se metió para dentro dejando un cráter invertido.

-          ¿Aún sigues respirando ahí dentro? – Reconocí la voz del capitán Maluenda al instante.

-          Aquí sigo jefe, ojo avizor. Aunque quizá le sería más útil ahí afuera, donde pueda ver, ¿no cree? – Estoy más que acostumbrado a dejar pasar las horas muertas, pero hasta al más pintado le gusta estirar las piernas, no sería de mi agrado sufrir el síndrome de la clase turista sin haberme acercado a un aeropuerto en años.

-          Claro, claro. Que no se preocupe el señorito, ahora mismo estoy con usted.

Aunque la burla acentuaba cada una de las palabras del oficial, por una vez creí no reconocer en su voz el desprecio habitual. Una prueba más de mi buen hacer en el caso que nos traíamos entre manos. Creo que farfullé algunas frases más, quizá incluso le pedí un cigarrillo, pero rápidamente me di cuenta que Maluenda se alejaba, siguiendo el mismo camino de grava que el conductor del coche.