
Luka mantiene las manos aferradas al volante y el pie derecho pisando a fondo el pedal del freno a pesar de que el semáforo se ha puesto en verde. Escucha bocinas que protestan por su inmovilidad, pero ella no se inmuta. Su rostro, impasible, no refleja la turbulencia de sentimientos que sí se asoma a sus ojos creando torbellinos infinitos de rabia y temor.
Luka nació hace diecinueve años, cuatro meses y dos días exactamente, faltándole unos pocos gramos para llegar a los tres kilos de peso, y con esa pelusa de viejita prematura cubriendo su cráneo como un melocotón delicadísimo.
Luka será una mujer de su tiempo, profesional y de gran iniciativa, quizá ejerza algún arte liberal, escultora o escritora, quién sabe, o alcance un puesto de gran responsabilidad en una multinacional del norte de Europa. Pero nada de eso pasa por su cabeza ahora, detenida ante el semáforo en verde; y toda su vida dependerá de lo que ocurra en los próximos segundos.
Luka sintió náuseas la primera vez que su padre le acarició el vello púbico en el cuarto de baño de aquel apartamento de una ciudad costera cuyo nombre ha querido olvidar.
Luka siempre ha tenido una especial predilección por el color magenta, ha sentido ternura por la arisca independencia de los gatos, y le ha gustado tararear las canciones en voz alta cuando viaja en el transporte público.
Luka huele a avellanas tostadas por el sol y atesora luz en su cabello rubio para cuando llegue el invierno.
Luka dudó mucho antes de confesarle a su madre aquello tan desagradable que le hacía papá, y además no encontraba las palabras para hacerlo; quizá ya se imaginaba que nadie le creería.
Luka se lleva las manos a la cara y comienza a sollozar de manera yerma, sin derramar lágrimas, pero con un sofoco tartamudo que apenas le permite respirar. Fuera del coche la gente se arremolina entorno al cuerpo inerte de aquel sacerdote que convulsiona y sangra por la boca a borbotones.
Luka tuvo una mejor amiga en cuarto de primaria, Laura, y otra en el primer año de instituto. Sofía, que era el nombre de ésta, fue quien le enseñó cómo debía besar a un chico: alternando mordisquitos de pez con lengüetazos sedientos.
Luka no lo hará ni ante su terapeuta ni ante ninguna de sus amigas. Será sólo el día del funeral de su padre que, cenando una ensalada con su prometido, le reconozca entre lágrimas que en una ocasión, con quince años, había tenido un orgasmo mientras su padre le tocaba.
Luka tenía un paladar obstinado de niña. Macarrones, chocolate y filetes empanados eran más que suficiente para alimentar sus saltos a la comba y las buenas notas en ciencias naturales. Seguro que se sorprendería de saber que ya de adulta, por motivos ajenos a lo nutricional, seguirá una estricta dieta vegetariana.
Luka aprendió en una sola tarde de catequesis a recitar de memoria el “credo”, para orgullo de sus fervorosamente católicos padres; sin embargo siempre se le atragantó el “padrenuestro” que le parecía un trabalenguas, y en donde no dejaba de confundir el pan y el perdón con las tentaciones y las ofensas.
Luka se entretenía escuchando el zumbido de las abejas mientras merendaba una tarde de verano cuando se dio cuenta de que tenía un antojo de nacimiento en la cara interior de su muslo. Era marrón y tenía forma de interrogación. Curiosa, lo tocó para averiguar su tacto y fue cuando descubrió que en realidad era una mancha de Nocilla. Se preguntó si a su padre le gustaría la crema de cacao.
Luka heredará la casa de sus padres a la edad de treinta y dos años. Permanecerá horas delante de la puerta del que fue su cuarto. La mirada perdida en un punto indefinido entre el pomo y su pasado.
Luka reza por primera vez el “padrenuestro” sin errores ni titubeos mientras los sanitarios certifican la defunción del sacerdote que acaba de atropellar. Aunque todavía no lo sabe, esa será la última ocasión en la que eleve una oración.
Luka solía acompañar a misa a sus padres todos los domingos. Matemáticamente, desayunaban churros, daban un paseo, compraban el periódico y llegaban cinco minutos antes para coger sitio junto al pasillo central de la iglesia. Este ritual sólo se lo saltaban cuando su papá debía confesarse para poder comulgar. Las semanas que él había abusado de su hija, llegaban con un cuarto de hora de adelanto.
Luka se encerró durante cincuenta y dos días seguidos en su cuarto. Fue durante el verano del cuarto año de primaria. Su madre le llevaba la comida en una bandeja y le suplicaba que dejara de hacer deberes para bajar con sus amigas a jugar en la piscina. A mediados de septiembre, con la vuelta al colegio, Luka se sabía todos los éxitos de la radio de memoria y era la chica más pálida de su clase.
Luka se enterará por los periódicos que una notable figura de la comunidad, miembro honorífico de clubes selectos y patronatos benéficos, había aparecido ahorcado con un fajín de esmoquin empapado en sangre coagulada en la suite de un prestigioso hotel. Las pruebas no serán concluyentes, pero a pesar de que los análisis de ADN realizados a las muestras recogidas señalarán a la esposa del difunto, la policía cerrará el caso determinando suicidio.
Luka se irá haciendo pequeñita a medida que su prometido se vaya alejando de ella. Aunque los dos sabrán perfectamente lo que está marchitando su relación nunca jamás hablarán del tema. A veces, sincerándose ante la copa de vino pensará que esto del morirse los enamorados es cosa de risa.
Luka dudó hasta el último instante si hacerlo o no. Poco le importaba si lo que hacía era lo correcto o no. Únicamente se preguntaba si tendría el valor para llegar hasta el final o no. No era estúpida y sabía que el verdadero culpable era su padre, le doliera o no. ¿Unos pocos rezos eran suficiente penitencia para los pecados de un hombre que estaba haciendo de la vida de su hija un calvario, o no?
Luka acompañará a su madre durante una dolorosa pero rápida agonía, sin embargo nunca será capaz de sumergir su mirada en los pozos llenos de lágrimas donde la moribunda arrojó años de culpa y vergüenza.
Luka prestará declaración y será absuelta por no hallarse indicios de relación alguna con el finado, que además no había empleado el paso de peatones para cruzar la calle. Las leyes terrenales se mostrarían tan indulgentes como los inescrutables mandatos divinos.
Luka abrazó a su osito de peluche y le sopló un perdón en la oreja peluda. Acto seguido le arrancó esos ojitos tiernos que ya habían visto demasiado.
Luka pondrá un anuncio por palabras: “se alquila piso amueblado (pueden deshacerse hasta del último recuerdo), tres amplios dormitorios y dicen que luminoso, ustedes juzgarán”.
Luka tenía una pesadilla recurrente, y es que muchas noches no podía dormir. Soñaba despierta con tener sueños. Así que se zambullía bajo las sábanas con una pequeña linterna y se inventaba las historias más maravillosas.
Luka apagará por costumbre todas las luces después de prepararse la cena. Tan sólo iluminada por los destellos de la televisión su soledad se hará menos visible.
Luka se baja del coche, trastabillando, y camina entre nubes hasta un policía. Él pregunta si se encuentra bien, señorita. Ella le abraza y murmura que él tiene la culpa. ¿Se refiere a este hombre? Mientras señala al cadáver del sacerdote. El agente ve cómo la joven asiente dubitativa, pero no puede saber que por dentro ella piensa en su padre y sufre porque nadie le entiende.
Luka, cuando era poco más que un bebito, se sentaba con el cubo y la pala entre las piernas regordetas mirando el vasto océano y se preguntaba: ¿qué gigantesco castillo de arena se hallará al otro lado de tan inmenso foso?
Luka naufragará muchas veces en los ojos de esa persona tan magnética que sienta frente a ella, imaginando qué atrocidades se esconden en las profundidades abisales de esa alma.
Luka dejó de creer en el Príncipe Azul, cuando aún dejaba dientes de leche bajo la almohada o pasaba la noche en vela esperando a los Reyes Magos.
Luka girará la esquina, entrará a ese café en el que es la primera vez que te sientas y será cuando te conozca. Ese día os cambiará la vida, pensaréis, porque al fin habréis encontrado a alguien tan especial como tú.