
A los que no se resignan
De todos es sabido que las materias de estudio conocidas como ciencias son imperfectas por naturaleza. Estar supeditadas a las ataduras de la objetividad y la refutación mediante un método, ya sea experimental, inductivo o deductivo, al contrario que las artes humanistas, pone a las ciencias, en especial las empíricas, en una constante tensión dialéctica que, generalmente, las aboca a constantes revisiones de sus tesis a medida que las avances tecnológicos permiten una mayor amplitud de los mecanismos de observación y contrastación.
Podríamos escribir decenas de volúmenes recopilando los errores que, históricamente, la ciencia de diferentes campos validó, al menos, de forma temporal. La alquimia es un buen ejemplo de la forma que no sólo una teoría, sino un conjunto de éstas, puede ser un modelo erróneo de aproximación a la realidad. Además de reflejar como el primer pensamiento científico encontraba dificultades para separarse de elementos místicos y espirituales, o lo que también podríamos considerar supersticiones. El propio Miguel Servet fue condenado a la hoguera, y eso que en el Capítulo V de su “Restitución del Cristianismo”, el cual contenía la primera exposición de la función de la circulación pulmonar, sostenía que el alma era una emanación de la divinidad, y que tenía como sede a la sangre; gracias a la sangre el alma podía estar diseminada por todo el cuerpo, pudiendo asumir así el hombre su condición divina. De todos también es conocida la persecución sufrida por Galileo o Charles Darwin por contradecir dogmas religiosos, hasta entonces avalados por otros científicos ptolemaicos o creacionistas.
Hasta finales del XIX algunos de los mejores físicos se obstinaron en intentar crear un modelo que explicase la transmisión de la luz basado en una misteriosa sustancia universal denominada éter, haciendo suya una idea que Newton, el prestigioso padre de la gravedad, había encontrado en los planteamientos de Aristóteles y Platón, indiscutibles figuras del pensamiento occidental. Más recientemente, en 1903, Niels Ryberg Finsen recibió el premio Nobel por alumbrar una terapia para acabar con el lupus vulgaris sometiendo al enfermo a rayos de luz, la cual se demostró inútil con posterioridad. Poco después, en 1926, Johannes Andreas Grib Fibiger descubrió un gusano microscópico que supuestamente causaba el cáncer, por lo que también recibió el prestigioso galardón. Hace ya tiempo que sabemos que fue otro error científico mayúsculo. Igualmente se le otorgó el Nobel de Medicina a Julius Wagner-Jauregg en 1972 por un falso tratamiento contra la parálisis provocada por la sífilis consistente en, ni más ni menos, inocular al enfermo con el parásito de la malaria. Incluso se han llegado a descubrir organismos inexistentes como el oscilococo, al que Joseph Roy culpaba de la gonorrea, el cáncer y otro sinfín de enfermedades, y para el cual ideó una cura consistente en una solución diluida de hígado de pato. Un remedio adecuado para engalanar la mesa de un comensal sibarita, pero en nada eficaz para luchar contra ninguna enfermedad.
Quizá el planteamiento de mi tesis, desarrollado a continuación, pueda ser tachado de extravagante, grotesco o, sencillamente, obra de un lunático; sin embargo, me gustaría transcribir en este prefacio unos fragmentos de un texto hallado de manera casual (como buena parte de los grandes avances científicos de la humanidad) en las ruinas de la Abadía de Montecassino durante la reconstrucción llevada a cabo en los años sesenta como consecuencia de resultar pulverizada en las postrimerías de la II Guerra Mundial. En el tratado conocido como “De las verdaderas criaturas que se esconden tras las ponzoñas y miasmas que debilitan y mortifican al hombre de la cristiandad”, Constantino “el Africano”, un filósofo natural tunecino hecho monje en Montecassino que introdujo a finales del siglo XI textos de medicina árabes y griegos hasta entonces desconocidos en el mundo latino, intuyó las verdaderas causas subyacentes en algunas de las enfermedades y epidemias que durante la Alta Edad Media, e incluso años después, cercenaran a la especie humana. Sin embargo, al contrario que otros textos suyos o traducidos por él, como el Liber ysagogarum o el Viaticum, que tuvieron un gran impacto en las enseñanzas de la Escuela Médica Salernitana, la mayor fuente de conocimiento médico de su tiempo, el profético tratado del sabio norteafricano pasó inadvertido en todas las bibliotecas médicas y fuentes historiográficas conocidas hasta su reciente descubrimiento. Aunque no tenemos la certeza de los motivos que llevaron a este oscurantismo, tras revisar la naturaleza de su contenido, no sería aventurado pensar que el miedo a ser acusado por Roma de herejía llevase al autor tunecino a ocultar voluntariamente sus hallazgos, condenando al hombre de su tiempo, y al de siglos por venir, a permanecer a merced de la virulencia de múltiples pestes y la superchería religiosa. Constantino “el africano” introduce su tratado así:
“No es mi ánimo causar ofensa a la memoria de sabios y eruditos que han domesticado buena parte de la naturaleza para ofrecérsela a la humanidad, como la más rica y delicada esencia, destilada y envasada para su consumo y deleite. Haciendo de esta manera la vida un poco más fácil a los buenos cristianos y temerosos de Dios, incluso en los tiempos más oscuros. Sin embargo, desde Galeno e Hipócrates, a Isidoro de Sevilla o Avicena, todos, con la mejor de sus intenciones y bajo mi humilde opinión, son culpables de haber cometido corrupciones de la realidad, fabulando de manera errada sobre las causas y ponzoñas causantes de algunas graves pestes que asolan nuestro mundo causando gran pesar a hombres y familias.
Antes que el noble Hipócrates estableciera las bases de su filosofía natural se habían considerado las epidemias como un efecto de la cólera divina, opinión apoyada en libros sagrados como el Éxodo o el Libro de los Reyes, y textos profanos de la antigüedad de plumas exquisitas como Ovidio o Plutarco. Hipócrates naturalizó la causa de las enfermedades, señalando a las estaciones cálidas y la humedad, con las consecuentes miasmas y podredumbres del aire, como las razones que engendraban las pestes. Saeta que, aún liberada de los vientos que soplan la mística y la religión, también distó mucho de alcanzar su objetivo. Aristóteles, sin embargo las atribuía a la influencia de los cuerpos celestes, diagnosticando uno u otro mal en función de las diferentes conjunciones adversas de los astros. No pongo en duda los influjos de la luna sobre el comportamiento de animales y hombres, pero los actuales conocimientos astronómicos y aritméticos disuaden de la existencia de causalidad entre el patrón de movimientos observados en el cielo y la periodicidad de las epidemias, al menos conocidas en el mundo cristiano y árabe. De un tiempo a esta parte, parece que vuelve a encontrarse acomodo en culpar a demonios, brujería y condenas de carácter teológico a la mayor parte de la ponzoñas y pestilencias que aquejan al ser humano, dejando las restantes explicaciones en manos de curanderos, sanadores y otros tramposos.
La observación y la lectura, por el contrario, me lleva a postular que, en efecto, tras de la mayor parte de enfermedades conocidas por el hombre, se encuentran un serie de criaturas maléficas, oscuras y temibles, pero en nada sobrenaturales, ya que están hechas de las misma materia que usted lector y que el humilde servidor que escribe estas palabras: tierra, fuego, aire; las mismas partículas que, como Demócrito predijo, se combinan de infinitas maneras para crear la más majestosa de las aves y la más atroz bestia. Estos seres, diminutos e invisibles a la percepción humana son los que nos poseen, se apoderan de nuestra alma y nuestro cuerpo, transformándolos en marionetas de sus malvadas intenciones, que no son otras que las de devorarnos por dentro como cualquier otro depredador y conquistar la Tierra”.
Resulta inaudito ver como hace casi mil años, Constantino, el sabio tunecino, alumbró en su mente la existencia de unas criaturas microscópicas e imperceptibles que ahora reconocemos como bacterias, virus y parásitos. A continuación, y por no extenderme demasiado en este prefacio a mi tesis, selecciono una pequeña muestra de los “seres” que el tratado “De las verdaderas criaturas que se esconden tras las ponzoñas y miasmas que debilitan y mortifican al hombre de la cristiandad” retrata como responsables de algunas de las peores plagas que han azotado a la humanidad de la antigüedad hasta un pasado muy reciente.
“De los hongos que encienden el Fuego de San Antonio”
Muchos son los hombres que, procedentes de los pueblos más septentrionales, se tambalean, convulsionan y ruegan al cielo para que apague el fuego que les abrasa las entrañas. Como si la carbonilla les consumiera desde dentro, sus miembros comienzan a carcomerse, ennegrecidos, gangrenados, hasta que se desprenden del enfermo como frutos maduros de un árbol, aunque en realidad ya están podridos. Como consecuencia del dolor y la quemazón muchos pierden la razón, deliran e incluso se arrojan a las aguas intentando apagar las llamas invisibles que marchitan sus extremidades y vísceras. El que es prendido con este fuego del infierno, si no tiene la suerte de fallecer, queda horriblemente mutilado y preso de la locura. No es extraño ver a los enfermos, atormentados, llorar y suplicar en plazas y templos. Algunos de ellos poco más que un torso abandonado a merced de la misericordia.
Si a este mal se le conoce como Fuego de San Antonio es porque los desgraciados que lo sufrían, convencidos de sufrir un castigo divino, comenzaron a peregrinar a Santiago de Compostela como expiación de sus dolores y pecados. Como quiere que la Orden de los Caballeros Hospitalarios, bajo la advocación de San Antonio, tenga a bien instalarse en las afueras de las grandes ciudades del Camino y atender a los enfermos que hasta ellos llegan, en muchos casos se han advertido milagrosas curas en desdichados aquejados de esta ponzoña. Mucho han hecho estas curaciones por legitimar la autoridad de Santiago en Europa, ya que los otrora enfermos regresaban a sus aldeas y pueblos, allá en Francia, Alemania o más al norte, exaltando los prodigios que les habían librado de su tormento.
Sin embargo, es bien sabido que muchos de estos hombres, una vez regresados a sus tierras de origen y a sus quehaceres habituales, con más frecuencia de la deseada, han vuelto a padecer los mismos males abrasadores. Esto me hace pensar que nada de milagroso hubo en sus mejorías, y si un cambio de hábitos de efectos sanadores. Hipócrates dijo que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento. Como quiere que los enfermos atendidos por la Orden Hospitalaria siguieran una dieta de pan de trigo y vino bendecido, me dispuse a buscar diferencias con sus rutinas de ingesta habitual. Y he aquí mi sorpresa al comprobar que aunque los pueblos del norte son libadores de buenos caldos, en rara ocasión consumen panes blancos, usando otros granos, preferencialmente centeno, para amasar sus hogazas. ¿Serían las harinas, al fermentar en la sangre de los enfermos, las culpables de tan temible afección?
Recientemente tuvimos la ocasión de recibir en nuestra Abadía de Montecassino a una comitiva de hermanos benedictinos procedentes del Monasterio de Isen, en la Baviera, y compartir con ellos una frugal comida en nuestro refectorio. Fue entonces, cuando uno de los monjes alemanes me ofreció una gruesa rebanada de pan negro, que me sobrevino la revelación. Imbuido por una malsana curiosidad, le pedí a mi hermano toda la pieza de pan y comencé a alimentarme a base de pan de centeno. Al segundo día, reclinado en el jergón, comencé a sentir un frío intenso y repentino, acompañado de escalofríos, en mis piernas, nada conseguía frotándolas o tapándolas con una gruesa manta de lana merina. En cuestión de horas, como si mis miembros se hubieran congelado, comencé a sentir la quemazón que provoca el hielo sobre la piel, salvo que este fuego crecía desde adentro hacia afuera, y la sangre propagaba el incendio por todo mi cuerpo. A la mañana siguiente, junto con un terrible dolor abdominal, comencé a tener horribles visiones, alucinaciones, en las que veía crecer piernas y brazos de los árboles del patio de la abadía, me asomaba al ventanuco de mi celda y ante mí se extendía un bosque de extremidades. Fue suficiente para mí. Esperando estar a tiempo, y aunque me quedaba más de una libra del pan alemán, comencé a purgarme con infusiones de ajenjo e hidromiel, y no comí otra cosa que el más blanco de los panes. Todavía estuve preso de convulsiones un par de días, pero lentamente el fuego se extinguió, y el hormigueo en mis piernas despareció.
Totalmente recuperado, investigué el sobrante del pan de centeno, y valiéndome de un par de cristales convergentes, artilugio que compré a un mercader en Bagdad durante un viaje de estudios, pude detectar unas manchas anómalas de un color negro violáceo y con una forma que me recordaba vagamente al espolón de un gallo. Parecían brotar como hongos en medio de un prado después de la lluvia, y ya se sabe lo que decía Dioscórides de los hongos: unos ofenden con su naturaleza y otros con su cantidad, pero todos ahogan, ni más ni menos que la soga a los ahorcados”.
(Nota del Autor: Es admirable que Constantino pudiera descubrir el cornezuelo valiéndose únicamente de su capacidad de observación, su intuición y un artefacto comprado a un comerciante árabe. No fue hasta 1597 que la Facultad de Medicina de Marburgo llegó a la conclusión de que el micelio del hongo Claviceps purpurea era el causante de la intoxicación conocida como Fuego de San Antonio, y en la actualidad como ergotismo.)
“Del verdadero ser maligno que provoca el Baile de San Vito”
“Son muchas las ocasiones en que mi fe se tambalea, debería ser ciego, mudo y sordo para no estar sometido al pesar de la duda. Recientemente tuve que ver, inerme, como un mozo de apenas doce años era arrojado vivo a la hoguera acusado de endemoniado. Como en otras ocasiones, se había encomendado al desdichado a San Vito, pero se ve que el santo mártir estaba a otros menesteres, por lo que Luca, como se llamaba el joven, siguió sufriendo terribles sacudidas y espasmos, además de unas calenturas fortísimas. Como consecuencia de ellos las autoridades de Roma decretaron expulsar el demonio que atormentaba esa alma cristiana por medio del fuego, usado tanto para purificar como para arrasar ciudades y pueblos. Lo que más me indignó es que muchos de mis compañeros en Montecassino fueran partidarios de tan atroz castigo para un muchacho que únicamente había cometido el pecado de haber visto su cuerpo invadido por una criatura ponzoñosa.
Este mal llamado Baile de San Vito ya se conoce desde la antigüedad pagana, cuando se creía era transmitido por la picadura de la tarántula y trataba de curarse con música, como si con acordes melifluos se intentará relajar el baile frenético del infectado hasta amansarlo como a las fieras. Que preferentemente afecte a pre púberes me hace pensar que es causado por algún ser que se intenta aprovecharse de la debilidad propia de la infancia; sin embargo, es sabido de la capacidad de los niños para adaptarse y moldearse a lo que ven a su alrededor, de ahí que sea la etapa en la que hay que educarlos para hacerlos hombres de provecho. Quizá por eso he visto tantos casos de muchachos afectados por las convulsiones frenéticas de esta enfermedad que, en cuestión de una decena de semanas se han recuperado completamente, si la hoguera no se ha interpuesto en su recuperación, claro está.
El desasosiego que soporté durante varias noches por el recuerdo del pequeño Luca hizo que prestara mayor atención a los escritos existentes sobre este sufrimiento. Así es como pude saber que en todos los casos, los movimientos espasmódicos y, aparentemente involuntarios, vinieron precedidos por fuertes episodios febriles y de irritación de garganta. De todos es conocido que la inflamación de las amígdalas es otro mal muy frecuente entre las personas que no han llegado a la edad adulta. ¿Y si el Baile de San Vito fuera una consecuencia de esta infección de las amígdalas y las fiebres provocadas por ella? Desde varios siglos antes de la era cristiana se vienen extirpando estos ganglios en los casos de inflamación grave, no en vano algunos textos dicen que en Abisinia se extirpaban antes del primer año de vida con carácter preventivo, para lo cual empleaban una crin de caballo con la que estrangulaban la glándula hasta arrancarla. La suerte quiso que un conocido de la Escuela de Medicina de Salerno me permitiera asistir a una intervención en la que a una joven le eran extirpadas las amígdalas, ya que corría el riesgo de sufrir una asfixia de no ser operada. En pocos minutos, después de la extracción, pude observar con mis propios ojos como la podredumbre seguía avanzando por el tejido ya moribundo. Sin duda, algo que crece y se multiplica no puede ser otra cosa que un ser vivo, una criatura maligna que lucha por conquistar e invadir territorios ajenos, como hacen nuestros ejércitos aquí sobre la tierra. Estoy convencido de que si lográramos levantar una empalizada robusta contra el mal que produce la infección de las amígdalas, conseguiríamos exorcizar el demonio que provoca el Baile de San Vito sin necesidad de recurrir a funestas hogueras.
(Nota del Autor: Una vez más el autor tunecino muestra sus dotes clarividentes, intuyendo un ser vivo que trata de colonizar nuestro organismo por mera supervivencia, y que podría provocar graves efectos secundarios como lo que hoy en día se conoce como Corea de Sydenham. Un signo o sintomatología de la fiebre reumática ocasionada por la bacteria Streptococcus pyogenes.)
“Del animal que se esconde tras las fauces del perro rabioso”
“La rabia es una enfermedad tan vieja como la propia humanidad. Tres mil años antes de Jesucristo ya se encuentra el origen de la palabra rabia en la lengua sánscrita, donde Rabhas significa agredir. Desde la antigüedad ya se había establecido la relación entre la rabia humana y la rabia debida a mordedura de los perros. Lo que no se conoce tan bien es el origen de esa transformación furibunda del que es tan fiel amigo del hombre, ni por qué el que es mordido por un can colérico adopta para sí este mismo comportamiento atávico.
Se suele pensar que la rabia se precipita por el hervor del verano, así como por el hambre y la sed no satisfechas. Pero para los casos ocurridos fuera de la canícula también se encuentra un razonamiento peregrino, explicándose porque el frío del invierno repele el calor a las partes internas del cuerpo animal, intoxicándolo y encendiendo en sus vísceras una ira contenida que ha de explotar. También se piensa que suelen rabiar los perros que han comido carnes hediondas o los que hayan bebido agua corrupta. ¿No será pues que, siendo tan diversas las razones del rabiar canino, debiéramos desconfiar de todas y cada una de ellas?
La rabia es una pestilencia siempre mortal que surge a raíz de ser mordido por un animal infecto. Al dolor inicial en la zona de la mordedura, y una especie de angustia generalizada, se suceden fiebres, malestar y una inflamación de la garganta. Cuando este cuadro de síntomas ha aparecido es el momento en el que comienza la verdadera transformación del enfermo. De común acuerdo se piensa que, igual que el endemoniado se resiste a la cruz y el agua bendita, y ante éstas suele cometer mil bravuras, ni más ni menos, este otro comportamiento extranjero (el cual, como maligno espíritu, deprava el entendimiento del hombre) reniega furiosamente a las cosas de temperamento húmedo y frío, y principalmente al agua. De resultas, los infectados, huyendo pavorosos del agua, se consume y secan por la sed para acabar muriendo de fiebre.
Como decía, no se conoce remedio eficiente para esta afección letal, a pesar de lo cual la Iglesia continúa realizando un ritual consistente en hacer una cruz con aceite bendecido sobre la mordedura, tras lo cual se administra pan y sal debidamente conjurados al enfermo. Hasta donde yo sé, todos los hombres atendidos por esta liturgia han tenido la virtud de reunirse con el creador en pocas semanas, eso sí, debidamente expiados de pecados.
Mi opinión es que un animal familiar, agradecido y fidelísimo al hombre, ha de hallarse sometido a gran tormento para volverse hacia su amo por naturaleza y someterle a un pesar que acaba con la muerte segura. Por eso pienso que algún otro animal rabioso es el que se esconde tras la máscara del perro, y utiliza este disfraz para volcar su ira sobre el ser humano. Es conocido que los canes poseídos por la rabia huye de comer y arrojan gran cantidad de flema por la boca y las narices, por lo que extraigo dos conclusiones: en primer lugar ya no le importa su propia supervivencia, por lo que deja de alimentarse, y segundamente rezuma de algo colérico que no le pertenece y que busca seguir expandiéndose, por eso la saliva brota como un manantial sulfuroso por sus belfos. De hecho, el hombre, en la fase terminal de la enfermedad, experimenta también una agresividad extrema, y una necesidad de morder a todo quien le rodea. ¿Es acaso el ser humano otro animal furibundo sin más? Considero que el animal de la rabia, que no el perro o el hombre, meros vehículos, utiliza la cólera y la mordedura como medio para propagarse, para reproducirse, ya que reside en la saliva y otros humores infectados. No estigmaticemos pues al can, no imitemos al perro en el ladrar y en el morder, sino en la fidelidad y lealtad que nos procesan cuando no son poseídos por el animal de la rabia”.
(Nota del Autor: A día de hoy, aunque prevenible mediante vacunación y suero, la rabia es una enfermedad infecciosa viral letal al 100% una vez que completa su proceso de incubación, por lo que Constantino no encontró manera de enfrentarse a ella, pero sí que adivinó que está causada por un elemento patógeno que utiliza la saliva de los animales para transmitirse y perdurar, el Rhabdo Viridae. Además, hoy se sabe que no es una enfermedad exclusiva del perro, sino que gatos, murciélagos, zorros y otros mamíferos también padecen la rabia y la transmiten a través de la saliva.)
Mi intención al reproducir estos fragmentos de la obra de Constantino “el africano” ha sido contextualizar al honorable tribunal que debe juzgar mi tesis. Espero de este modo obtener de él un valoración libre de prejuicios en la medida de lo posible, como corresponde a un comité científico del siglo XXI, y que la cerrazón y el conservadurismo no impidan que, como ocurrió con “De las verdaderas criaturas que se esconden tras las ponzoñas y miasmas que debilitan y mortifican al hombre de la cristiandad”, los resultados y conclusiones de mi trabajo vean la luz, con el consecuente beneficio para la humanidad, tan sofocada en un momento como el que vivimos.
Siguiendo los postulados de Louis Pasteur y Robert Koch, que demostraron que buena parte de las enfermedades conocidas están causadas por microorganismos patógenos, y tras descartar otras posibles explicaciones degenerativas o vasculares siguiendo un riguroso método científico, a continuación comienzo la exposición de mi tesis, la cual demuestra y describe la existencia de un virus (del latín virus, que significa “toxina” o “veneno”, parásito por definición al estar obligado a multiplicarse dentro de las células de otros organismos, y que necesita de un vector epidemiológico para transmitirse de un agente infectado a otro no portador) hasta ahora no documentado. En las próximas páginas expondré con todo detalle la hipótesis de partida, cimentada en la observación de un desorden del comportamiento humano cada vez más extendido y sin respaldo científico contrastable; así como las muestras y análisis bioquímicos que me han permitido determinar la estructura molecular, la carga genética y su contenido proteico del virus, los cuales me han permitido determinar que se trata de una mutación del Bornaviridae, causante de diversas enfermedades neurológicas en los bovinos y equinos. En los dos últimos capítulos de mi tesis abordaré las transformaciones que causa el patógeno en las células huésped y, derivado de éstas, los efectos sobre las sinapsis nerviosas en el córtex cerebral que en último lugar acaban por generar alteraciones de la conducta, a saber, un exacerbado y monolítico pensamiento neoliberal. Una vez validada la hipótesis inicial, concluiré con un análisis de los mecanismos de replicación viral, evaluando como se ha extendido de manera incontrolada en los últimos veinticinco años usando como vectores al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Central Europeo, entre otros organismos. Como corolario ofrezco una posible nomenclatura para el microorganismo: Miltonviridae, ya que todo parece apuntar a que su primera cepa se originó en la Escuela de Chicago, donde el Nobel en economía Milton Friedman fue profesor de teoría monetaria.