Cuando esa misma tarde había visto subir la camioneta Ford verde por el camino que llega desde San Juan Tezompa, una comunidad vecina, no lo había dudado ni un momento y corrió a avisar a su hermana y a las mujeres de la familia Nápoles. No podía creer que aquellos culeros tuvieran la desfachatez de volver un día después de haber insultado y zarandeado al chavito de sus amigas. Había encontrado a Juana con Diana, la menor de las Nápoles, y su novio. En cuestión de minutos habían reunido a un nutrido grupo de familiares y vecinos que, armados con palos y piedras, fueron al encuentro de los forasteros. Cuando el grupo hubo recorrido apenas media docena de cuadras vieron la furgoneta verde parada frente al Instituto de Preparatoria Oficial, donde uno de los ocupantes del vehículo, sentado en el asiento del copiloto, platicaba con una de las alumnas apoyada sobre la portezuela con la ventanilla bajada.

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El Sargento Castillo le tendió un vaso de agua al joven. Sus labios, amoratados y sanguinolentos, apenas pudieron retener el líquido sin que se derramara sobre su pecho descubierto y lampiño.

- Luis Alberto, ¿me vas a explicar qué se os había perdido en nuestro instituto?

El adolescente sorbió un buche más de agua y miró aterrorizado al agente.

– Visitar a una amiga, no más - el sargento mantuvo la vista firme sobre el detenido. – Se lo juro, oficial – y Luis Alberto se posó los dedos índice y corazón cruzados sobre los labios, no sin evitar una mueca de dolor.

Castillo había oído la noche anterior, mientras echaba un trago en la cantina, que el pequeño de los Nápoles había sido increpado por unos jóvenes de fuera, y también le habían chismoteado que se trataba da un asunto de faldas.

– Y cuál es el nombre de esa…amiga – entonó la última palabra con una marcado entrecomillado que no necesitó remarcar con gesto alguno.

Junto a Luis Alberto, encogido sobre sí mismo en posición fetal, permanecía el otro menor de edad, cuyo nombre ahora no recordaba, temblando no sabía si de frío, dolor o miedo. Más allá, apoyada su espalda contra las rejas de la celda, el mayor de los tres, José Manuel, observaba la escena sin mediar palabra. El sargento le interrogó con la mirada, y tras no obtener respuesta se dirigió de nuevo  hacia la puerta.

- Estamos bien chingados, ¡la puta!

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Las  campanas de la iglesia habían cesado en su llamado y Don Roberto, el párroco de San Mateo, se había unido al resto de gente que reclamaba justicia frente a la comandancia de la policía. Otilia le vio cruzar el parque y perderse entre la multitud. Pensó que si el representante de Dios en el pueblo estaba de su parte no podía haber nada malo en lo que estaba sucediendo, aún así el estómago se le encogió al ver el odio en los rostros de sus vecinos, la furia encendida por la camioneta en llamas de aquellos desdichados.

Apenas unas horas antes Otilia había participado en la búsqueda junto a los demás. Diana Carrillo Nápoles, la hermana del chiquillo agredido la noche anterior había llevado la iniciativa, adelantándose al grupo y llegando junto a la camioneta, donde tiró del brazo de la muchacha uniformada, la cual quedó paralizada sin saber qué decir.

– Lorena, pequeña ramera, ¿se puede saber qué haces hablando con estos malnacidos?

El conductor, el mayor de los tres, hizo sonar el claxon e insultó a la mujer, justo antes de abrir la puerta para bajarse del auto, sin percatarse que el resto del grupo había llegado ya a su altura. No dio tiempo a más. Sin mediar palabra la gente de San Mateo la emprendió a golpes con él, tirándolo al suelo donde comenzaron a patearle en las costillas, en las manos con las que se protegía la cabeza, y allá donde los pies de uno dejaran espacio a las botas del otro.

– Tú tira para casa – le impelió Diana a la estudiante con un empujón cargado de desprecio.

Otilia, que sentía crecer el rencor y la ira en su interior, agarró un cascote del suelo y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la luna frontal de la Ford. Una grieta comenzó a extenderse en todas las direcciones, como las ondas concéntricas al tirar una piedra a la laguna, creando una especie de tela de araña que atrapó el rostro de pánico de Luis Alberto al otro lado del parabrisas.  

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Mientras Otilia Rosales Palomar permanecía de pie frente a la comandancia de policía de San Mateo Huitzilzingo, su corazón le batía con fiereza en las sienes. La campana de la iglesia seguía repicando, volviendo ininteligible la marea de gritos y soflamas de la gente enardecida. Una primera lágrima rodó por su mejilla y trató de convencerse de que era el humo negro del caucho quemado lo que le irritaba los ojos, pero en su interior Otilia comenzó a rezar a la Virgen de Guadalupe para que sus vecinos fueran regresando a sus hogares y se olvidaran de los tres chiquillos que, maltrechos, se encontraban al resguardo de la policía local.

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- ¿Y qué pinche mierda se supone debemos hacer mientras? – escupió el Sargento Castillo al teléfono, buscando con la mirada una respuesta en el propio aparato más que en el hilo de voz que llegaba hasta él. Sin despedirse colgó de manera brusca y se derrumbó en la silla. Con los codos apoyados en el enclenque escritorio de madera, y el rostro hundido entre las manos, transmitió a su ayudante la orden de no usar bajo ningún concepto la fuerza.

– Pero señor, los chicos andan asustados, y ahí afuera la gente ha prendido con querosén la jeepeta de los…detenidos – titubeo el joven guardia.

– Los refuerzos de la Estatal no deben tardar en llegar del DF – trató de tranquilizarle su superior  sin convencimiento alguno cuando escucharon un gimoteo creciente que llegaba del calabozo.

Ese sería el sitio más seguro para los tres jóvenes, consideró el sargento; además, la única excusa que tenía para poder retenerlos en la comandancia a salvo de la turba era en calidad de sospechosos de acoso y tentativa de secuestro. Cuando los había dejado en la celda ninguno de ellos podía mantenerse en pie, y apenas sí se encontraban conscientes literalmente reventados a golpes, ni siquiera José Manuel Mendoza, el único mayor de edad según la documentación incautada. El Sargento Castillo se levantó y, antes de dirigirse al calabozo, le tendió el teléfono a su subordinado ordenándole que intentara conseguir apoyo entre las comisarias de las comunidades próximas a San Mateo.

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A Otilia la garganta le ardía de vociferar y tragar humo y, nerviosa como estaba, trató de alejarse para poder respirar un poco de aire puro. Mientras se hacía hueco a empellones entre la multitud, una lluvia de cascotes e insultos seguía cayendo sobre la comandancia de la policía, pero en sus oídos tan sólo una frase reverberaba como un mantra emponzoñado: “Justicia, justicia, son secuestradores”. Antes de alcanzar la bocacalle que nace junto a la Biblioteca Municipal, un agarrón la volteo con la fuerza de su propia inercia al caminar.

– Hermanita, ¿adónde se supone que vas? – Juana, la primogénita de los Rosales, la miraba con un fulgor incandescente. – Se está liando padrísima, esos huevones van a aprender a respetar a las mujeres de San Mateo.

Su hermana la zarandeaba con una mezcla de excitación y orgullo, y Otilia no acertó más que a sacudir la cabeza arriba y abajo y mascullar entre dientes: “Justicia”. 

(Continuará…)

Como cada noche, cuando el resto de la tripulación se hubo retirado a descansar, el marinero subió a cubierta y se dispuso a reunirse con su amada. Tras naufragar la mirada en la negrura que se extendía por babor y estribor, trepó hasta uno de los botes salvavidas y se tumbó boca arriba en su interior. Allí estaba ella. Las estrellas eran haluros de plata que reaccionaban a la luz reflejada por su piel, en ese preciso instante, desde meridianos ya soleados a miles de kilómetros de distancia. De este modo, como si el firmamento entero fuera una emulsión fotográfica infinita, se presentaba ante él la imagen latente de su compañera. Ya no tenía más que cerrar los ojos y, con la ayuda de unas lágrimas de emoción que nunca lograba contener entre sus párpados, esperar a que se revelase frente a él la figura, aún en negativo, que tanto deseaba. Acunado por el vaivén del océano en calma, dejó que el sueño le abrazara, positivando lentamente cada uno de los fotogramas en los cuales esta noche se fundiría con su musa.  

El agua es vida. Se evapora de los majestuosos océanos formando nubes con las que las imaginaciones más luminosas forman todo tipo de escenas. Cuando hace frío, y ya no hay sitio para más gotas en el firmamento, el agua se precipita sobre nosotros en forma de lluvia, ya sean pintorescas tormentas o apenas un cosquilleo de alfileres juguetones. Se abre paso por montañas, valles y llanuras, floreciendo los campos a su paso y creando manantiales de donde beben las criaturas más extraordinarias. En ocasiones, incluso se las ingenia para pintar de blanco los picos más altos de vetustas cordilleras o, confabulada con los rayos de sol, dibujar pasillos multicolores hacia mundos que parecen de fantasía. Cuando llega a la ciudad, el agua de lluvia purifica los cielos y barre las calles de desperdicios y basura, dejando tras de sí risas infantiles que se confunden con el chapotear de los charcos. Sólo en ocasiones, algún espíritu líquido corre el riesgo de no hacer pie, sucumbir al peso que le empapa y arrojarse desde un puente como éste, desde donde ahora me asomo, para diluirse en el torrente que le llevará de vuelta a los majestuosos océanos. Entonces, sólo entonces, el agua es muerte. 

(Nota: ver bibliografía)

La gruesa y desgarbada mochila cuelga del hombro del joven como una criatura desmayada, mientras éste permanece detenido frente a la porción de fachada que hace frontera entre el escaparate de la agencia de viajes y el cajero automático de la sucursal bancaria. Desde este momento le conoceremos por el nombre de Jaime, aún a sabiendas de que existen muy pocas posibilidades de que al enunciar esas cinco letras en voz alta nuestro chico pudiera darse por aludido y girarse en busca de un interlocutor. En todo caso, deben campar ahí afuera muchos Jaimes idénticos, en esencia, al nuestro.

Jaime se frota las manos, pálidas por esa escarcha que crece piel adentro cuando el frío gobierna con pulso firme el invierno. Mientras, la luz amarillenta de una farola se desvanece impotente en la dureza de los fluorescentes que inundan el interior del cubículo que alberga el cajero automático. La fría y aséptica iluminación retrata las figuras de una pareja que, con arrumacos y caricias, hacen tiempo mientras se cocinan los billetes que les permitirán compartir una romántica cena y, quizá fantasea Jaime, rentar una modesta habitación donde descubrirse el uno al otro que, sin ser tan jóvenes, ni tan especiales el uno para el otro, se sienten uno sólo.

Mientras Jaime espera a que el cajero se quede libre, su mirada se entretiene viajando del OFERTÓN que promete conocer “Todo Costa Rica” en 9 noches, con sus 10 días, por tan sólo 1.572 euros (ojo, precios válidos para reservas realizadas antes del 10 de octubre), a la OPORTUNIDAD ÚNICA que ofrece huir del mal tiempo durante el Puente del Pilar a la par que se visitan las maravillas nazarís de Granada, y todo por menos de 300 euros impuestos incluidos. No le cuesta mucho trabajo rememorar el fin de semana que pasó en Sierra Nevada hace tres años, ¿o fue un poco antes, al cumplir veinticuatro?, con dos compañeras de la Facultad de Bellas Artes. Marga y Feli, de Felicidad, claro, muy adecuado para esos días. Jaime se pregunta qué habrá sido de ellas mientras una voz ruda se cuela en su cabeza. “¿Y qué demonios quieres que te diga? Yo no he hecho la legislación. Hazles una prórroga de dos meses más, y antes de llegar a los veinticuatro meses se les liquida, no estamos ahora para indefinidos”. Mirando por encima del hombro, el joven ve acercarse hasta el cajero un traje oscuro desabrochado, congestionado, y con el nudo de la corbata a medio deshacer.

-            Mira, he tenido un día horrible; así que no me calientes la cabeza o la próxima vez te llevas tú a comer a la inspectora del ayuntamiento. – Las palabras salen del traje acolchadas por volutas de Montecristo Nº 5 y vaho.

Jaime se pregunta si en Costa Rica se fabrican buenos puros. Como no entiende una mierda de puros, se limita a barruntar si al menos serán caros.

-            Pues una mierda, qué voy a comer, no ves que esa bruja es vegetariana…

Al llegar hasta la altura del joven desaliñado, el traje le hace un gesto, señalando con la cabeza el cajero automático mientras tapa instintivamente el micrófono del teléfono móvil. A lo que Jaime responde encogiéndose de hombros e invitándole con un movimiento del brazo a situarse el primero de la cola, como quien cede el paso al franquear una puerta. Una risotada impide al traje agradecer a Jaime su gesto.

-            Ahí la has dado, ¡que se coma un buen nabo y ya verás cómo se le quita esa cara de acelga! – Las risas tornan violácea la congestión del traje a la luz de la farola. – Te dejo, que me llama la parienta, y mañana tú encárgate de hablar con el gestor, que deje solucionado lo de los contratos y vete buscando unos becarios para cubrir los puestos. O mejor aún, becarias. – El traje cuelga y descuelga sin solución de continuidad. – Hola amor, ¿qué pasa ahora?

El saludo hastiado del traje llega arrastrándose hasta los oídos de Jaime, que se acomoda la mochila, como haciendo espacio para que quepan más planes de viaje. ¿Lanzarote en fin de semana o Navidades observando la aurora boreal?

-            Ya te he dicho mil veces que por mí puede hacer lo que le de la gana, déjale que se compre la jodida consola.

La desgana que exhala el traje mientras conversa frente al cajero le transporta a la casa de sus padres, allá en Lugo. ¿Cuántas veces les habrá escuchado manteniendo discusiones de baja intensidad, como él las llamaba? Ese mismo tonillo, ese tedio que convertía las broncas familiares en somníferos aterradores.

-          Pero cariño, no es más que un crío, y si todos sus amigos la tienen…

Un sopor del que tuvo que salir huyendo como si en realidad habitara en Elm Street. Temiendo poder caer dormido de manera irreversible.

-          Mira, déjalo ya, saco doscientos euros más y te los dejo esta noche en la mesilla cuando llegue a casa.

Ahora, y aunque a 511 kilómetros de distancia de su infancia apenas lograr dormir de tanto en cuanto, Jaime sigue atesorando los sueños acumulados durante su adolescencia y juventud, e incluso sigue encontrando ratitos, en los rincones más insospechados,  a cualquier hora del día o la noche, para seguir dando forma a otros nuevos. Como ahora que, tras reparar en las figuras siamesas que salen del cajero automático, se deja embriagar por el aroma a robles, frutos rojos y vainillas que desprende la “Visita a las Bodegas Riojanas”, a un precio irresistible e incluyendo un curso introductorio de cata.

-          Ya, ya, guárdala en la nevera, he tenido un día de perros y voy a tomarme una copa con un compañero. ¿Que con quién? Qué más da, no le conoces. – Y mientras la pareja pasa a su lado guardando billetes de varias tonalidades en carteras y monederos de piel, añade – Mira, te tengo que dejar, se ha quedado libre el cajero y además hay gente esperando. – El traje enfatiza su frase con una mirada al joven que, para él, tampoco es Jaime, como si su esposa pudiera visualizarla a través de las ondas electromagnéticas.

Jaime ofrece algo de aliento a sus manos entumecidas por el frío y valora la posibilidad de conseguir algo de alcohol para entrar en calor. El paseo entre cepas y copas de fino cristal  que ofrece la agencia de viajes le ha desperezado un vacío en algún punto intermedio entre el estómago y el alma. Tras observar que la calle desierta no parece llevar nuevos clientes hasta el banco, el joven se apoya sobre la puerta de un coche aparcado frente a la sucursal y saca de su mochila una desgastada libreta que abraza entre sus páginas un bolígrafo de tinta negra. Mientras el traje se encorva sobre el teclado del cajero, Jaime comienza a anotar con letra firme y prieta en la parte superior de una hoja aún virgen:

“9 de octubre de 2012

312)Admirar la eclosión de los huevos de tortuga Carey en El Ostional, y acompañarlas hasta el océano Pacífico mientras se dan un baño de luna.

313)Observar desde el Albaicín cómo el crepúsculo pinta la Alhambra mientras fumo un narguile con aroma a regaliz.

314)Moldear la vista adaptándola a las formas imaginadas por César Manrique en Lanzarote.

315)Apagar la cámara de fotos en cuanto intuya los primeros soplidos de viento solar, convirtiendo la aurora boreal en un momento realmente único.

316) Arrancar un racimo de garnacha y degustar su zumo todavía bisoño… “

Ensimismado en su escritura, Jaime no ha advertido al traje salir de la sucursal bancaria, pasar a su lado, mirarle con condescendencia y montarse unos metros más adelante en un coche oscuro estacionado en doble fila, donde una joven de rasgos africanos le aguarda con labios fríos pero prestos al servicio.

Meticulosamente, caligrafía las últimas palabras,

“…para terminar de madurar los azúcares en mi interior, bajo el sol de La Rioja.”

Guarda sus útiles de escritura, vuelve a mirar a izquierda y derecha y se introduce en el estrecho habitáculo del cajero automático.

Una vez en el interior, saca de la mochila una manta de viaje e improvisa un cabecero en el extremo más alejado a la terminal antes de mullirla a modo de almohada. La frazada, obsequio de alguna aerolínea ya quebrada, no es muy gruesa, pero a Jaime siempre le ha costado dormir sin sentir algo de ropa de cama sobre él, por ligera que fuera. Incluso en los veranos más calurosos de su infancia en Lugo. Se sube bien la cremallera de su forro polar y, tras apartar un par de colillas con el pie y limpiar la ceniza restregada con un kleenex, se recuesta sobre el suelo de baldosa y descansa su cabeza despeinada sobre la mochila. Busca acomodo, tentando con delicadeza un par de veces hasta que adapta la forma de la bolsa a la de su cráneo.

Ahora Jaime, o como quiera que se llame el joven, está listo para perseguir sus anhelos. Quizá, con suerte, hoy que es martes y no habrá mucho ajetreo nocturno en el cajero, pueda atrapar alguno de ellos, aunque sea con los evanescentes dedos del sueño.

La berlina se detuvo frente al hotel y el hombre se apeó al instante. Esperó a que el chófer sacara del coche su maleta de piel negra y le tendió una generosa propina una vez que éste le hubo entregado el equipaje al botones. Como en cada ocasión que visitaba la ciudad para atender asuntos de negocios, el director del hotel le había reservado la suite de la planta ático. El hombre le dio un billete al mozo y cerró la puerta cuando éste ya se retiraba. Encendió la televisión y sintonizó un canal de noticias veinticuatro horas, bajando instintivamente el volumen del aparato un par de niveles. En el suelo de madera del dormitorio, junto a la cama King Size en el que reposaba un cisne de toalla de rizo con pétalos por plumas, estaba su maleta.

Estuvo a punto de pasar por alto el detalle, pero al dirigirse a correr las cortinas del ventanal que daba a la parte alta del parque advirtió una cicatriz plateada de unos cuatro centímetros en la piel de su equipaje. Contrariado, maldijo la torpeza del servicio de habitaciones y levantó la maleta para colocarla sobre el escritorio e intentar reparar el desperfecto con un trapo humedecido. Fue entonces cuando notó algo que le extrañó sobremanera: la ligereza de la maleta. Perplejo, volvió a depositarla en el suelo y giró las ruedecitas metálicas de la cerradura de seguridad hasta combinar su contraseña secreta. Trató de accionar el botón pero estaba bloqueado. Sin lugar a dudas, algún auxiliar de la Sala VIP del aeropuerto, por error, había intercambiado su equipaje por el de algún desconocido. Por un momento estuvo a punto de marcar en su celular el número de la compañía aérea, pero andaba como loco por darse un baño y relajarse, de modo que contactó con la recepción para que el personal del hotel se encargara de hacer las gestiones. A lo cual accedieron solícitos, faltaría más.

Comprobó que el baño de la suite, como era habitual, disponía de un mullido albornoz además de un completo juego de geles, sales de baño y cremas hidratantes especialmente diseñadas para el cuidado masculino. Taponó el desagüe de la bañera y abrió el grifo del agua caliente, antes de regresar al dormitorio para desvestirse. Ya en ropa interior, dejó su smartphone sobre la mesilla y encendió la luz junto al cabecero. De vuelta al baño, su mirada topó con la maleta ajena y algo se inquietó en su interior. Salvo el raspón y el código de seguridad era idéntica a la suya. Se agachó junto a la maleta y de manera instintiva colocó las tres ruedas de la cerradura en el cero. Probó a accionar el botón y los pestillos saltaron automáticamente.

La maleta, boquiabierta, parecía completamente vacía. Palpó en el interior con la mano y junto a una de las paredes notó, casi imperceptible, algo frío y metálico. Al tratar de coger el objeto extraño no pudo evitar soltar un grito ahogado, más de sorpresa que por dolor. Se había hecho un pequeño corte con lo que ahora, a la luz de la habitación, se revelaba como una cuchilla de afeitar. El hombre, notablemente descolocado, chupó la sangre que brotaba del dedo índice y se dirigió de nuevo hacia la mesilla. Cogió el teléfono y tocó la pantalla táctil hasta poner el dispositivo en modo silencio. Volvió a depositarlo sobre la mesilla y entró al cuarto de baño.

Cuando el botones, cincuenta minutos después, regresó ante la suite de la planta ático con una maleta negra de piel en la mano, lo primero que vio fue el agua carmesí vertiéndose por debajo de la puerta. 

Hijo mío, no me mires así. Sabes que no te lo pediría si no fuera imprescindible. Tú me quieres, ¿verdad? Lo sé, lo sé. No eres más que un crío y la situación es embarazosa, pero no te pido ningún sacrificio. Serás como uno de esos actores del teatro, sólo necesito que me sigas el juego unas semanas, quizá unos meses. Además, no tienes por qué preocuparte, ya sabes que nuestros vecinos son muy crédulos y no harán preguntas. Hazlo por nosotros, tu padre nunca llegó a tragarse aquella historia de la paloma, lo puedo ver en sus ojos, y ya sabes cómo es de chismosa la gente de Belén si llegara a enterarse.

Cada día dedico más de cinco horas a trabajar en el jardín. Estoy especialmente orgullosa de los últimos esquejes de hortensias que sembré junto al cobertizo. ¿Y las begonias Lorraine? ¡Qué maravilla de frondosidad! En cambio, nunca he sido muy habilidosa con los frutales. Espero haberle cogido este año el truco al aclareo del melocotonero y conseguir unos frutos hermosos y fragantes. Tampoco parece que tenga buena mano con mi marido, que sigue marchitando frente al televisor. 

Una rara dolencia me fue diagnosticada ya de niño: era patológicamente incapaz de formular, o siquiera concebir en mi cabeza, cualquier clase de pregunta. Mis padres, celosos de su condición, me llevaron a decenas de especialistas, galenos o curanderos, que fueron incapaces de encontrar solución a la interrogación. Mi amante esposa, quien finalmente tuvo el arrojo de pedirme en matrimonio, no habría podido ser de otro modo, no cejó en su empeño de buscar una cura para mi enfermedad hasta el mismo día en que, sin respuesta alguna, exhaló el aliento ante la incertidumbre absoluta. Ahora que mi nieta, brillante investigadora en una prestigiosa institución científica, ha encontrado junto con sus colegas una cura para mi supuesto mal, me pregunto: ¿por qué tanta obstinación en arrebatarme la felicidad? 

Las alcantarillas bebían del cielo a grandes tragos cuando el hombre abandonó el cafetín; dejaba tras de sí una taza ya fría, mas aún sin tocar, aquellos ojos condescendientes empujándole a alejarse sin mirar atrás y la constatación de la enésima ocasión perdida. 

En su mano izquierda un ostensible temblor, en la derecha un paraguas cerrado, impotente.  

Tantas cavilaciones le rondaban la cabeza, como pájaros de mal agüero, que ninguna de ellas alcanzaba a posarse sobre su mirada perdida en la ausencia de horizonte.

Recorrió con paso vacilante y húmedo cada una de las calles y avenidas que le separaban de su modesto apartamento, sin percatarse, o quizá inexorablemente consciente, de que a su espalda iba desprendiéndose una estela de sí mismo.

Lo primero en desmenuzarse, hebra a hebra, fueron los bajos de su pantalón de tergal gris. El tejido de su gabardina abandonó la impermeabilidad para deslavazarse irrevocable, deprendiéndose jirones de la prenda menguante del modo que lo hacen los cuarterones de pintura marchita en la pared quemada por el sol de cien veranos sofocantes. El desvanecimiento de cada una de las células de piel venía precedido por un imperceptible hormigueo que el hombre ignoraba, puede que achacándolo al enjambre de alfileres que la tormenta descargaba sobre él, y la carne desnuda tornó evanescente como hoguera ahogada por el chaparrón. Sus fluidos vitales, solubles, fueron lo último en abandonarle, quedando encharcados en huellas de semen, plasma y bilis.

No fue hasta llegar a casa, al echar el pestillo definitivo, cuando sintió en la firmeza de esa mano que no era la suya. O tal vez fuera su percepción la que ya no era tal cosa. Todo él se había deshecho como un azucarillo bajo una tromba de agua tibia. No quedaba en ese nuevo yo más que la amargura. 

Nada más verte supe aquel lunar en tu labio era un punto y final. 

Ante sus ojos, una gran variedad de productos perfectamente alineados y agrupados por tamaños, características y colores. Ramón buscó la marca concreta de desodorante que su mujer siempre conseguía que no faltara del armarito del baño, pero bajo esa luz uniforme y desprovista de aristas todo se fundía en una masa imprecisa imposible de procesar para su cerebro. Mil rostros anónimos en una avenida de Beijing. “Cariño, se lo he dejado caer al jefe por activa y pasiva”, le había dicho su esposa un par de días antes, “pero no he podido  encasquetarle la presentación a ningún compañero, así que te tocará a ti encargarte de los últimos preparativos del viaje”. ¿Y el colutorio bucal de ella? Había permanecido invisible frente a él todos estos años. Una presencia inasible de la que tan sólo se aventuraba a recordar una tonalidad rosada en la etiqueta. Ramón echaba de menos una lista de la compra más prolija en detalles cuando oyó un golpe metálico a su espalda. De reojo acertó a ver un carrito de la compra estrellado contra uno de los expositores y un niño recibiendo la reprimenda de su madre con cara de no haber roto un plato. Inalterable, reanudó su tarea mientras un bote de protector solar comenzaba a derramar su contenido sobre el suelo de linóleo. Densas lenguas de crema blanca se extendieron creando una isla en el pasillo del supermercado, como habría hecho una erupción volcánica en medio del océano, y liberando partículas volátiles de benzofenonas, octocrileno y otros compuestos que el fabricante había incluido en la receta para mejorar su fragancia y la perdurabilidad del ungüento sobre la piel. Estos vapores se propagaron rápidamente hasta alcanzar las fosas nasales de Ramón, que se debatía entre una marca clásica de desodorante y otro producto mucho más juvenil que había visto anunciado por televisión. Las moléculas aromáticas subieron hasta la pituitaria, transmitiéndose vertiginosamente por diversos tipos de células hasta entrar en el bulbo olfativo como lo hace el salitre por una ventana abierta en verano. La señal química del aroma estimuló los cilios y, neurona a neurona, comenzó a transformarse en impulsos eléctricos enviados al sistema límbico de Ramón, que casi instantáneamente notó un particular olor dulzón y quedó paralizado.

El mar ronronea a sus pies. Les da pequeños lametazos como un cachorro juguetón. Ramón no es de tumbarse al sol a churrascarse, pero le encanta dar largos paseos por la orilla. El pareo de su mujer se agita con la brisa y deja entrever unos muslos jóvenes y esbeltos. Él esquiva las huellas que otros paseantes han dejado sobre la arena húmeda para que sean las olas las que borren ese recuerdo. Escucha las gaviotas aunque el sol las vuelve fantasmas para sus ojos entrecerrados. Deciden llegar hasta las toallas, recoger e ir a una terraza a comer un espeto de sardinas con una botella de vino blanco.

Aunque a Ramón le pareciera toda una vida, al volver en sí, apenas habían transcurrido un par de segundos. Se sentía embriagado por una felicidad plena y, tocado por una especie de instinto o sexto sentido, pudo realizar todas sus compras con gran decisión y arrojo en cuestión de media hora.

Tras un frugal almuerzo llamó a su esposa. Quería comprobar qué tarjeta de crédito debía emplear para el depósito del alquiler del coche, pero más que nada quería recordarle lo mucho que la quería y las ganas que tenía de emprender aquel viaje por sus bodas de plata.

Ya en la agencia, Ramón esperó su turno con ansiedad y ojeó un catálogo hasta dar con las páginas dedicadas a aquel majestuoso archipiélago donde el matrimonio anhelaba olvidarse del resto del mundo, incluidos sus dos hijos, por unos días. La reserva estaba hecha desde hacía meses, y tan sólo debía recoger los bonos del hotel y elegir un vehículo para poder tener movilidad y no depender de las visitas programadas que ofrecían los tour operadores. Así es como a ellos les gustaba viajar, siendo independientes. En un principio habían hablado de algo sencillo, un utilitario que les permitiera moverse por las islas, pero cuando aquella amable señorita le preguntó por la clase de coche que querría, Ramón se dijo qué diantre y optó por un todoterreno de la clase A, la más cara. No en vano era su veinticinco aniversario y eso sólo ocurre una vez en la vida, ¿no?

Era pronto, los críos estaban en la universidad y su mujer tardaría aún un par de horas en llegar a casa, así que Ramón aparcó el coche en su plaza de garaje y, sin sacar las bolsas de la compra, se dirigió dando un paseo a la librería del barrio para elegir un par de lecturas interesantes para el viaje.

Mientras caminaba, una tímida sonrisa le acompañó en todo momento, parecía susurrarle cosas agradables al oído con cada paso. En vacaciones le gustaba alternar clásicos pendientes con alguna novedad editorial de las que recomendaban en el suplemento cultural del periódico, sin embargo, en ocasiones se dejaba llevar por una cubierta atractiva. Tras preguntar al dueño por un par de títulos, finalmente se decidió por una edición de bolsillo de “Margarita está linda la mar”, una bella visión de la historia reciente nicaragüense, y la primera novela de un joven escritor madrileño que, en palabras del librero, le haría mucho más llevadero el largo viaje de avión. Sacó un par de billetes de veinte de la cartera y se disponía a pagar cuando el corazón le dio un vuelco. Todavía no sabía el motivo, y de saberlo quizá hubiera dejado el dinero sobre el mostrador y habría salido huyendo. Pero ya era tarde. La vida de Ramón ya era otra. No era la misma que una milésima de segundo antes. Su otro yo comenzó a vivir una milésima de segundo después. En ese infinitesimal e irreversible lapso de tiempo un vapor etéreo había transportado una combinación exacta y precisa de moléculas florales con matices a almizcle hasta su hipotálamo, dando comienzo a una liberación de hormonas y evocaciones que revelaron en el cerebro de Ramón una representación precisa, como hace la luz con los haluros de plata en una película fotográfica. Una contraseña hecha de aromas que había descerrajado una caja enterrada hace años con la intención de no volverse a abrir jamás, y que al hacerlo no había dejado escapar una imagen estática, sino un caudal inagotable de sensaciones y emociones que envolvieron a Ramón hasta hacer flaquear sus rodillas.

Unos ojos en los que naufragaba. ¿Qué posibilidades había de que fuera ella? Besos robados en cualquier callejón. Hacía tantos años. Canciones dejadas de escuchar porque les pertenecían sólo a ellos dos. ¿Cuántas mujeres usarían el mismo perfume? Tener que curvar la espalda para abrazarla, tan frágil. Las probabilidades eran mínimas, pero ¿acaso podía existir siquiera otra piel como la suya, capaz de vestirse aquella fragancia de una manera tan exquisita? Despedidas remolonas, que no se quieren dar cuenta de que lo son. ¿Existía alguna opción de que fuera ella quien había entrado a esa misma librería recientemente? Unas pestañas que al cerrarse aleteaban produciendo huracanes en su estómago aunque estuviera a cien mil océanos de distancia. ¿Y si no era cuestión de serendipia? ¿Y si ella había dejado su propio rastro siguiendo el de Ramón? Él rompiendo en añicos, después de haberlo hecho ella con su corazón, la agenda donde tenía apuntado su teléfono para no volver a caer en la tentación. ¿Y si ese aroma era el suyo, el de años más inexpertos, el de Azucena? ¿Cuánto tardaría en desvanecerse? Quizá ella estaba en la ciudad sólo de paso. Si existía la más mínima posibilidad de volver a encontrarse con Azucena y le daba la espalda, ¿podría él perdonarse algún día?

Cuando su mujer llegó a casa encontró a Ramón sentado en la cama. Ropa interior, camisas y pantalones apilados en montones de idéntica altura sobre la colcha, y frente a él la maleta con sus fauces abiertas devorándole la mirada.

-          ¿Te encuentras bien, cariño? – le pregunto ella al tiempo que le besaba en los labios.

El cuello de su esposa se le ofreció vulnerable, así que aspiró de manera disimulada intentando buscar una respuesta. Inmediatamente exhaló emitiendo un leve suspiro.

-          Cielo, he recibido una llamada del trabajo. Me temo que no podré acompañarte en nuestro viaje. 

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

A los que no se resignan


De todos es sabido que las materias de estudio conocidas como ciencias son imperfectas por naturaleza. Estar supeditadas a las ataduras de la objetividad y la refutación mediante un método, ya sea experimental, inductivo o deductivo, al contrario que las artes humanistas, pone a las ciencias, en especial las empíricas, en una constante tensión dialéctica que, generalmente, las aboca a constantes revisiones de sus tesis a medida que las avances tecnológicos permiten una mayor amplitud de los mecanismos de observación y contrastación.

Podríamos escribir decenas de volúmenes recopilando los errores que, históricamente, la ciencia de diferentes campos validó, al  menos, de forma temporal. La alquimia es un buen ejemplo de la forma que no sólo una teoría, sino un conjunto de éstas, puede ser un modelo erróneo de aproximación a la realidad. Además de reflejar como el primer pensamiento científico encontraba dificultades para separarse de elementos místicos y espirituales, o lo que también podríamos considerar supersticiones. El propio Miguel Servet fue condenado a la hoguera, y eso que en el Capítulo V de su “Restitución del Cristianismo”, el cual contenía la primera exposición de la función de la circulación pulmonar, sostenía que el alma era una emanación de la divinidad, y que tenía como sede a la sangre; gracias a la sangre el alma podía estar diseminada por todo el cuerpo, pudiendo asumir así el hombre su condición divina. De todos también es conocida la persecución sufrida por Galileo o Charles Darwin por contradecir dogmas religiosos, hasta entonces avalados por otros científicos ptolemaicos o creacionistas.

Hasta finales del XIX algunos de los mejores físicos se obstinaron en intentar crear un modelo que explicase la transmisión de la luz basado en una misteriosa sustancia universal denominada éter, haciendo suya una idea que Newton, el prestigioso padre de la gravedad, había encontrado en los planteamientos de Aristóteles y Platón, indiscutibles figuras del pensamiento occidental. Más recientemente, en 1903, Niels Ryberg  Finsen recibió el premio Nobel por alumbrar una terapia para acabar con el lupus vulgaris sometiendo al enfermo a rayos de luz, la cual se demostró inútil con posterioridad. Poco después, en 1926, Johannes Andreas Grib Fibiger descubrió un gusano microscópico que supuestamente causaba el cáncer, por lo que también recibió el prestigioso galardón. Hace ya tiempo que sabemos que fue otro error científico mayúsculo. Igualmente se le otorgó el Nobel de Medicina a Julius Wagner-Jauregg en 1972 por un falso tratamiento contra la parálisis provocada por la sífilis consistente en, ni más ni menos, inocular al enfermo con el parásito de la malaria. Incluso se han llegado a descubrir organismos inexistentes como el oscilococo, al que Joseph Roy culpaba de la gonorrea, el cáncer y otro sinfín de enfermedades, y para el cual ideó una cura consistente en una solución diluida de hígado de pato. Un remedio adecuado para engalanar la mesa de un comensal sibarita, pero en nada eficaz para luchar contra ninguna enfermedad.

Quizá el planteamiento de mi tesis, desarrollado a continuación, pueda ser tachado de extravagante, grotesco o, sencillamente, obra de un lunático; sin embargo, me gustaría transcribir en este prefacio unos fragmentos de un texto hallado de manera casual (como buena parte de los grandes avances científicos de la humanidad) en las ruinas de la Abadía de Montecassino durante la reconstrucción llevada a cabo en los años sesenta como consecuencia de resultar pulverizada en las postrimerías de la II Guerra Mundial. En el tratado conocido como “De las verdaderas criaturas que se esconden tras las ponzoñas y miasmas que debilitan y mortifican al hombre de la cristiandad”, Constantino “el Africano”, un filósofo natural tunecino hecho monje en Montecassino que introdujo a finales del siglo XI textos de medicina árabes y griegos hasta entonces desconocidos en el mundo latino, intuyó las verdaderas causas subyacentes en algunas de las enfermedades y epidemias que durante la Alta Edad Media, e incluso años después, cercenaran a la especie humana. Sin embargo, al contrario que otros textos suyos o traducidos por él, como  el Liber ysagogarum o el Viaticum, que tuvieron un gran impacto en las enseñanzas de la Escuela Médica Salernitana, la mayor fuente de conocimiento médico de su tiempo, el profético tratado del sabio norteafricano pasó inadvertido en todas las bibliotecas médicas y fuentes historiográficas conocidas hasta su reciente descubrimiento. Aunque no tenemos la certeza de los motivos que llevaron a este oscurantismo, tras revisar la naturaleza de su contenido, no sería aventurado pensar que el miedo a ser acusado por Roma de herejía llevase al autor tunecino a ocultar voluntariamente sus hallazgos, condenando al hombre de su tiempo, y al de siglos por venir, a permanecer a merced de la virulencia de múltiples pestes y la superchería religiosa. Constantino “el africano” introduce su tratado así:

“No es mi ánimo causar ofensa a la memoria de sabios y eruditos que han domesticado buena parte de la naturaleza para ofrecérsela a la humanidad, como la más rica y delicada esencia, destilada y envasada para su consumo y deleite. Haciendo de esta manera la vida un poco más fácil a los buenos cristianos y temerosos de Dios, incluso en los tiempos más oscuros. Sin embargo, desde Galeno e Hipócrates, a Isidoro de Sevilla o Avicena, todos, con la mejor de sus intenciones y bajo mi humilde opinión, son culpables de haber cometido corrupciones de la realidad, fabulando de manera errada sobre las causas y ponzoñas causantes de algunas graves pestes que asolan nuestro mundo causando gran pesar a hombres y familias.

Antes que el noble Hipócrates estableciera las bases de su filosofía natural se habían considerado las epidemias como un efecto de la cólera divina, opinión apoyada en libros sagrados como el Éxodo o el Libro de los Reyes, y textos profanos de la antigüedad de plumas exquisitas como Ovidio o Plutarco. Hipócrates naturalizó la causa de las enfermedades, señalando a las estaciones cálidas y la humedad, con las consecuentes miasmas y podredumbres del aire, como las razones que engendraban las pestes. Saeta que, aún liberada de los vientos que soplan la mística y la religión, también distó mucho de alcanzar su objetivo. Aristóteles, sin embargo las atribuía a la influencia de los cuerpos celestes, diagnosticando uno u otro mal en función de las diferentes conjunciones adversas de los astros. No pongo en duda los influjos de la luna sobre el comportamiento de animales y hombres, pero los actuales conocimientos astronómicos y aritméticos disuaden de la existencia de causalidad entre el patrón de movimientos observados en el cielo y la periodicidad de las epidemias, al menos conocidas en el mundo cristiano y árabe. De un tiempo a esta parte, parece que vuelve a encontrarse acomodo en culpar a demonios, brujería y condenas de carácter teológico a la mayor parte de la ponzoñas y pestilencias que aquejan al ser humano, dejando las restantes explicaciones en manos de curanderos, sanadores y otros tramposos.

La observación y la lectura, por el contrario, me lleva a postular que, en efecto, tras de la mayor parte de enfermedades conocidas por el hombre, se encuentran un serie de criaturas maléficas, oscuras y temibles, pero en nada sobrenaturales, ya que están hechas de las misma materia que usted lector y que el humilde servidor que escribe estas palabras: tierra, fuego, aire; las mismas partículas que, como Demócrito predijo, se combinan de infinitas maneras para crear la más majestosa de las aves y la más atroz bestia. Estos seres, diminutos e invisibles a la percepción humana son los que nos poseen, se apoderan de nuestra alma y nuestro cuerpo, transformándolos en marionetas de sus malvadas intenciones, que no son otras que las de devorarnos por dentro como cualquier otro depredador y conquistar la Tierra”.

Resulta inaudito ver como hace casi mil años, Constantino, el sabio tunecino, alumbró en su mente la existencia de unas criaturas microscópicas e imperceptibles que ahora reconocemos como bacterias, virus y parásitos. A continuación, y por no extenderme demasiado en este prefacio a mi tesis, selecciono una pequeña muestra de los “seres” que el tratado “De las verdaderas criaturas que se esconden tras las ponzoñas y miasmas que debilitan y mortifican al hombre de la cristiandad” retrata como responsables de algunas de las peores plagas que han azotado a la humanidad de la antigüedad hasta un pasado muy reciente.

“De los hongos que encienden el Fuego de San Antonio”

Muchos son los hombres que, procedentes de los pueblos más septentrionales, se tambalean, convulsionan y ruegan al cielo para que apague el fuego que les abrasa las entrañas. Como si la carbonilla les consumiera desde dentro, sus miembros comienzan a carcomerse, ennegrecidos, gangrenados, hasta que se desprenden del enfermo como frutos maduros de un árbol, aunque  en realidad ya están podridos. Como consecuencia del dolor y la quemazón muchos pierden la razón, deliran e incluso se arrojan a las aguas intentando apagar las llamas invisibles que marchitan sus extremidades y vísceras. El que es prendido con este fuego del infierno, si no tiene la suerte de fallecer, queda horriblemente mutilado y preso de la locura. No es extraño ver a los enfermos, atormentados, llorar y suplicar en plazas y templos. Algunos de ellos poco más que un torso abandonado a merced de la misericordia. 

Si a este mal se le conoce como Fuego de San Antonio es porque los desgraciados que lo sufrían, convencidos de sufrir un castigo divino, comenzaron a peregrinar a Santiago de Compostela como expiación de sus dolores y pecados. Como quiere que la Orden de los Caballeros Hospitalarios, bajo la advocación de San Antonio, tenga a bien instalarse en las afueras de las grandes ciudades del Camino y atender a los enfermos que hasta ellos llegan, en muchos casos se han advertido milagrosas curas en desdichados aquejados de esta ponzoña. Mucho han hecho estas curaciones por legitimar la autoridad de Santiago en Europa, ya que los otrora enfermos regresaban a sus aldeas y pueblos, allá en Francia, Alemania o más al norte, exaltando los prodigios que les habían librado de su tormento.

Sin embargo, es bien sabido que muchos de estos hombres, una vez regresados a sus tierras de origen y a sus quehaceres habituales, con más frecuencia de la deseada, han vuelto a padecer los mismos males abrasadores. Esto me hace pensar que nada de milagroso hubo en sus mejorías, y si un cambio de hábitos de efectos sanadores. Hipócrates dijo que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento. Como quiere que los enfermos atendidos por la Orden Hospitalaria siguieran una dieta de pan de trigo y vino bendecido, me dispuse a buscar diferencias con sus rutinas de ingesta habitual. Y he aquí mi sorpresa al comprobar que aunque los pueblos del norte son libadores de buenos caldos, en rara ocasión consumen panes blancos, usando otros granos, preferencialmente centeno, para amasar sus hogazas. ¿Serían las harinas, al fermentar en la sangre de los enfermos, las culpables de tan temible afección?

Recientemente tuvimos  la ocasión de recibir en nuestra Abadía de Montecassino a una comitiva de hermanos benedictinos procedentes del Monasterio de Isen, en la Baviera, y compartir con ellos una frugal comida en nuestro refectorio. Fue entonces, cuando uno de los monjes alemanes me ofreció una gruesa rebanada de pan negro, que me sobrevino la revelación. Imbuido por una malsana curiosidad, le pedí a mi hermano toda la pieza de pan y comencé a alimentarme a base de pan de centeno. Al segundo día, reclinado en el jergón,  comencé a sentir un frío intenso y repentino, acompañado de escalofríos, en mis piernas, nada conseguía frotándolas o tapándolas con una gruesa manta de lana merina. En cuestión de horas, como si mis miembros se hubieran congelado, comencé a sentir la quemazón que provoca el hielo sobre la piel, salvo que este fuego crecía desde adentro hacia afuera, y la sangre propagaba el incendio por todo mi cuerpo. A la mañana siguiente, junto con un terrible dolor abdominal, comencé a tener horribles visiones, alucinaciones, en las que veía crecer piernas y brazos de los árboles del patio de la abadía, me asomaba al ventanuco de mi celda y ante mí se extendía un bosque de extremidades. Fue suficiente para mí. Esperando estar a tiempo, y aunque me quedaba más de una libra del pan alemán, comencé a purgarme con infusiones de ajenjo e hidromiel, y no comí otra cosa que el más blanco de los panes. Todavía estuve preso de convulsiones un par de días, pero lentamente el fuego se extinguió, y el hormigueo en mis piernas despareció.

Totalmente recuperado, investigué el sobrante del pan de centeno, y valiéndome de un par de cristales convergentes, artilugio que compré a un mercader en Bagdad durante un viaje de estudios, pude detectar unas manchas anómalas de un color negro violáceo y con una forma que me recordaba vagamente al espolón de un gallo. Parecían brotar como hongos en medio de un prado después de la lluvia, y ya se sabe lo que decía Dioscórides de los hongos: unos ofenden con su naturaleza y otros con su cantidad, pero todos ahogan, ni más ni menos que la soga a los ahorcados”.

(Nota del Autor: Es admirable que Constantino pudiera descubrir el cornezuelo valiéndose únicamente de su capacidad de observación, su intuición y un artefacto comprado a un comerciante árabe. No fue hasta 1597 que la Facultad de Medicina de Marburgo llegó a la conclusión de que el micelio del hongo Claviceps purpurea era el causante de la intoxicación conocida como Fuego de San Antonio, y en la actualidad como ergotismo.)

“Del verdadero ser maligno que provoca el Baile de San Vito”

“Son muchas las ocasiones en que mi fe se tambalea, debería ser ciego, mudo y sordo para no estar sometido al pesar de la duda. Recientemente tuve que ver, inerme, como un mozo de apenas doce años era arrojado vivo a la hoguera acusado de endemoniado. Como en otras ocasiones, se había encomendado al desdichado a San Vito, pero se ve que el santo mártir estaba a otros menesteres, por lo que Luca, como se llamaba el joven, siguió sufriendo terribles sacudidas y espasmos, además de unas calenturas fortísimas. Como consecuencia de ellos las autoridades de Roma decretaron expulsar el demonio que atormentaba esa alma cristiana por medio del fuego, usado tanto para purificar como para arrasar ciudades y pueblos. Lo que más me indignó es que muchos de mis compañeros en Montecassino fueran partidarios de tan atroz castigo para un muchacho que únicamente había cometido el pecado de haber visto su cuerpo invadido por una criatura ponzoñosa.

Este mal llamado Baile de San Vito ya se conoce desde la antigüedad pagana, cuando se creía era transmitido por la picadura de la tarántula y trataba de curarse con música, como si con acordes melifluos se intentará relajar el baile frenético del infectado hasta amansarlo como a las fieras. Que preferentemente afecte a pre púberes me hace pensar que es causado por algún ser que se intenta aprovecharse de la debilidad propia de la infancia; sin embargo, es sabido de la capacidad de los niños para adaptarse y moldearse a lo que ven a su alrededor, de ahí que sea la etapa en la que hay que educarlos para hacerlos hombres de provecho. Quizá por eso he visto tantos casos de muchachos afectados por las convulsiones frenéticas de esta enfermedad que, en cuestión de una decena de semanas se han recuperado completamente, si la hoguera no se ha interpuesto en su recuperación, claro está.

El desasosiego que soporté durante varias noches por el recuerdo del pequeño Luca hizo que prestara mayor atención a los escritos existentes sobre este sufrimiento. Así es como pude saber que en todos los casos, los movimientos espasmódicos y, aparentemente involuntarios, vinieron precedidos por fuertes episodios febriles y de irritación de garganta. De todos es conocido que la inflamación de las amígdalas es otro mal muy frecuente entre las personas que no han llegado a la edad adulta. ¿Y si el Baile de San Vito fuera una consecuencia de esta infección de las amígdalas y las fiebres provocadas por ella? Desde varios siglos antes de la era cristiana se vienen extirpando estos ganglios en los casos de inflamación grave, no en vano algunos textos dicen que en Abisinia se extirpaban antes del primer año de vida con carácter preventivo, para lo cual empleaban una crin de caballo con la que estrangulaban la glándula hasta arrancarla. La suerte quiso que un conocido de la Escuela de Medicina de Salerno me permitiera asistir a una intervención en la que a una joven le eran extirpadas las amígdalas, ya que corría el riesgo de sufrir una asfixia de no ser operada. En pocos minutos, después de la extracción, pude observar con mis propios ojos como la podredumbre seguía avanzando por el tejido ya moribundo. Sin duda, algo que crece y se multiplica no puede ser otra cosa que un ser vivo, una criatura maligna que lucha por conquistar e invadir territorios ajenos, como hacen nuestros ejércitos aquí sobre la tierra. Estoy convencido de que si lográramos levantar una empalizada robusta contra el mal que produce la infección de las amígdalas, conseguiríamos exorcizar el demonio que provoca el Baile de San Vito sin necesidad de recurrir a funestas hogueras.

(Nota del Autor: Una vez más el autor tunecino muestra sus dotes clarividentes, intuyendo un ser vivo que trata de colonizar nuestro organismo por mera supervivencia, y que podría provocar graves efectos secundarios como lo que hoy en día se conoce como Corea de Sydenham. Un signo o sintomatología de la fiebre reumática ocasionada por la bacteria Streptococcus pyogenes.)

“Del animal que se esconde tras las fauces del perro rabioso”

“La rabia es una enfermedad tan vieja como la propia humanidad. Tres mil años antes de Jesucristo ya se encuentra el origen de la palabra rabia en la lengua sánscrita, donde Rabhas significa agredir. Desde la antigüedad ya se había establecido la relación entre la rabia humana y la rabia debida a mordedura de los perros. Lo que no se conoce tan bien es el origen de esa transformación furibunda del que es tan fiel amigo del hombre, ni por qué el que es mordido por un can colérico adopta para sí este mismo comportamiento atávico.

Se suele pensar que la rabia se precipita por el hervor del verano, así como por el hambre y la sed no satisfechas. Pero para los casos ocurridos fuera de la canícula también se encuentra un razonamiento peregrino, explicándose porque el frío del invierno repele el calor a las partes internas del cuerpo animal, intoxicándolo y encendiendo en sus vísceras una ira contenida que ha de explotar. También se piensa que suelen rabiar los perros que han comido carnes hediondas o los que hayan bebido agua corrupta. ¿No será pues que, siendo tan diversas las razones del rabiar canino, debiéramos desconfiar de todas y cada una de ellas?

La rabia es una pestilencia siempre mortal que surge a raíz de ser mordido por un animal infecto. Al dolor inicial en la zona de la mordedura, y una especie de angustia generalizada, se suceden fiebres, malestar y una inflamación de la garganta. Cuando este cuadro de síntomas ha aparecido es el momento en el que comienza la verdadera transformación del enfermo. De común acuerdo se piensa que, igual que el endemoniado se resiste a la cruz y el agua bendita, y ante éstas suele cometer mil bravuras, ni más ni menos, este otro comportamiento extranjero (el cual, como maligno espíritu, deprava el entendimiento del hombre) reniega furiosamente a las cosas de temperamento húmedo y frío, y principalmente al agua. De resultas, los infectados, huyendo pavorosos del agua, se consume y secan por la sed para acabar muriendo de fiebre.

Como decía, no se conoce remedio eficiente para esta afección letal, a pesar de lo cual la Iglesia continúa realizando un ritual consistente en hacer una cruz con aceite bendecido sobre la mordedura, tras lo cual se administra pan y sal debidamente conjurados al enfermo. Hasta donde yo sé, todos los hombres atendidos por esta liturgia han tenido la virtud de reunirse con el creador en pocas semanas, eso sí, debidamente expiados de pecados.

Mi opinión es que un animal familiar, agradecido y fidelísimo al hombre, ha de hallarse sometido a gran tormento para volverse hacia su amo por naturaleza y someterle a un pesar que acaba con la muerte segura. Por eso pienso que algún otro animal rabioso es el que se esconde tras la máscara del perro, y utiliza este disfraz para volcar su ira sobre el ser humano. Es conocido que los canes poseídos por la rabia huye de comer y arrojan gran cantidad de flema por la boca y las narices, por lo que extraigo dos conclusiones: en primer lugar ya no le importa su propia supervivencia, por lo que deja de alimentarse, y segundamente rezuma de algo colérico que no le pertenece y que busca seguir expandiéndose, por eso la saliva brota como un manantial sulfuroso por sus belfos. De hecho, el hombre, en la fase terminal de la enfermedad, experimenta también una agresividad extrema, y una necesidad de morder a todo quien le rodea. ¿Es acaso el ser humano otro animal furibundo sin más? Considero que el animal de la rabia, que no el perro o el hombre, meros vehículos, utiliza la cólera y la mordedura como medio para propagarse, para reproducirse, ya que reside en la saliva y otros humores infectados. No estigmaticemos pues al can, no imitemos al perro en el ladrar y en el morder, sino en la fidelidad y lealtad que nos procesan cuando no son poseídos por el animal de la rabia”.

(Nota del Autor: A día de hoy, aunque prevenible mediante vacunación y suero, la rabia es una enfermedad infecciosa viral letal al 100% una vez que completa su proceso de incubación, por lo que Constantino no encontró manera de enfrentarse a ella, pero sí que adivinó que está causada por un elemento patógeno que utiliza la saliva de los animales para transmitirse y perdurar, el Rhabdo Viridae. Además, hoy se sabe que no es una enfermedad exclusiva del perro, sino que gatos, murciélagos, zorros y otros mamíferos también padecen la rabia y la transmiten a través de la saliva.)

Mi intención al reproducir estos fragmentos de la obra de Constantino “el africano” ha sido contextualizar al honorable tribunal que debe juzgar mi tesis. Espero de este modo obtener de él un valoración libre de prejuicios en la medida de lo posible, como corresponde a un comité científico del siglo XXI, y que la cerrazón y el conservadurismo no impidan que, como ocurrió con “De las verdaderas criaturas que se esconden tras las ponzoñas y miasmas que debilitan y mortifican al hombre de la cristiandad”, los resultados y conclusiones de mi trabajo vean la luz, con el consecuente beneficio para la humanidad, tan sofocada en un momento como el que vivimos.

Siguiendo los postulados de Louis Pasteur y Robert Koch, que demostraron que buena parte de las enfermedades conocidas están causadas por microorganismos patógenos, y tras descartar otras posibles explicaciones degenerativas o vasculares siguiendo un riguroso método científico, a continuación comienzo la exposición de mi tesis, la cual demuestra y describe la existencia de un virus (del latín virus, que significa “toxina” o “veneno”, parásito por definición al estar obligado a multiplicarse dentro de las células de otros organismos, y que necesita de un vector epidemiológico para transmitirse de un agente infectado a otro no portador) hasta ahora no documentado. En las próximas páginas expondré con todo detalle la hipótesis de partida, cimentada en la observación de un desorden del comportamiento humano cada vez más extendido y sin respaldo científico contrastable; así como las muestras y análisis bioquímicos que me han permitido determinar la estructura molecular, la carga genética y  su contenido proteico del virus, los cuales me han permitido determinar que se trata de una mutación del Bornaviridae, causante de diversas enfermedades neurológicas en los bovinos y equinos. En los dos últimos capítulos de mi tesis abordaré las transformaciones que causa el patógeno en las células huésped y, derivado de éstas, los efectos sobre las sinapsis nerviosas en el córtex cerebral que en último lugar acaban por generar alteraciones de la conducta, a saber, un exacerbado y monolítico pensamiento neoliberal. Una vez validada la hipótesis inicial, concluiré con un análisis de los mecanismos de replicación viral, evaluando como se ha extendido de manera incontrolada en los últimos veinticinco años usando como vectores al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Central Europeo, entre otros organismos. Como corolario ofrezco una posible nomenclatura para el microorganismo: Miltonviridae, ya que todo parece apuntar a que su primera cepa se originó en la Escuela de Chicago, donde el Nobel en economía Milton Friedman fue profesor de teoría monetaria.