Marcelo Q. llegó para ganarse la vida cuando la economía de la ciudad gozaba de buena salud. Tras mucho tiempo dejándose la piel en el trabajo y dando con sus huesos en pensiones y camas calientes del extrarradio, había conseguido instalarse al fin en el corazón de la ciudad. Al poco, nada más sentirse los primeros síntomas de la crisis y aduciendo un grave riesgo de trombosis, las autoridades no dudaron en desahuciar a Marcelo Q., quien desde entonces vaga errático por las arterias principales sin saber qué hacer.

Su decisión de desaparecer sin dejar rastro hizo correr ríos de tinta, lo cual no era mucho decir tratándose de un calamar. 

De joven todos le llamábamos Turbo. Aprendió a conducir mucho antes de sacarse el carné y siempre te lo encontrabas subido al cupé que había heredado de su padre. Perdió la virginidad en el asiento del copiloto, sus primeros trabajos los consiguió como repartidor y se sacaba un sobresueldo participando y apostando en carreras clandestinas. Ganó mucho dinero para un chico de su edad y lo invirtió todo en alerones de fibra y llantas de aleación.

Turbo pedía comida rápida desde la ventanilla del coche, sólo se bajaba de su vehículo para llevarlo al taller y conoció a la que fue su mujer en un paso de cebra. Sentó la cabeza, pero siguió sin levantar el culo del asiento del conductor. Cambió de coche y se hizo taxista. Doblaba turno y estudiaba mapas de carreteras para conciliar el sueño. En vacaciones cogía a su mujer, la maleta y carretera y manta. Quince días rodando de norte a sur, de este a oeste. De motel en motel cuando las cosas iban bien, de camping o asientos abatidos durante las vacas flacas. Observar la vida a través del retrovisor, pienso, le había dado una visión distorsionada de la realidad.

Un mal día su vida pegó un volantazo. Un cambio de rasante tomado a demasiada velocidad y un niño que no debió ir tras aquella pelota. Para colmo, el crío resulto ser hijo de un concejal. En cosa de meses perdió la licencia de taxi y el amor de su mujer, por no hablar de la casa. Así que Turbo, a quien por aquel entonces las malas lenguas comenzaban a llamar Diesel, comenzó a vivir en el coche. Ahora de forma literal. Cada noche cubría las lunas con papel de periódico, para así dejar fuera la luz de las farolas y de la otra luna e intentar conciliar el sueño. Por el día, aparcaba a la sombra y fumaba apoyado en la ventanilla como si esperase a un improbable pasajero. Se llegó a rumorear que había sido el conductor en un par de atracos a bancos de la ciudad. Llegó el frío, y las madrugadas soportadas con el motor en marcha fueron agotando su gasolina poco a poco.

Daba lástima verle siempre allí, aparcado en la calle tras el concesionario de coches, así que nosotros pensamos que le hacíamos un favor. Nos rechazó varias veces, pero finalmente una noche mis amigos y yo convencimos para que saliera del coche a airearse y tomar una copa. Al principio, haciendo honor a su nuevo apodo, le faltó un poco de reprís, pero al tercer aguardiente, cuando tuvo el depósito bien cargado, se arrancó y resultó difícil pararle. Entrada la madrugada regresamos a la calle detrás del concesionario haciendo eses. Su coche había desaparecido. Debido quizá a la borrachera Diesel no pareció demasiado afectado, y anduvo dando vueltas hasta el amanecer. Buscó en suburbios, desguaces y hasta en el depósito de la policía. Del vehículo nunca más se supo y él no volvió a dirigirnos la palabra.

El otro día le vi en una gasolinera con una bayeta. El encargado me dijo que le dejan ganarse la vida con las  propinas que le dan los clientes del túnel de lavado. Y al parecer sigue durmiendo en el coche, aunque ahora se conforma con echarse cabezaditas de un par de minutos, que es lo que dura el circuito del túnel de lavado.  

                                                               Para la pequeña asesina en serie

Todos, salvo rarísimas excepciones, llevamos dentro un pequeño suicida. Una pulsión grabada a fuego en nuestro centro del placer, y cuya razón de ser responde únicamente a recordarnos lo tentador que puede resultar entregarse a los brazos de la pequeña muerte.

Le petite mort llaman los franceses a ese abandono único que experimentamos inmediatamente después de escalar el clímax del placer sexual. La culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza, poetizó Galeano. Tras el orgasmo, asociado en nuestro cerebro reptil al Destino reproductivo de la especie, nos invade la sensación de haber alcanzado la meta. Algo similar a la sensación que deja una ducha tras un extenuante ejercicio físico pero elevado a la puta enésima potencia. La realización extrema que supone el olvidarse de uno mismo.

Y una vez llegado a ese punto, todo comienza de nuevo; nos reseteamos. Retomamos el cortejo y agasajo de nuestras parejas o, en el caso de ser obstinados seres carnívoros, desplegamos los cientos de ojos hipnóticos de nuestra majestuosa cola de pavo real.

Se han llenado muchas páginas, y todos hemos oído alguna anécdota sobre un conocido de un familiar de un amigo que se quedó colgado a raíz de una experiencia lisérgica, o alguna mierda similar. Qué ocurriría si a nuestro cerebro se le fundiesen los plomos en ese preciso instante en el que yacemos a la sombra de la pequeña muerte. Lo más seguro es que sea una opción bioquímicamente insostenible. No viable. Pero, ¿y si? Un escenario hipotético que al menos debería estimular la inversión gubernamental en investigación.

Cuando apenas era un púber y rechinaba la bisagra entre los ochenta y los noventa, en mi barrio de la periferia corría el rumor de que el cuelgue de caballo era como un orgasmo sostenido en el tiempo. Resultaba tentador coquetear con la idea de convertirse en un heroinómano casual, tan sólo un día, y pegarte un empacho de esa extraña sensación que estaba a medio camino entre el tabú y un ritual de abandono de la infancia. Afortunadamente, el SIDA y la sobredosis por un lado, y los dientes podridos y esos rostros vagamente familiares convertidos en calaveras por otro, resultaron suficientemente disuasorios para la mayor parte de nosotros. Unos años más tarde, Trainspotting reincidía en el potencial orgásmico de la heroína, pero entonces ya éramos tardo-adolescentes que nos pensábamos listos, y el caballo era demodé.

Cada vez que muero, me reinicio. Me vuelvo a enamorar de la vida. De mi pareja. Una fuerza de potencial tan asombroso como desperdiciado. El ser humano debería aprender a sacar mayor provecho de esa energía latente en algún lugar entre nuestra mente y nuestros genitales. Si conectaran dos palas como las de las series de médicos a mi cerebro en el momento en el que estoy corriéndome podría resucitar una manada de potros. Mis impulsos eléctricos son capaces de arrancar el motor de un camión abandonado de veinte toneladas, incluso en el más crudo invierno.

Cada pequeña muerte es una nueva posibilidad, un chance de nueva vida, de regeneración. Una implosión que anuncia el advenimiento de un big bang. No quiero ver en esa muerte algo negativo, un trance que evitar, sino algo necesario para ser uno y abstraído a un tiempo. El cénit del placer físico que transciende para alcanzar lo mental, lo espiritual, y nos sublima de tal modo que nos aleja de nosotros, de nuestra consciencia de uno mismo. Y gritamos, jadeamos, arañamos, aullamos, estrangulamos, babeamos, evacuamos. Títeres en manos de ese nanosegundo inmediatamente anterior al orgasmo, esa orilla infinitesimal que ya se asoma a la pequeña muerte, que nos arrebata la voluntad hasta dejarnos degollar o abrasar vivos con tal de no cejar en el empeño del último empujón, la postrera acometida.

Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Somos gracias a los polvos de nuestros padres. Y con un polvo nos convertimos, nos reinventamos; un catálogo de su sucesivas reencarnaciones en vida.

Follar como animales para perder la conciencia de ser tal cosa. Abandonar la conciencia de la corporeidad que nos escupe a la cara nuestra insignificancia y rebelarnos, revelarnos, aunque sea por un breve lapso de tiempo, en ente místico, transcendente e intangible. Con cada éxtasis susurramos: “vengo a recuperar lo que es mío”. Lo que el amor nos arrebata, el orgasmo nos lo devuelve: la invulnerabilidad. Ahí donde ya estamos muertos y escindidos de nuestro yo, nadie nos puede alcanzar, nada nos alcanza a dañar.

Si esa muerte puede ser más dulce, más exquisita si cabe. Si le petite mort es cosa subjetiva u objetiva resulta inútil tratar de acotarlo con palabras mayúsculas. Quizá el onanismo sea una impostura que nos deja moribundos, o quizá pueda alcanzar tan edénica fatalidad. De lo que sí estoy convencido es que la experiencia de abstracción que deviene en el eco del orgasmo es exponencialmente superior cuanto mayor es la proyección mental en la que podemos bucear. Y dos sujetos, es cuestión matemática, suman. Cuando dos planos mentales (idealización de los corporales que se tejen con centímetros de piel) son tangentes o secantes, saltan chispas. Fricciones que empujan nuestras terminaciones nerviosas hacia ese abismo que se asoma a la pequeña muerte. Mas, al encontrarse planos multi-versos, físicos o poéticos, no paralelos sino idénticos pero extrapolados a otros campos alternativos, a otros universos complementarios, ahí, pequeño suicida, nos rompemos en millones de partículas histéricas que no conocen de espacio ni tiempo. 

Desgastado por el peso de mi mirada, el espejo perdió su azogue capa a capa. Así, gradualmente, fui desapareciendo. 

Cuando esa misma tarde había visto subir la camioneta Ford verde por el camino que llega desde San Juan Tezompa, una comunidad vecina, no lo había dudado ni un momento y corrió a avisar a su hermana y a las mujeres de la familia Nápoles. No podía creer que aquellos culeros tuvieran la desfachatez de volver un día después de haber insultado y zarandeado al chavito de sus amigas. Había encontrado a Juana con Diana, la menor de las Nápoles, y su novio. En cuestión de minutos habían reunido a un nutrido grupo de familiares y vecinos que, armados con palos y piedras, fueron al encuentro de los forasteros. Cuando el grupo hubo recorrido apenas media docena de cuadras vieron la furgoneta verde parada frente al Instituto de Preparatoria Oficial, donde uno de los ocupantes del vehículo, sentado en el asiento del copiloto, platicaba con una de las alumnas apoyada sobre la portezuela con la ventanilla bajada.

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El Sargento Castillo le tendió un vaso de agua al joven. Sus labios, amoratados y sanguinolentos, apenas pudieron retener el líquido sin que se derramara sobre su pecho descubierto y lampiño.

- Luis Alberto, ¿me vas a explicar qué se os había perdido en nuestro instituto?

El adolescente sorbió un buche más de agua y miró aterrorizado al agente.

– Visitar a una amiga, no más - el sargento mantuvo la vista firme sobre el detenido. – Se lo juro, oficial – y Luis Alberto se posó los dedos índice y corazón cruzados sobre los labios, no sin evitar una mueca de dolor.

Castillo había oído la noche anterior, mientras echaba un trago en la cantina, que el pequeño de los Nápoles había sido increpado por unos jóvenes de fuera, y también le habían chismoteado que se trataba da un asunto de faldas.

– Y cuál es el nombre de esa…amiga – entonó la última palabra con una marcado entrecomillado que no necesitó remarcar con gesto alguno.

Junto a Luis Alberto, encogido sobre sí mismo en posición fetal, permanecía el otro menor de edad, cuyo nombre ahora no recordaba, temblando no sabía si de frío, dolor o miedo. Más allá, apoyada su espalda contra las rejas de la celda, el mayor de los tres, José Manuel, observaba la escena sin mediar palabra. El sargento le interrogó con la mirada, y tras no obtener respuesta se dirigió de nuevo  hacia la puerta.

- Estamos bien chingados, ¡la puta!

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Las  campanas de la iglesia habían cesado en su llamado y Don Roberto, el párroco de San Mateo, se había unido al resto de gente que reclamaba justicia frente a la comandancia de la policía. Otilia le vio cruzar el parque y perderse entre la multitud. Pensó que si el representante de Dios en el pueblo estaba de su parte no podía haber nada malo en lo que estaba sucediendo, aún así el estómago se le encogió al ver el odio en los rostros de sus vecinos, la furia encendida por la camioneta en llamas de aquellos desdichados.

Apenas unas horas antes Otilia había participado en la búsqueda junto a los demás. Diana Carrillo Nápoles, la hermana del chiquillo agredido la noche anterior había llevado la iniciativa, adelantándose al grupo y llegando junto a la camioneta, donde tiró del brazo de la muchacha uniformada, la cual quedó paralizada sin saber qué decir.

– Lorena, pequeña ramera, ¿se puede saber qué haces hablando con estos malnacidos?

El conductor, el mayor de los tres, hizo sonar el claxon e insultó a la mujer, justo antes de abrir la puerta para bajarse del auto, sin percatarse que el resto del grupo había llegado ya a su altura. No dio tiempo a más. Sin mediar palabra la gente de San Mateo la emprendió a golpes con él, tirándolo al suelo donde comenzaron a patearle en las costillas, en las manos con las que se protegía la cabeza, y allá donde los pies de uno dejaran espacio a las botas del otro.

– Tú tira para casa – le impelió Diana a la estudiante con un empujón cargado de desprecio.

Otilia, que sentía crecer el rencor y la ira en su interior, agarró un cascote del suelo y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la luna frontal de la Ford. Una grieta comenzó a extenderse en todas las direcciones, como las ondas concéntricas al tirar una piedra a la laguna, creando una especie de tela de araña que atrapó el rostro de pánico de Luis Alberto al otro lado del parabrisas.  

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Mientras Otilia Rosales Palomar permanecía de pie frente a la comandancia de policía de San Mateo Huitzilzingo, su corazón le batía con fiereza en las sienes. La campana de la iglesia seguía repicando, volviendo ininteligible la marea de gritos y soflamas de la gente enardecida. Una primera lágrima rodó por su mejilla y trató de convencerse de que era el humo negro del caucho quemado lo que le irritaba los ojos, pero en su interior Otilia comenzó a rezar a la Virgen de Guadalupe para que sus vecinos fueran regresando a sus hogares y se olvidaran de los tres chiquillos que, maltrechos, se encontraban al resguardo de la policía local.

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- ¿Y qué pinche mierda se supone debemos hacer mientras? – escupió el Sargento Castillo al teléfono, buscando con la mirada una respuesta en el propio aparato más que en el hilo de voz que llegaba hasta él. Sin despedirse colgó de manera brusca y se derrumbó en la silla. Con los codos apoyados en el enclenque escritorio de madera, y el rostro hundido entre las manos, transmitió a su ayudante la orden de no usar bajo ningún concepto la fuerza.

– Pero señor, los chicos andan asustados, y ahí afuera la gente ha prendido con querosén la jeepeta de los…detenidos – titubeo el joven guardia.

– Los refuerzos de la Estatal no deben tardar en llegar del DF – trató de tranquilizarle su superior  sin convencimiento alguno cuando escucharon un gimoteo creciente que llegaba del calabozo.

Ese sería el sitio más seguro para los tres jóvenes, consideró el sargento; además, la única excusa que tenía para poder retenerlos en la comandancia a salvo de la turba era en calidad de sospechosos de acoso y tentativa de secuestro. Cuando los había dejado en la celda ninguno de ellos podía mantenerse en pie, y apenas sí se encontraban conscientes literalmente reventados a golpes, ni siquiera José Manuel Mendoza, el único mayor de edad según la documentación incautada. El Sargento Castillo se levantó y, antes de dirigirse al calabozo, le tendió el teléfono a su subordinado ordenándole que intentara conseguir apoyo entre las comisarias de las comunidades próximas a San Mateo.

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A Otilia la garganta le ardía de vociferar y tragar humo y, nerviosa como estaba, trató de alejarse para poder respirar un poco de aire puro. Mientras se hacía hueco a empellones entre la multitud, una lluvia de cascotes e insultos seguía cayendo sobre la comandancia de la policía, pero en sus oídos tan sólo una frase reverberaba como un mantra emponzoñado: “Justicia, justicia, son secuestradores”. Antes de alcanzar la bocacalle que nace junto a la Biblioteca Municipal, un agarrón la volteo con la fuerza de su propia inercia al caminar.

– Hermanita, ¿adónde se supone que vas? – Juana, la primogénita de los Rosales, la miraba con un fulgor incandescente. – Se está liando padrísima, esos huevones van a aprender a respetar a las mujeres de San Mateo.

Su hermana la zarandeaba con una mezcla de excitación y orgullo, y Otilia no acertó más que a sacudir la cabeza arriba y abajo y mascullar entre dientes: “Justicia”. 

(Continuará…)

Como cada noche, cuando el resto de la tripulación se hubo retirado a descansar, el marinero subió a cubierta y se dispuso a reunirse con su amada. Tras naufragar la mirada en la negrura que se extendía por babor y estribor, trepó hasta uno de los botes salvavidas y se tumbó boca arriba en su interior. Allí estaba ella. Las estrellas eran haluros de plata que reaccionaban a la luz reflejada por su piel, en ese preciso instante, desde meridianos ya soleados a miles de kilómetros de distancia. De este modo, como si el firmamento entero fuera una emulsión fotográfica infinita, se presentaba ante él la imagen latente de su compañera. Ya no tenía más que cerrar los ojos y, con la ayuda de unas lágrimas de emoción que nunca lograba contener entre sus párpados, esperar a que se revelase frente a él la figura, aún en negativo, que tanto deseaba. Acunado por el vaivén del océano en calma, dejó que el sueño le abrazara, positivando lentamente cada uno de los fotogramas en los cuales esta noche se fundiría con su musa.  

El agua es vida. Se evapora de los majestuosos océanos formando nubes con las que las imaginaciones más luminosas forman todo tipo de escenas. Cuando hace frío, y ya no hay sitio para más gotas en el firmamento, el agua se precipita sobre nosotros en forma de lluvia, ya sean pintorescas tormentas o apenas un cosquilleo de alfileres juguetones. Se abre paso por montañas, valles y llanuras, floreciendo los campos a su paso y creando manantiales de donde beben las criaturas más extraordinarias. En ocasiones, incluso se las ingenia para pintar de blanco los picos más altos de vetustas cordilleras o, confabulada con los rayos de sol, dibujar pasillos multicolores hacia mundos que parecen de fantasía. Cuando llega a la ciudad, el agua de lluvia purifica los cielos y barre las calles de desperdicios y basura, dejando tras de sí risas infantiles que se confunden con el chapotear de los charcos. Sólo en ocasiones, algún espíritu líquido corre el riesgo de no hacer pie, sucumbir al peso que le empapa y arrojarse desde un puente como éste, desde donde ahora me asomo, para diluirse en el torrente que le llevará de vuelta a los majestuosos océanos. Entonces, sólo entonces, el agua es muerte. 

(Nota: ver bibliografía)

La gruesa y desgarbada mochila cuelga del hombro del joven como una criatura desmayada, mientras éste permanece detenido frente a la porción de fachada que hace frontera entre el escaparate de la agencia de viajes y el cajero automático de la sucursal bancaria. Desde este momento le conoceremos por el nombre de Jaime, aún a sabiendas de que existen muy pocas posibilidades de que al enunciar esas cinco letras en voz alta nuestro chico pudiera darse por aludido y girarse en busca de un interlocutor. En todo caso, deben campar ahí afuera muchos Jaimes idénticos, en esencia, al nuestro.

Jaime se frota las manos, pálidas por esa escarcha que crece piel adentro cuando el frío gobierna con pulso firme el invierno. Mientras, la luz amarillenta de una farola se desvanece impotente en la dureza de los fluorescentes que inundan el interior del cubículo que alberga el cajero automático. La fría y aséptica iluminación retrata las figuras de una pareja que, con arrumacos y caricias, hacen tiempo mientras se cocinan los billetes que les permitirán compartir una romántica cena y, quizá fantasea Jaime, rentar una modesta habitación donde descubrirse el uno al otro que, sin ser tan jóvenes, ni tan especiales el uno para el otro, se sienten uno sólo.

Mientras Jaime espera a que el cajero se quede libre, su mirada se entretiene viajando del OFERTÓN que promete conocer “Todo Costa Rica” en 9 noches, con sus 10 días, por tan sólo 1.572 euros (ojo, precios válidos para reservas realizadas antes del 10 de octubre), a la OPORTUNIDAD ÚNICA que ofrece huir del mal tiempo durante el Puente del Pilar a la par que se visitan las maravillas nazarís de Granada, y todo por menos de 300 euros impuestos incluidos. No le cuesta mucho trabajo rememorar el fin de semana que pasó en Sierra Nevada hace tres años, ¿o fue un poco antes, al cumplir veinticuatro?, con dos compañeras de la Facultad de Bellas Artes. Marga y Feli, de Felicidad, claro, muy adecuado para esos días. Jaime se pregunta qué habrá sido de ellas mientras una voz ruda se cuela en su cabeza. “¿Y qué demonios quieres que te diga? Yo no he hecho la legislación. Hazles una prórroga de dos meses más, y antes de llegar a los veinticuatro meses se les liquida, no estamos ahora para indefinidos”. Mirando por encima del hombro, el joven ve acercarse hasta el cajero un traje oscuro desabrochado, congestionado, y con el nudo de la corbata a medio deshacer.

-            Mira, he tenido un día horrible; así que no me calientes la cabeza o la próxima vez te llevas tú a comer a la inspectora del ayuntamiento. – Las palabras salen del traje acolchadas por volutas de Montecristo Nº 5 y vaho.

Jaime se pregunta si en Costa Rica se fabrican buenos puros. Como no entiende una mierda de puros, se limita a barruntar si al menos serán caros.

-            Pues una mierda, qué voy a comer, no ves que esa bruja es vegetariana…

Al llegar hasta la altura del joven desaliñado, el traje le hace un gesto, señalando con la cabeza el cajero automático mientras tapa instintivamente el micrófono del teléfono móvil. A lo que Jaime responde encogiéndose de hombros e invitándole con un movimiento del brazo a situarse el primero de la cola, como quien cede el paso al franquear una puerta. Una risotada impide al traje agradecer a Jaime su gesto.

-            Ahí la has dado, ¡que se coma un buen nabo y ya verás cómo se le quita esa cara de acelga! – Las risas tornan violácea la congestión del traje a la luz de la farola. – Te dejo, que me llama la parienta, y mañana tú encárgate de hablar con el gestor, que deje solucionado lo de los contratos y vete buscando unos becarios para cubrir los puestos. O mejor aún, becarias. – El traje cuelga y descuelga sin solución de continuidad. – Hola amor, ¿qué pasa ahora?

El saludo hastiado del traje llega arrastrándose hasta los oídos de Jaime, que se acomoda la mochila, como haciendo espacio para que quepan más planes de viaje. ¿Lanzarote en fin de semana o Navidades observando la aurora boreal?

-            Ya te he dicho mil veces que por mí puede hacer lo que le de la gana, déjale que se compre la jodida consola.

La desgana que exhala el traje mientras conversa frente al cajero le transporta a la casa de sus padres, allá en Lugo. ¿Cuántas veces les habrá escuchado manteniendo discusiones de baja intensidad, como él las llamaba? Ese mismo tonillo, ese tedio que convertía las broncas familiares en somníferos aterradores.

-          Pero cariño, no es más que un crío, y si todos sus amigos la tienen…

Un sopor del que tuvo que salir huyendo como si en realidad habitara en Elm Street. Temiendo poder caer dormido de manera irreversible.

-          Mira, déjalo ya, saco doscientos euros más y te los dejo esta noche en la mesilla cuando llegue a casa.

Ahora, y aunque a 511 kilómetros de distancia de su infancia apenas lograr dormir de tanto en cuanto, Jaime sigue atesorando los sueños acumulados durante su adolescencia y juventud, e incluso sigue encontrando ratitos, en los rincones más insospechados,  a cualquier hora del día o la noche, para seguir dando forma a otros nuevos. Como ahora que, tras reparar en las figuras siamesas que salen del cajero automático, se deja embriagar por el aroma a robles, frutos rojos y vainillas que desprende la “Visita a las Bodegas Riojanas”, a un precio irresistible e incluyendo un curso introductorio de cata.

-          Ya, ya, guárdala en la nevera, he tenido un día de perros y voy a tomarme una copa con un compañero. ¿Que con quién? Qué más da, no le conoces. – Y mientras la pareja pasa a su lado guardando billetes de varias tonalidades en carteras y monederos de piel, añade – Mira, te tengo que dejar, se ha quedado libre el cajero y además hay gente esperando. – El traje enfatiza su frase con una mirada al joven que, para él, tampoco es Jaime, como si su esposa pudiera visualizarla a través de las ondas electromagnéticas.

Jaime ofrece algo de aliento a sus manos entumecidas por el frío y valora la posibilidad de conseguir algo de alcohol para entrar en calor. El paseo entre cepas y copas de fino cristal  que ofrece la agencia de viajes le ha desperezado un vacío en algún punto intermedio entre el estómago y el alma. Tras observar que la calle desierta no parece llevar nuevos clientes hasta el banco, el joven se apoya sobre la puerta de un coche aparcado frente a la sucursal y saca de su mochila una desgastada libreta que abraza entre sus páginas un bolígrafo de tinta negra. Mientras el traje se encorva sobre el teclado del cajero, Jaime comienza a anotar con letra firme y prieta en la parte superior de una hoja aún virgen:

“9 de octubre de 2012

312)Admirar la eclosión de los huevos de tortuga Carey en El Ostional, y acompañarlas hasta el océano Pacífico mientras se dan un baño de luna.

313)Observar desde el Albaicín cómo el crepúsculo pinta la Alhambra mientras fumo un narguile con aroma a regaliz.

314)Moldear la vista adaptándola a las formas imaginadas por César Manrique en Lanzarote.

315)Apagar la cámara de fotos en cuanto intuya los primeros soplidos de viento solar, convirtiendo la aurora boreal en un momento realmente único.

316) Arrancar un racimo de garnacha y degustar su zumo todavía bisoño… “

Ensimismado en su escritura, Jaime no ha advertido al traje salir de la sucursal bancaria, pasar a su lado, mirarle con condescendencia y montarse unos metros más adelante en un coche oscuro estacionado en doble fila, donde una joven de rasgos africanos le aguarda con labios fríos pero prestos al servicio.

Meticulosamente, caligrafía las últimas palabras,

“…para terminar de madurar los azúcares en mi interior, bajo el sol de La Rioja.”

Guarda sus útiles de escritura, vuelve a mirar a izquierda y derecha y se introduce en el estrecho habitáculo del cajero automático.

Una vez en el interior, saca de la mochila una manta de viaje e improvisa un cabecero en el extremo más alejado a la terminal antes de mullirla a modo de almohada. La frazada, obsequio de alguna aerolínea ya quebrada, no es muy gruesa, pero a Jaime siempre le ha costado dormir sin sentir algo de ropa de cama sobre él, por ligera que fuera. Incluso en los veranos más calurosos de su infancia en Lugo. Se sube bien la cremallera de su forro polar y, tras apartar un par de colillas con el pie y limpiar la ceniza restregada con un kleenex, se recuesta sobre el suelo de baldosa y descansa su cabeza despeinada sobre la mochila. Busca acomodo, tentando con delicadeza un par de veces hasta que adapta la forma de la bolsa a la de su cráneo.

Ahora Jaime, o como quiera que se llame el joven, está listo para perseguir sus anhelos. Quizá, con suerte, hoy que es martes y no habrá mucho ajetreo nocturno en el cajero, pueda atrapar alguno de ellos, aunque sea con los evanescentes dedos del sueño.

La berlina se detuvo frente al hotel y el hombre se apeó al instante. Esperó a que el chófer sacara del coche su maleta de piel negra y le tendió una generosa propina una vez que éste le hubo entregado el equipaje al botones. Como en cada ocasión que visitaba la ciudad para atender asuntos de negocios, el director del hotel le había reservado la suite de la planta ático. El hombre le dio un billete al mozo y cerró la puerta cuando éste ya se retiraba. Encendió la televisión y sintonizó un canal de noticias veinticuatro horas, bajando instintivamente el volumen del aparato un par de niveles. En el suelo de madera del dormitorio, junto a la cama King Size en el que reposaba un cisne de toalla de rizo con pétalos por plumas, estaba su maleta.

Estuvo a punto de pasar por alto el detalle, pero al dirigirse a correr las cortinas del ventanal que daba a la parte alta del parque advirtió una cicatriz plateada de unos cuatro centímetros en la piel de su equipaje. Contrariado, maldijo la torpeza del servicio de habitaciones y levantó la maleta para colocarla sobre el escritorio e intentar reparar el desperfecto con un trapo humedecido. Fue entonces cuando notó algo que le extrañó sobremanera: la ligereza de la maleta. Perplejo, volvió a depositarla en el suelo y giró las ruedecitas metálicas de la cerradura de seguridad hasta combinar su contraseña secreta. Trató de accionar el botón pero estaba bloqueado. Sin lugar a dudas, algún auxiliar de la Sala VIP del aeropuerto, por error, había intercambiado su equipaje por el de algún desconocido. Por un momento estuvo a punto de marcar en su celular el número de la compañía aérea, pero andaba como loco por darse un baño y relajarse, de modo que contactó con la recepción para que el personal del hotel se encargara de hacer las gestiones. A lo cual accedieron solícitos, faltaría más.

Comprobó que el baño de la suite, como era habitual, disponía de un mullido albornoz además de un completo juego de geles, sales de baño y cremas hidratantes especialmente diseñadas para el cuidado masculino. Taponó el desagüe de la bañera y abrió el grifo del agua caliente, antes de regresar al dormitorio para desvestirse. Ya en ropa interior, dejó su smartphone sobre la mesilla y encendió la luz junto al cabecero. De vuelta al baño, su mirada topó con la maleta ajena y algo se inquietó en su interior. Salvo el raspón y el código de seguridad era idéntica a la suya. Se agachó junto a la maleta y de manera instintiva colocó las tres ruedas de la cerradura en el cero. Probó a accionar el botón y los pestillos saltaron automáticamente.

La maleta, boquiabierta, parecía completamente vacía. Palpó en el interior con la mano y junto a una de las paredes notó, casi imperceptible, algo frío y metálico. Al tratar de coger el objeto extraño no pudo evitar soltar un grito ahogado, más de sorpresa que por dolor. Se había hecho un pequeño corte con lo que ahora, a la luz de la habitación, se revelaba como una cuchilla de afeitar. El hombre, notablemente descolocado, chupó la sangre que brotaba del dedo índice y se dirigió de nuevo hacia la mesilla. Cogió el teléfono y tocó la pantalla táctil hasta poner el dispositivo en modo silencio. Volvió a depositarlo sobre la mesilla y entró al cuarto de baño.

Cuando el botones, cincuenta minutos después, regresó ante la suite de la planta ático con una maleta negra de piel en la mano, lo primero que vio fue el agua carmesí vertiéndose por debajo de la puerta. 

Hijo mío, no me mires así. Sabes que no te lo pediría si no fuera imprescindible. Tú me quieres, ¿verdad? Lo sé, lo sé. No eres más que un crío y la situación es embarazosa, pero no te pido ningún sacrificio. Serás como uno de esos actores del teatro, sólo necesito que me sigas el juego unas semanas, quizá unos meses. Además, no tienes por qué preocuparte, ya sabes que nuestros vecinos son muy crédulos y no harán preguntas. Hazlo por nosotros, tu padre nunca llegó a tragarse aquella historia de la paloma, lo puedo ver en sus ojos, y ya sabes cómo es de chismosa la gente de Belén si llegara a enterarse.

Cada día dedico más de cinco horas a trabajar en el jardín. Estoy especialmente orgullosa de los últimos esquejes de hortensias que sembré junto al cobertizo. ¿Y las begonias Lorraine? ¡Qué maravilla de frondosidad! En cambio, nunca he sido muy habilidosa con los frutales. Espero haberle cogido este año el truco al aclareo del melocotonero y conseguir unos frutos hermosos y fragantes. Tampoco parece que tenga buena mano con mi marido, que sigue marchitando frente al televisor.